Regla de Tres

Día de Muertos, invocación

“…comprendía que los recuerdos de la vida también podían elegirse, y entendí que uno recuerda e invoca a quien decide amar”

Viene Día de Muertos, una fiesta que siempre me ha gustado mucho. Las calles se llenan de cempasúchil, el claustro de Sor Juana abre sus puertas para la tumba de Sor Juana; el Zócalo de la Ciudad de México y las islas de Ciudad Universitaria, en Coyoacán, se llenan de ofrendas maravillosas. El olor del copal y del incienso invade la ciudad para sanarla. Y en medio de esa multitud de cuerpos informes, me descubro respirando profundo, dueño de mi propio fulgor, si mi brillo te molesta: I’m sorry for you.

Cuando era niño, mi abuela llenaba una habitación de veladoras, una por cada fallecido que le había importado y al que quería recordar, recibir y guiar a su casa. El altar de muertos de mi abuela era una mesa rectangular, con un mantel mexicano blanco tradicional, con decoraciones de flores. Había fotografías, tequila, mole, arroz y un montón de guisados. Se cocinaba muchísimo cerca del Día de Muertos: el platillo favorito de cada uno de los espíritus que, en su noche libre, llegarían a nuestro mundo. Yo observaba todo con el asombro infantil que de adultos siempre está en riesgo de perderse entre la masa, sin embargo comprendía que los recuerdos de la vida también podían elegirse, y entendí que uno recuerda e invoca a quien decide amar.

En mi casa, a mi madre no le gustaba el desorden, ni el desparpajo de flores, ni la comida que se mosqueara. Ella pensaba: “Hay que poner dos veladoras rojas, un par de manzanas amarillas, un vaso de agua y un poco de sal para tu bisabuela”. Eso era suficiente para montar la ofrenda: debía ser estética, no estorbosa y no implicar riesgo de incendios. Entre su orden y mi deseo, aprendí que cada altar refleja el gusto individual de el alma que lo erige.

Pienso que todos tenemos más de una vida, quizá tres. La primera es la vida que estamos construyendo, lo que vivimos hoy. La segunda es nuestra vida del pasado, aquella que se ha impregnado en la memoria y se ha almacenado en cajones, en los pasillos oscuros del cerebro; podemos consultarla una y otra vez, y podemos volver a vivirla siempre que lo necesitamos. La tercera vida es aquella que no ha llegado, aquella que vislumbramos en un porvenir aparente y definitivamente incierto, que nos anima a alcanzarlo por la promesa de la aventura. Afirmo que esas tres vidas me pertenecen solo a mí, y que ninguna tradición impuesta puede dictar su rumbo, que uno es parte de las festividades porque así lo decide.

¿A dónde vamos después de la muerte? No lo sé, tampoco me importa. Pero me gusta disfrutar el tiempo en el que estoy, revivir mis recuerdos del pasado y fantasear un poco con esa aventura del porvenir. Vivo porque elijo hacerlo, no para vencer a la muerte sin fin, que sería un absurdo, vivo porque elijo vivir. A la muerte vamos todos. Todos los muertos mexicanos son iguales, pero los vivos, mientras tengan sueños y aspiraciones, esos son diferentes, cada uno a su manera. Y ser diferentes nos vuelve verdaderamente humanos.

Emmanuelle Brío (Ciudad de México, 1984) es autor del poemario Puto amor (Cígneo Ediciones, Ciudad de México, 2021). Desde 2015 reside en Michoacán. Sus textos han sido incluidos en diversas antologías, entre ellas Afuera: arca poética de la diversidad sexual (Diablura Ediciones, Estado de México, 2016), El otro lado del silencio (Secretaría de Cultura, Ciudad de México, 2008), Si era dicha o dolor (Paraíso Perdido, Guadalajara, 2018) y Ese gran reflector encendido de pronto (Instituto Sinaloense de Cultura, 2021). Ha publicado poemas en diarios y revistas digitales. En 2010 obtuvo el primer lugar del V Certamen Literario José Arrese, convocado por el Ateneo Literario José Arrese en Matamoros, Tamaulipas, en la categoría de Poesía. En 2011 fue galardonado con el Primer Premio del Concurso Internacional de Poesía Heptagrama (Perú).

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