“…Shug comprende que nada volverá a ser igual, y que la tragedia… ya está servida…”
Gerardo Pérez Escutia
Zona Oscura
El country noir es un subgénero de la novela negra que ha ido creciendo y ganando adeptos en los últimos años. Gran parte de este éxito se debe a Daniel Woodrell, escritor cuya obra entera se inscribe en dicho subgénero. Daniel Woodrell nació en 1953 en Springfield, Missouri, comunidad enclavada en las montañas de la meseta de Ozark, región donde están ambientadas la mayoría de sus novelas. De este autor ya reseñamos hace algunos años la espléndida Los huesos del invierno, novela que tuvo un gran éxito y cuya adaptación cinematográfica obtuvo el primer premio del Festival de Sundance.
En esta ocasión estamos recomendando La muerte del pequeño Shug (Alba Editorial, 2014).

Shug tiene trece años y es un adolescente obeso; a ojos de su madre Glenda, solo es robusto, pero “muy guapo”. A ojos de su padre, Red, es “gordo como una vaca” y objeto de maltratos e insultos cotidianos, abusos que han generado en el pequeño Shug, un odio soterrado, sin matices, hacia Red.
Glenda es una mujer de gran belleza, blanca, de pelo negro, que derrama una sensualidad un tanto salvaje, un manjar demasiado fino para Red y demasiado sexy para el Missouri rural en que malviven, en los Ozark. Glenda pasa la mayor parte de los días junto al pequeño Shug, pues Red, delincuente de poca monta, pasa largos periodos fuera de casa en compañía su compinche, Basil, dedicado a sus trapacerías. Solo regresa con escuálidos botines -casi siempre drogas robadas a casas de enfermos terminales o farmacias- para emborracharse, consumir estupefacientes y poseer a Glenda de manera brutal, a veces en distinto orden, y sin importarle la presencia de Shug.
Cuando Red no está, Shug y su madre se encargan del cementerio del pueblo. Viven en una pequeña casa adosada y cuidan y limpian tumbas y jardines; casi todo el trabajo lo hace Shug, mientras Glenda bebe de un termo a todas horas su “té” -como ella lo llama-, que no es otra cosa que ron con refresco de cola. Glenda conversa mucho con su hijo, y se vuelve más parlanchina durante la tarde, cuando el “té” ha hecho su efecto. Entonces añora tiempos mejores, vestidos mas elegantes, y hombres mejores que Red. Cuando van de compras al pueblo, para Shug no pasa desapercibida la forma en que los hombres miran a su madre y cómo ella lo disfruta, revive sensaciones olvidadas y se siente deseada.
Después de unas dos semanas fuera, Red regresa eufórico. Tras su consabida borrachera con Basil, y una sesión de sexo violento con Glenda, le dice a Shug que es hora de que contribuya al “negocio”. Así comienzan a llevarlo a sus hurtos a casas y farmacias; al ser menor de edad saben que, si lo atrapan, el castigo no será tan severo, a diferencia de lo que ocurriría con Red, quien es un delincuente reincidente. De esta forma, Shug comienza a dejar atrás la niñez. Su mente es un amasijo de miedo, odio y sexualidad culposa. Todo gira en torno a Red, quien lo humilla y golpea con motivo o sin él, lo mismo que hace con Glenda. Cuando Red no está, Shug respira un poco de tranquilidad y asume el papel de protector de su madre, quien no deja de repetirle que ya es “todo un hombre” y que es su único apoyo, provocando en él sentimientos que no sabe cómo manejar y que derivan en una versión tóxica del complejo de Edipo.
Una tarde, de regreso del pueblo, ven un deslumbrante Thunderbird verde varado en la carretera y se acercan a ofrecer ayuda. El conductor es un hombre elegantemente vestido que se presenta como cocinero de paso hacia un pueblo cercano.
Para Shug no pasa desapercibido cómo el hombre mira a su madre, y cómo ella está radiante. Casi tiene que llevarla a rastras para alejarla; por su mirada y actitud, Shug comprende que nada volverá a ser igual, y que la tragedia… ya está servida.
La historia esta narrada en primera persona en voz de Shug, lo que le da frescura y un tono casi inocente. Shug relata su día a día, la violencia brutal que emana a toda hora de Red, un tipo mercurial que puede estallar en cualquier momento y golpearlo a él o a su madre; sus miedos ante el primer robo que le obligó a cometer, y su frustración por no recibir nada a cambio. La cabeza de Shug es como “un frasco de vidrio cerrado lleno de gritos” que puede romperse en cualquier momento.
A partir de ahí, la novela se precipita cuesta abajo en una espiral violenta y dramática. No haré spoilers para no arruinar el placer de la lectura, solo diré que la intensidad de la narración es de las que dejan huella por mucho tiempo.

Como el resto de la obra del autor, esta se desarrolla en una de las zonas más pobres y olvidadas de Estados Unidos, al pie de los Apalaches, en la región de los Ozark. Los hechos narrados se ubican en la década de los sesenta del siglo pasado, en una comunidad cargada de fanatismo, violencia y machismo. Como pocos escritores, Daniel Woodrell ha retratado esas vidas echadas a perder por generaciones de pobreza; en el mundo que describe, la violencia es la norma, no la excepción, y arrasa con cualquier rastro de empatía o generosidad que aún quede en sus personajes. Este proceso lo vemos en el pequeño Shug, que al principio de la historia aún mira el mundo con cierta candidez y conserva sentimientos nobles, pero, conforme avanza la trama, somos testigos en —sus propias palabras— del proceso de degradación que sufre.
Una obra memorable que más allá de la crudeza y dramatismo de la historia, nos brinda un lugar privilegiado para conocer de primera mano —el autor creció allí— un mundo en el que el asesinato, el tribalismo y la violencia como mecanismo absurdo de regeneración aún persisten, formando “lamparones malsanos de miseria” en la geografía estadounidense.
Lectura imperdible; según Dennis Lehane, “una de las obras maestras literarias del último cuarto de siglo”.
Ilustración portada: Pity


