“¿Quiénes somos lxs fracasadxs? Se responde fácil: la mayoría de las personas de este mundo.”
Nektli Rojas
Narrando el Género
Estoy sentada en una banca verde, como las que había en Chapultepec cuando yo era niña. Al ir caminando para llegar ahí, miro a un grupo de hombres enfrente de un instituto universitario. Es temprano para mi cita, así que decido sentarme. Ellos me ignoran absolutamente, como es natural.
Pero yo los observo. Me fascinan. Los tres llevan pantalones de mezclilla, lo que es toda una declaración política. Pero no hay que creer en las apariencias. Vean las camisas, seguramente planchadas por las manos de alguna mujer paga o impaga, rociadas previamente con gotas de agua para que las arrugas de la lavadora desaparezcan eficientemente.
Lo más importante: los zapatos. Caros, elegantes. Nada de tenis ni cosa parecida. Uno de ellos lleva un chaleco acolchado de ésos que venden en Cotsco. Me pregunto qué tipo de membresía tendrá, qué tarjetas de crédito y cuántas llevan en las carteras que les abultan en sus amplias bolsas de los pantalones. Toda su gestualización, la intensidad de la voz, el aire de autoridad que sale de sus pulmones, deja adivinar cosas importantes en la vida exitosa: machos de la especie, cis, heterosexuales, por arriba del uno setenta, de piel morena clara (bueno, así son los blancos “aquí en el subde”). Su plática devela un dialecto que pretende estar en la norma culta… Intenta ser una charla coloquial, pero no por ello está exenta de relaciones de poder.
Ya plantada en el ejercicio de la mirada, vuelvo los ojos hacia otro grupo, que les hace a ellos lo que el viento a Juárez y, sin embargo, del que se alimentan. Hay estudiantes que van entrando a una facultad. Algunxs, rápido porque llegan tarde; otros, platicando en pareja sobre la primacía de la gallina. Ahí sí hay tenis, camisetas usadas, suelas desgastadas. Experta en eso, adivino ropa de pacas.
Entre estos grupos, y siempre sin poder pertenecer a ninguno, me encuentro yo. Lxs estudiantes tienen de su lado a la Diosa Fortuna y al Pajarito de la Esperanza. Yo: entre la esperanza de unxs y el éxito de los otros. Doctores con tiempos completos, se narran entre sí anécdotas de amigos a los que conocieron en la maestría tal o el doctorado cual. Uy. Cuento las moneditas de mis pantalones… no me dan para doctorado. La banca verde chapultepequiana se ha transformado en el territorio del fracaso.
Aunque en general el éxito se mide en relación a cuánto poder económico o político se posee, existen muchas maneras de fracasar. Ni quiero preguntarme a cuánto ascienden los ingresos del club de Tobi. Me declaro económicamente inútil Antes de ponerme a gritar o echar lágrimas de ácido, llega a mí la voz de Mana Muscarsel Isla, desde el taller que impartió recientemente en el Festival Agua Viva 26, en el que la escritora mencionó el libro El arte queer del fracaso, de Jack Halberstam: “También podemos reconocer el fracaso como una forma de negarse a aceptar las lógicas de poder dominantes y la disciplina, y como una forma de crítica.” (Op. cit., p. 98).
Fracaso viene del latín frangere, partirse por el medio. Qué descriptivo. Me río sin querer. ¿Quiénes somos lxs fracasadxs? Se responde fácil: la mayoría de las personas de este mundo. Quienes no somos hombres; los hombres cis, heterosexuales con bajos ingresos; las comunidades LGBT+; el antes llamado tercer mundo, luego países en vía de desarrollo, actualmente Sur Global; lxs viejxs; toooodos los animales, a quienes ni se les pregunta para arrebatarles sus casas, su vida, su carne.
Hay un montononal de habitantes en el territorio del fracaso. Algunxs son aspiracionales con deseos de superación, que parecen galletitas chinas de la suerte. Otrxs, lxs marginadxs-resentidxs del sistema. También los hay resignadxs y hasta felices… al menos por momentos. Ay, pienso en Lázaro de Tormes… Incluso Camila Sosa Villada, a pesar de un Premio Sor Juana, se posiciona en este territorio al declarar: “[…] igual sigo siendo nadie”.
Me viene a la cabeza el ciclo de la héroa (me niego a usar heroína; a fin de cuentas, las fracasadas podemos usar nuestras propias palabras sin que ocurra una catástrofe), propuesto por Maureen Murdock frente al viaje del héroe de Campbell. Incluso si ella es una contestataria, habla de mujeres que, a pesar de haber alcanzado el éxito, se sienten inadecuadas… Otro uy, que viaja como un suspiro a través de tiempos y espacios. Un poco de midfulness, por favor. Respiro, retengo, exhalo.
Ha llegado la hora de marchar en pack en contra del éxito, en contra del optimismo maligno o esperanza patológica de que habla Sam Vaknin, ese optimismo que nos obliga a creer que sí se puede, que nos lleva a autoexplotarnos, que nos hace negar los males o verlos como si estuvieran bajo nuestro control –defensa autoplástica– y nos obliga a esforzarnos más para alcanzar nuestras metas y, así, perder agencia para poner remedio o hacer estallar el mundo. Desde esta banca, declaro instaurada la Internacional del Fracaso. Fracasadxs de todos los países, uníos. Losers, recitemos a coro “One art” de Elizabeth Bishop, poeta lesbiana estadounidense: “The art of losing isn’t hard to master”. “No es difícil dominar el arte de perder”; a veces, simplemente no queda de otra.
Ilustración portada: Reco


