“Visualmente, la película es soberbia: el diseño de producción, la ambientación gótica y la fuerza estética cumplen con creces lo que uno espera del director.”
Horacio Cano Camacho
Zona Oscura
Frankenstein es, quizá, uno de los monstruos más entrañables del cine. De hecho, se trata de una de las obras más adaptadas y reinterpretadas de toda la historia del séptimo arte. Existen incontables versiones de la novela inmortal de Mary Shelley, con resultados tan diversos como irregulares -alguna buenas, pero la mayoría, olvidables-, desde la clásica cinta de 1931 en la que Boris Karloff encarna a la criatura y se fija para siempre la iconografía moderna del monstruo: la cabeza cuadrada, los tornillos en el cuello y ese andar torpe y melancólico. Aquella fue una adaptación libre, muy alejada del texto original, que transformó el mito en una parábola moderna sobre el científico que desafía a Dios, más que en la tragedia romántica del joven atormentado por su propia culpa.
Por eso resulta tan fascinante que Guillermo del Toro haya decidido regresar a este mito. Si alguien puede insuflarle nueva vida al personaje y al género, es él: un creador que se mueve con naturalidad entre el terror clásico y la delicadeza ética de lo gótico.
No sorprende que este director se sienta atraído por el personaje que Shelley imaginó cuando tenía apenas dieciocho años. Desde la publicación de la novela en 1818, pasando por los clásicos de James Whale (Frankenstein, 1931, y La novia de Frankenstein, 1935) hasta versiones recientes como Frankenstein: Rise of a Monster (2019), la criatura ha tenido mil rostros. Se ha convertido en un ícono múltiple: literario, filosófico, científico y cultural. Ahora, Del Toro se suma a esa tradición con la promesa de ofrecernos una mirada única.
Las expectativas fueron enormes desde su anuncio y su presentación en el Festival de Cine de Venecia de 2025. No solo porque Del Toro es un maestro en crear monstruos memorables, sino porque Frankenstein es uno de los mitos más potentes de la cultura moderna. A mí, debo confesar, me encendió el entusiasmo. A medida que se acercaba su estreno, las primeras críticas delineaban el retrato de una película fiel al espíritu de Shelley. Pero las viejas reglas de Hollywood -esas que solo premian las cintas proyectadas en salas físicas- limitaron su alcance: Netflix la lanzó apenas en unas pocas pantallas y por unos días. Así que tuve que esperar su llegada al streaming, lo que, admito, le restó un poco de esa magia del cine compartido.
La historia original es bien conocida: Víctor Frankenstein (interpretado aquí por Oscar Isaac), un científico obsesionado con desafiar los límites entre la vida y la muerte, construye una criatura a partir de cadáveres y consigue darle vida. Horrorizado por su propio logro y rechazado por la sociedad, el ser -encarnado magistralmente por Jacob Elordi- desarrolla un deseo de venganza que arrastra a todos a la tragedia.
La novela de Shelley, concebida en un contexto marcado por la Ilustración, el Romanticismo y los primeros experimentos científicos con electricidad y galvanismo, es mucho más que un relato de horror. Es un puente entre la exaltación romántica y la modernidad científica, entre la fascinación por la creación y el miedo a la transgresión. En ella, el terror deja de ser sobrenatural para volverse humano, científico, profundamente ético.
Por eso Frankenstein es considerada la primera novela de ciencia ficción. Shelley se atrevió a plantear una pregunta que todavía nos persigue: ¿qué pasaría si pudiéramos crear vida artificial? Y con esa pregunta llegaron los dilemas eternos: la responsabilidad del creador, los límites del conocimiento, la soledad de lo distinto. Desde entonces, autores como Verne, Wells, Asimov o Le Guin han dialogado con ella, reconociendo en Shelley a la madre fundadora del género.
No extraña, pues, que Del Toro se haya sentido atraído por esta historia. Su cine siempre ha girado en torno a los monstruos, pero no para condenarlos, sino para reivindicarlos: El vampirismo es un anhelo de vida, la fantasía es un refugio frente a la barbarie o la criatura que es la inocente y los verdaderos monstruos son los hombres que la esclavizan.
Para Del Toro, la monstruosidad auténtica no reside en la deformidad, sino en la crueldad, la ambición y el abuso de poder. Su estética barroca -colores saturados, decorados exuberantes, contrastes de luz y sombra- transforma sus películas en cuentos oscuros donde la compasión siempre encuentra un resquicio. Los fantasmas y seres extraños de su filmografía no son villanos: son memorias, víctimas, símbolos de lo reprimido.
Con su versión de Frankenstein, Del Toro dialoga directamente con Shelley, Poe y Lovecraft, pero lo hace desde su raíz latinoamericana: con barroquismo, sensibilidad popular, memoria histórica y un profundo humanismo. En sus manos, el gótico deja de ser europeo para volverse un lenguaje universal de emoción y crítica.
Visualmente, la película es soberbia: el diseño de producción, la ambientación gótica y la fuerza estética cumplen con creces lo que uno espera del director. La interpretación de Jacob Elordi como la Criatura es, para mí, una de las más conmovedoras que se han visto. Es el monstruo que más me ha gustado, acaso porque en él encuentro ecos de Nexus-9, el replicante de Blade Runner: no hay fealdad ni villanía, sino una pregunta insistente sobre qué nos hace humanos.
El enfoque de Del Toro es más emocional que terrorífico. Se centra en el dolor, el rechazo, la soledad, y en la relación entre creador y criatura como metáfora de la paternidad, del abandono y del deseo de ser amado. En ese sentido, su película conecta hondamente con la novela de Shelley: el terror no proviene del monstruo, sino de lo que los humanos proyectamos en él.
Por todo esto, me declaro fan absoluto de esta cinta que recomiendo sin reservas. Con su mirada ética y su ternura por los marginados, Guillermo del Toro nos recuerda algo esencial: que lo más humano puede encontrarse en lo monstruoso… y que, al final, los verdaderos monstruos podemos ser nosotros mismos.
Ilustración portada: Luna Monreal


