“…se distribuyen las bebidas entre los invitados y a los pocos minutos… lo que era una agradable reunión se convierte en un infierno”
Gerardo Pérez Escutia
Zona Oscura
Es verano de 1970, la ciudad costera de “K”, se ahoga por el calor. Es una ciudad pequeña y todo mundo sabe que este día en particular, la familia Aosawa está de manteles largos. Los Aosawa son una de las familias más prominentes y prestigiadas de la ciudad; son una familia de médicos y este día celebran a tres generaciones en su mansión: “la casa de las ventanas redondas como ojos de buey”. La mansión Aosawa es un icono arquitectónico de la comunidad: mezcla la arquitectura tradicional japonesa con el sentido práctico de una moderna construcción occidental; además, tiene adosada la prestigiada clínica de la familia.
Así pues, la celebración trasciende las paredes de la casa, y es un acontecimiento que los habitantes de K sienten como suyo, por el prestigio de la familia y el cariño que han generado a lo largo de los años.
Hisako Aosawa es una de las hijas más pequeñas de la familia. Es una niña de una belleza enigmática. Posee una inteligencia y sensibilidad que generan respeto y envidia entre sus compañeros de escuela, y admiración entre los adultos que la conocen. Hisako quedó ciega por un accidente que sufrió hace unos años, característica que potencia su sensibilidad e intuición, y que hace dudar a la gente de que realmente sea invidente, por la manera en que se conduce y por su conocimiento a detalle de los miembros de la familia y la enorme tropa de amigos y allegados de sus padres.
Hisako se siente muy inquieta. La gran cantidad de invitados, los saludos, los corrillos y brindis que hay en los salones de su casa la aturden. Se refugia en el traspatio, donde sus amigos Makiko y Junji Saiga -hijos de la comandanta de la servidumbre que trabaja en la casa-, un poco “amoscados”, atestiguan el ajetreo de la servidumbre atendiendo a los importantes invitados.
El día es caluroso, sofocante y lluvioso; los invitados consumen bebidas en grandes cantidades. De repente, oportunamente, llega un mensajero con un envío de Sake, cervezas y sodas que “manda” un médico allegado a la familia. De inmediato se distribuyen las bebidas entre los invitados y a los pocos minutos… lo que era una agradable reunión se convierte en un infierno. Los invitados y los adultos de la familia comienzan a caer al suelo, retorciéndose entre horribles dolores; el olor a vómito y a heces inunda la casa, y en unos cuantos instantes que se hacen eternos, mueren entre estertores y espasmos diecisiete personas.
Hisako se desmaya; Junji su amigo, sale corriendo de la casa, horrorizado, para avisar lo que está pasando. Y así, lo que era un día de celebración se convierte en el suceso que traumatizó a toda una ciudad, que marcó un antes y un después en la vida de sus habitantes, dando lugar a un misterio que crecería durante tres décadas, en las que ninguna investigación policiaca logró resolver el enigma: ¿quién asesinó a los Aosawa?
En esta ocasión estamos recomendando una gran novela representativa de lo mejor del género negro japonés: El asesinato de los Aosawa (black salamandra, 2025) de Riku Onda (Miyagi, Japón, 1964).

Hisako sobrevivió al crimen. Después de unos días en observación médica, la policía la interrogó y ella, extrañamente, solo recordaba haber estado en una “habitación azul” de la mano de un adulto. La única pista sólida que la policía pudo recabar fue un poema escrito en una hoja de papel que estaba debajo de un jarrón en el salón principal de la casa, y la descripción que los niños Saiga hicieron del “mensajero” que llegó con una gorra negra y un chubasquero amarillo a entregar las bebidas.
En los primeros meses de la investigación, la presión sobre la policia era enorme para encontrar al o a los culpables. Se interrogó a cientos de conocidos de la familia, se hicieron todas las pruebas periciales y forenses posibles en la escena del crimen, se llamó a expertos grafólogos para intentar dilucidar quien escribió el enigmático poema, y todo fue infructuoso. Pasó el tiempo y, cuando la investigación estaba en un punto muerto, el misterioso joven que entregó las bebidas apareció sin vida en un pequeño departamento, dejando una nota suicida en la que se atribuía la autoría del crimen de los Aosawa. Los jerarcas de la policía, aliviados, cerraron el caso; sin embargo, los principales involucrados en la investigación estaban convencidos de que el joven que se suicidó no pudo actuar solo y de que hubo más involucrados.
Pasaron los años y la joven Makiko Saiga publicó un libro, El festival olvidado donde relató a manera de novela de true crime , detalladamente los sucesos del fatídico día en que asesinaron a los Aosawa. Con un nivel de prolijidad inusitado, describió a los miembros de la familia y amigos que estuvieron presentes, y en especial a la misteriosa sobreviviente, Hisako, quien perdió ese día a toda su familia y se quedó como heredera y responsable del patrimonio familiar. La autora no esbozó ninguna teoría de culpabilidad, pero abrió algunas puertas, sobre todo alrededor de Hisako, quien al momento de la publicación del libro ya era una mujer de belleza etérea y deslumbrante, siempre envuelta en un aura de misterio. La aparición del libro se convirtió en un suceso que reabrió las heridas en los habitantes de K. El inspector de policía que llevó el caso vivía obsesionado por no haberlo resuelto satisfactoriamente, y la lectura del libro lo llevó a plantearse preguntas que no hizo durante su investigación original, así como omisiones que cometió. Para entonces, Hisako ya no vivía en Japón: se había casado con un norteamericano y era muy difícil para él contactarla; sin embargo, sabía que tenía que hacerlo, pues estaba seguro de que ella poseía las claves de la resolución del crimen masivo.

A diferencia de la novela negra occidental, esta narración transcurre sin vuelcos narrativos espectaculares ni recursos impactantes. A pesar de lo escabroso del tema central, la violencia y la “maldad” subyacente se van apropiando paulatinamente de la trama, de manera imperceptible. La historia está narrada a varias voces y en distintos espacios temporales. Cada uno de los personajes principales, de forma ominosa se va volviendo sospechoso ante nuestros ojos, y los enigmas se acumulan.
No es una lectura sencilla: a ratos es muy contemplativa y se detiene en minuciosas descripciones del paisaje urbano y del entorno social. Otra característica del libro son los soliloquios de los personajes; cada uno tiene su propia historia, y la autora se explaya en detallarnos sus diferentes reflexiones y puntos de vista. El resultado es una obra minimalista, melancólica y con valores literarios evidentes. Una novela que es mucho más que la historia de un crimen, que nos ofrece una interesante reflexión sobre la maldad y, de paso, nos presenta una detallada muestra de la cultura japonesa, con sus tradiciones familiares, con su minuciosidad, su respeto por el detalle y su característica introspección.
Una gran lectura para terminar el año.


