«Eran las épocas, la solidaridad internacional, la lucha latinoamericana. Hasta me tocó la onda hippie y andaba llena de flores en el gabacho, allá en los sesenta.»
Nektli Rojas
Narrando el Género
Voz en off. En una canastilla de metal blanco, escondidos por la noche y develados por la luz de las linternas de mano, los policías se las arreglan para subir a una camioneta blanca el cuerpo que han sacado de una fosa clandestina, junto al camino de terracería que lleva de San Pedro Sacatepéquez a la nada. Son las once de la noche del invierno centroamericano de 1995. El cuerpo: sangre seca en el antebrazo derecho y en la blusa blanca que, abierta, deja ver un brassier blanco. Es la única ropa que lleva. Golpes. Quemaduras de cigarrillo en el brazo derecho y otros lugares. Los pies descalzos y heridos. El pelo corto y canoso, la nariz afilada. Está envuelta en una mortaja blanca que probablemente fue una sábana. La camilla la abraza mientras la oscuridad, que la atrapa siete días antes, se la lleva hacia Xelajú.
Lucina: En la muerte a veces no nos reconocemos. Es que no vemos bien. La muerte es oscura. Por eso no supe quién eras. Además, estás gorda y te ves más vieja que yo. A mí no se me ha acabado la pena. En México así le decimos a la vergüenza: la pena, sin darnos cuenta de que la estamos invocando. Para que es más que la verdad, sí era rebelde, peleonera. Sí metía mis narices por… así me dijeron ellos, por donde nadie me llamaba. Ni me acuerdo bien qué me dijeron. Insultos. Dedicatorias en los golpes y en cada… eso es lo que me da pena. Ya ni fuerzas tengo para maldecirlos. Los cuerpos de las mujeres son un campo de batalla. siempre lo han sido. Yo no pude ser la excepción.
NR: La corrupción convierte a la verdad en el pez más difícil de atrapar. ¿Sabes? Tu acta de defunción, levantada en el municipio de San Martín Sacatepéquez el 3 de diciembre, tiene censurada la causa de muerte. Dicen que, al final, te dieron “tiros en los órganos vitales”.
L: ¿Tiros? No. Es por lo de la noche del 27 de noviembre, ¿verdad?
Se ve la escena proyectada mientras la voz en off dice: Lunes 27. La carretera. Desde Tapachula, rumbo a Quetzaltenango, la camioneta que lleva a Lucina y Otto (un hombre muy joven de tipo indígena) ha pasado San Pedro Sacatepéquez. Es la noche de las carreteras, siempre acompañada de extrañas apariciones más negras que la oscuridad apenas vencida por los faros. Negra es la camioneta los deslumbra con los fanales antes de disparar, negras las ropas, negras las armas que gritan su desprecio a la vida. Otto mira a Lucina. Piensa que está muerta porque no se mueve y su pierna, rígida, sigue pisando el acelerador. Detiene la camioneta con el freno de mano, abre la puerta derecha y se echa a perder al monte rodeado por tiros. Al amanecer del martes 28, denuncia los hechos en el Consulado mexicano de Xelajú.
L: Xelajú es Quetzaltenango. Así le dicen allá. Pobre Otto. Le echaron el muertito. Él nomás trabajaba conmigo. Era de confianza. Lo metieron al bote acusado de haberme asesinado. Luego, un año después, lo levantaron porque era el único testigo de lo que pasó. Yo creo que ni alcanzó a echarles una buena mirada. Estaba muy negro todo. Y negro se quedó.
NR: Sí. Lo leí. Vi también un documento de Amnistía Internacional, cuando Otto, declarado culpable, solicita ayuda. ¿Estabas herida?
L: ¿Me ves algún agujero en el cuerpo? No. Al pobre profesor Odimba sí que le tocaron tres buenos tiros. Ojalá a mí me hubiera matado un balazo ahí mismito. Cuando ellos acabaron su trabajo, cuando les dieron la orden, uno me apretó el pescuezo. Por cierto, ¿de dónde sacaste el video ése? Con que mi hijo no lo haya visto porque se iba a dar cuenta… No quiero que sepa todo. Al final, la verdad deja de tener importancia.
NR: No sé si lo habrán pasado en el noticiero. Lo saqué de una página web: AP Newsroom. Tiene con “170 años de noticias” en imágenes, audios, gráficos y textos. Es de Associated Press. ¿Lo has visto, a K’in?
