“Lo que logra la autora es notable: transformar la especulación científica en crítica social y emocional…”
Horacio Cano Camacho
Zona Oscura
Cuando conocí a la siguiente autora, quedé prendado. A mi me gusta la ciencia ficción y el terror weird, cercano a Lovecraft, Jeff VanderMeer, los hermanos Arkadi y Borís Strugatski y otros escritores que, sin duda, han bebido de Nikolai Gógol o Alexander Bogdánov y Valeri Briúsov. Ese terror fantástico que no busca asustar con monstruos, sino desestabilizar con ideas: la sensación de que el mundo es incomprensible, que la razón no basta y que el horror puede ser tan vasto como el universo mismo.
Hace unas semanas comentamos en esta Zona oscura El vado de los zorros y ahora vamos con La glándula de Ícaro: el libro de las metamorfosis, de Anna Starobinets, autora que se ha convertido en la principal representante del horror ruso moderno (Impedimenta, 2023).
Se trata de un volumen compuesto por siete relatos que podrían calificarse como ciencia ficción distópica, terror weird con sello ruso o fábulas tecnológicas. Todos comparten una misma inquietud: los límites de la tecnología y las promesas -o amenazas- de la modernidad. Bien podrían ser capítulos de Black Mirror, aunque con un tono literario más denso, más filosófico, más perturbador.
El estilo de Starobinets combina el detalle realista con lo fantástico; el lenguaje técnico con el tono de fábula. Cada relato actúa como una pequeña distopía autosuficiente, pero también como parte de un mosaico mayor donde la humanidad se reconfigura a través del miedo. Lo que logra la autora es notable: transformar la especulación científica en crítica social y emocional, mostrando que los avances tecnológicos no siempre nos hacen más libres, sino a veces más dependientes, más observados, más moldeables.
En La glándula de Ícaro, la escritora construye un inquietante laboratorio narrativo donde la ciencia, la tecnología y el deseo humano se entrelazan para generar transformaciones tan fascinantes como aterradoras. Los relatos se mueven entre la ciencia ficción, el terror filosófico y la sátira social, con resonancias de Gógol, Kafka o Philip K. Dick. La metamorfosis, tema central del libro, se presenta como destino inevitable de nuestra especie: lo que cambia no es solo el cuerpo, sino la conciencia, los vínculos y la idea misma de lo humano.
El cuento que da título al libro, “La glándula de Ícaro”, funciona como eje simbólico y temático del conjunto. En él, Starobinets imagina una sociedad en la que una cirugía permite extirpar la glándula responsable del deseo sexual masculino -una glándula ficticia, claro está-. El relato comienza con una familia aparentemente normal: un matrimonio, un hijo, la sospecha de infidelidad. En este mundo, se ha descubierto que la “glándula de Ícaro” controla los impulsos sexuales y violentos de los hombres, por lo que en Rusia se recomienda su extirpación temprana, mientras que en Europa la operación es obligatoria.
Lo que se presenta como un avance médico -una cura para la infidelidad o la violencia- se convierte en un instrumento de control social y alienación emocional. Ícaro, el mito del hombre que quiso volar demasiado alto, se convierte aquí en metáfora del deseo reprimido: ese impulso vital que la ciencia intenta extirpar para domesticar la pasión humana.
La provocación de Starobinets es clara: ¿qué sucede si eliminamos lo que nos impulsa, lo que nos hace actuar, desear, incluso equivocarnos? ¿Podría la felicidad fabricada reemplazar la plenitud auténtica? ¿Seríamos más humanos o menos?
Imaginemos una píldora que borra la depresión y la ansiedad, que nos hace responder mejor al estrés cotidiano, pero que también elimina la empatía o la capacidad de sospecha. La historia se vuelve entonces una advertencia: una felicidad programada puede convertirnos en presas perfectas, incapaces de reconocer el peligro.
Cada relato de La glándula de Ícaro amplía ese laboratorio de mutaciones. En uno, la obsesión por la inmortalidad digital transforma a los vivos en réplicas controladas por algoritmos. En otro, los sistemas de seguridad domésticos adquieren voluntad propia, borrando la frontera entre protección y encierro. Hay historias de niños clonados, de familias tecnológicamente perfectas, de sociedades que vigilan incluso el pensamiento. Todas atraviesan una ironía gélida, un humor negro que mezcla el espíritu de Gógol con la paranoia de Philip K. Dick y el vértigo psicológico de Stephen King.
En todos los casos, lo monstruoso no proviene de la ciencia misma, sino del uso que hacemos de ella, de la facilidad con que la humanidad la pone a su servicio sin detenerse a pensar en las consecuencias éticas o existenciales.
La glándula de Ícaro es, sin exagerar, una lectura urgente e indispensable. Nos confronta con la pregunta esencial: ¿qué queda de nosotros cuando todo lo que nos define -la memoria, el deseo, el dolor, el error-, puede ser programado, editado o eliminado?
Starobinets no ofrece consuelo, pero sí lucidez. En un tiempo en que los límites de lo humano se diluyen entre la biología y el código, su literatura actúa como espejo y advertencia.
Leer este libro es mirarse en el reflejo del futuro: un futuro posible, inquietante y terriblemente cercano.
Ilustración portada: Pity


