“Vivimos al borde de lo deseable y de lo prohibido, siendo este último el resultado de los desequilibrios sociales y de las políticas erráticas para perfilar futuros estables…”
Mario Torres López
Educación y Cultura
En términos ideales o teóricos, nuestros códigos lingüísticos tienen como finalidad la comunicación, el entendimiento entre hablantes y el conocimiento/reconocimiento de lo que somos, así como de nuestros entornos naturales y sociales.
Pero ya desde los primeros estudios sobre el lenguaje, los procesos lingüísticos estaban asociados, y hasta subordinados, a la psicología, en tanto que el acto de comunicación pasa por la formación de la conciencia y sus múltiples manifestaciones, incluyendo sus efectos en el basurero del inconsciente.
Ahí, en el inconsciente, se forman nebulosas de cadenas rotas de significación que suelen terminar en actos fallidos de comunicación o en intempestivas experiencias semánticas/semióticas que, a falta de más las asociamos con estructuras míticas, experiencias místicas o inauditos juicios de valor sobre nuestra realidad.
Esto produce pruebas eficientes de que, en nuestra vida ordinaria, nos guía menos la razón y la conciencia que esas nebulosas del inconsciente. De esto, el arte y la cultura son evidencias al alcance de todos, aunque no todos estemos dispuestos a disfrutar sus resultados; pero existen otras pruebas de eso mismo, incluyendo la experiencia, mayormente traumática por disciplinaria y punitiva, de la educación, escolarizada o no, y a partir de la cual se va conformando la conciencia del yo y la diversidad de las convencionales identidades con que transitamos por la vida.
En el proceso de conformación de la identidad del yo, somos cargados y cargueros de máscaras y de fetiches que configuran las trincheras defensivas contra otras identidades invasoras. Para salir adelante en este tipo de conflictos, nuestra memoria llega a convertirse en una fuerza motriz involuntaria que nos empuja a emitir juicios de valor como si fueran verdades incontrovertibles y a las cuales todos los demás deberían sujetarse. Aquí, así, las diferencias no son fallas de comunicación sino faltas de honestidad para reconocer la autoridad del otro.
Ante estas faltas al principio de autoridad, deseamos sinvergüenzamente que el otro cometa errores y mientras más graves mejor, con la esperanza de que esos errores nos den la razón, confirmando así nuestra autoridad y la validez de nuestros juicios de valor.
En política, y sus fanatismos ideológicos esto es pan de todos los días, y más en tiempos electorales. Esto, sin lugar a dudas, es parte de nuestra naturaleza humana y de los modos en que asumimos sus historias.
Pero no debe extrañarnos nada de esto, el capitalismo nos ha mostrado una y otra vez que el mercado y los valores de consumo se sustentan sobre la base de la imagen del individuo, que en suma hacen rebaño con su orgullosa conciencia gregaria; del mismo modo, a partir de la emergente manifestación pública del inconsciente colectivo, la mercadotecnia y la publicidad, derivada y fortalecida de la psicología social y el conductismo, hasta llegar ahora a las neurociencias y la sofisticada como manipulable IA, se han enfocado en controlar códigos semánticos arraigados en el inconsciente y sus politizadas estructuras lingüísticas.
Esto ha redundado en más consumo y más control educativo de prácticamente todo el aparato psíquico ya sea en las modalidades del producto de consumo, la información de masas y su manipulación a través de las tecnologías domésticas digitales de comunicación.
No siempre nos es grato reconocer que nuestra identidad se configura a partir de la realización de los deseos de ser consumidos por los objetos que compramos para ser convertidos en basura y, cuando se nos agota el dinero, en desechos humanos.
Vivimos al borde de lo deseable y de lo prohibido, siendo este último el resultado de los desequilibrios sociales y de las políticas erráticas para perfilar futuros estables y, sobre todo, equilibrados en todos o la mayoría de las dinámicas de sobrevivencia, gobernanza y gobernabilidad. Algunos de los más grandes errores están en suponer que el control de los mercados del deseo puede redundar en control social, así como en hacer creer que los gobiernos están al servicio de la población, y no preocuparse por mostrarse como siervos de empresarios y corporaciones financieras. Mientras el deseo se subordina al poder, las sociedades pueden ser medianamente controladas a partir del control del inconsciente.
La retórica de lo social nos jala los hilos de la conciencia y la incertidumbre moral de las zonas oscuras de esto que llamamos humanidad, y que constantemente se diseñan misiones para colonizarla, hoy y siempre, desde las zonas tenebrosas del inconsciente y los placeres con que etiquetamos nuestras identidades comunicativas. De esta manera, lo cotidiano se va haciendo con formas controladas de la percepción y con fallas estructurales de esos mecanismos de control.
La verdad está en otra parte.
Ilustración portada: Reco