L: Sólo en él pensaba. Sólo en él. Tenía apenas dieciocho años… ¿Estudió? ¿Se consoló? ¿Tuvo hijos…?
NR: ¿Por qué te regresaste? Tenías amenazas desde junio del 94 y ya se te acabado tu contrato del que apoyaron el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, la Organización Internacional del Trabajo, y la Cooperación Técnica Holandesa.
Se proyecta un texto escrito en máquina de escribir. La hoja está maltratada. Al lado, se ve a un hombre de aspecto militar, vestido de negro, que la lee con marcado acento guatemalteco. La imagen se va tiñendo de sangre: “Tenemos información de las múltiples malversaciones del dinero de las artesanas, de parte de la extranjera indeseable y sus compinches. Por tanto, se les concede hasta el 30 de junio de 1994 para que desaparezcan del territorio nacional, o de lo contrario serán eliminadas. Comando Urbano Acción Directa”.
L: Hasta me pusieron seguridad. Las amenazas de muerte al principio, me asustaban, pero luego me acostumbré. Después, en el 95, el proyecto se convirtió en Trama S. A., para hacer algo más permanente. Es que las artesanas… explotadas por todos lados, sin que nadie les respete sus derechos: el marido les quita lo que ganan, se lo bebe, no pueden vender libremente… No sé. Así me formé en la Escuela de Diseño. Eran las épocas, la solidaridad internacional, la lucha latinoamericana. Hasta me tocó la onda hippie y andaba llena de flores en el gabacho, allá en los sesenta. Además, ¿qué hacía? Mientras está una viva, hay que trabajar.
NR: ¿Y el Instituto nacional Indigenista? ¿Por qué no volviste allá?
L: No, ya no se podía. Ya había cortado mis lazos con Oaxaca, con el D.F.… ¿Te acuerdas de las fiestas que hacíamos? ¿De cómo Elena tocaba la guitarra y cantaba? Y yo con ella.
NR: En tu tono de Soledad Bravo que nadie alcanzaba. Más que Elena. Me acuerdo que calentaban voz con las décimas venezolanas de Isabel Parra.
L: ¿Me lloró ella? ¿Se hizo cargo de K’in?
NR: Siempre tuvo mala suerte para que las novias se le embarazaran. La dejaste salada. Creo que nunca acabó de reponerse.
L: Bueno, es que también queremos ser madres, ¿qué hay de malo en ello? Te aguantas tantito la encamada y así no hay quien te pueda chantajear con quitarte al bebé, o que ande interfiriendo con su educación y diciéndote de cosas.
NR: Sí, neta… ¿Ya no necesitas lentes? ¿Te operaste?
L: Cómo crees. Se me perdieron en la camioneta. Pero, la verdad, ya no los necesito. Ni las canas, ni el pelo, ni los ojos. Es cosa de cosmética. Siete días desaparecida… En siete días cabe mucho odio.
Voz en off de Félix Colindres, reportero, también con acento guatemalteco, pero menos marcado: “Bajo la luna de Xelajú ha vuelto a rondar la muerte. El asesinato de la mexicana Lucina Cárdenas Ramírez, en algún paraje de Quetzaltenango, entre el 27 de octubre y el 3 de diciembre del año en curso, ha alarmado al cuerpo diplomático de México en el país y puesto en apuros a las autoridades del Gobierno de Guatemala. […] El 3 de diciembre, las autoridades encontraron el cuerpo inerte de Cárdenas, en jurisdicción de Tajalic, Quetzaltenango. Estaba semidesnudo, con señales de tortura y mostraba disparos en órganos vitales.
L: Tengo que irme, ya es hora. Me está dando mucho sueño… Será que la gente ya me ha olvidado. Mi mamá se murió en el noventa, y mi padre apenas le sobrevivió dos años. Al menos, no supieron nada.
–¿Qué te digo? “No para siempre en la Tierra:/ sólo un poco aquí. / Aunque sea de jade, se quiebra…
L: Y nosotras somos de maíz. Con más ganas nos rompemos, con más injundia nos hacemos polvo de recuerdo.
Voz en off de un joven con acento chilango: “Lucina Cárdenas dedicó toda su vida a luchar al lado de los que menos tienen y más producen, particularmente con las mujeres tejedoras indígenas.”
El caso Cárdenas nunca se aclaró. K’in murió diez años después que Lucina. No sé de qué. Juro que no quiero saberlo.
[1] Canción tradicional, interpretada por Soledad Bravo, del LP Cantares de Venezuela, 1979.
Ilustración portada: Reco
