“…quienes mantienen la vida de las comunidades son las personas pequeñas, a veces con y a veces sin títulos doctorales…”
Nektli Rojas
Narrando el Género
Para las profesoras jubiladas universitarias, para las doctoras Flor, Pina y Adriana, y para la maestra Martha Elena, corazonas llenas de luz
“Yo no espero ningún tipo reconocimiento de la institución por toda una vida de trabajo aquí, en la Universidad. No lo espero porque es imposible. Pero este libro es mi reconocimiento. Me voy tranquila”, comentó Flor, una querida doctora universitaria, en la presentación del libro Voces de mujeres insurrectas. Diálogo entre pensadoras. No voy a hacer una reseña del texto. Se puede descargar gratuitamente en versión pdf. Ya se harán más presentaciones con las palabras de brillantes escritoras y pensadoras, además de Erika Piña, Gloria Cáceres o Zuhey Medina. Yo regreso con Flor.
Dice el INEGI que las mujeres en México viven setenta y nueve años mientras que los hombres, setenta y dos. Según Trading Economics, las mujeres y los hombres en México se jubilan a los sesenta y cinco años. De acuerdo con Alejandra Macías y Carlos Medina, como las mujeres viven más, ganan menos y tienen pensiones más bajas, el sistema de jubilaciones en México carece de perspectiva de género. El principal problema de jubilarse es, con mucho, recibir menos ingresos (lo cual la obliga a una a decidir entre acostumbrarse a ello o buscar alguna actividad que proporcione entradas) y tener que hacerlo por varios años más que los jubilados varones. Pero no es la única cuestión que descoloca a las empleadas, ni la que me atañe en este momento.
Jean Paul Sartre teoriza que entre las formas de socialización grupales, la más comprometida, que va más allá del aislamiento que supone gente reunida al azar, es el grupo fusionado, el cual crea una práctica colectiva, consistente en una acción organizada y una voluntad común… ¡como si fuera personita!
Una lucha siempre entre la alienación y la libertad comprometida (porque reconocer jerarquías es siempre renunciar a una parte de la libertad; por tanto, comprometerla) las instituciones son grupos en fusión, organizados, pero altamente burocratizados. Por su parte, el doctor Sam Vaknin, el gran especialista en narcisismo, reconoce que las instituciones pueden, al igual que las personas, padecer de algunos trastornos tales como la personalidad antisocial.
Eso es interesante porque instituciones con profunda penetración social y con giros humanistas, como son las universidades, pueden actuar sin ninguna empatía hacia quienes trabajan en ella. La burocracia tiene la bondad de que, si se quiere buscar a alguien responsable de algo, nunca se le pueda hallar gracias a la maraña de reglamentos y costumbres, leyes escritas con necesidad de parches, así como otras que hay que aprender en el camino, no claras, nunca dichas –como ocurre en las familias disfuncionales.
He visto a profesoras dedicadas, queridas por el alumnado, solicitar su prejubilatorio, ir a firmar durante algún tiempo, y después desaparecer sin dejar rastro alguno. “Si te vi, no me acuerdo”, parece decir la institución. Porque los, las y les estudiantes cambiarán a cada generación; las autoridades medias se irán intercambiando el poder, y las altas, los grandes puestos públicos. Quienes más duran son los, las y les profesores en cualquiera de sus modalidades y sus variopintos tonos. Por reglamento, veintiséis años de servicio; por gusto y necesidad, muchos más.
Lxs catedráticxs de la UNAM no quieren jubilarse nunca por eso de los salarios. Llegan a edades muy avanzadas en el ejercicio de sus saberes. Pero hay más en juego: los rumores acerca de quienes se retiran para morir muy poco tiempo después. Son un lugar común las historias que exponen la idea de la jubilación como sentencia de muerte. De acuerdo con un estudio de supervivencia luego de la jubilación en el ámbito de la petroquímica, no hay mejor supervivencia de los jubilados a los cincuenta y cinco o sesenta años que quienes lo hacen con sesenta y cinco, lo que parece sugerir que es importante mantenerse en activo. Otra investigación sobre envejecimiento y salud, refiere que no hay datos para creer que jubilarse trae una muerte pronta. Claro que en la universidad de nuestro estado, hay quienes se han jubilado antes de los cincuenta, con veinticinco años de servicio (tengo, al menos, dos ejemplos en la cabeza, uno de los cuales se dedicó a producir para la literatura), una expectativa de muchos años de vida y habiendo causado un gran dolor de cabeza al área de pensiones y jubilaciones universitarias. El período de servicio se ha extendido en la actualidad.
En el ámbito universitario, los artículos de investigación se ocupan más del impacto que tiene la jubilación en las universidades o de la valoración referente a la productividad de las personas de la tercera edad que hacia la supervivencia de lxs profesores investigadores. Sí, un poco instrumentalistas…
Recuerdo haber visto por ahí, hace muchos años, en los estantes de la Librería Universitaria del centro, un libro sobre “grandes” profesores universitarios (en masculino). Había solo un ejemplar que, por supuesto, no compré. En estos momentos, han pasado los años en que se favorecía el concepto de la grandeza, porque se descubrió que quienes mantienen la vida de las comunidades son las personas pequeñas, a veces con y a veces sin títulos doctorales, publicaciones y demás méritos.
Dice en endecasílabos la canción del argentino Cesar Isella, refiriéndose al exilio que ocasionó la dictadura fascista: “Si partir y morir es lo mismo/ las dos caras que tiene la ausencia/ yo me voy de ceniza en ceniza […]” El hecho se mantiene en pie: no hay consuelo para quienes dejan las aulas universitarias, su recuerdo se irá desvaneciendo, su tiempo será, de alguna manera, el último (salvo el caso de los jóvenes jubilados, que ya mencioné) y se convertirán en fantasmas que recorren los pasillos de las facultades con todo y sombrero. Varias personas sensibles a lo paranormal dan testimonio de ello.
En este contexto, las palabras de la doctora Flor tienen una profundidad de importancia. No se puede hacer nada con la cuestión económica: trasciende nuestra representación individual en la toma de decisiones institucionales. Pero atesoramos la posibilidad de la palabra escrita. Gracias a la publicación del libro Voces de mujeres insurrectas, Flor se siente reconocida por sus pares, por sus alumnas, por las nuevas olas del feminismo michoacano. Ella sabe que su nombre forma parte de nuestras redes de lucha y solidad, que la llevamos en el corazón y en las historias, que forma parte de nuestro presente y, si el ectoplasma lo permite, de nuestro más allá.
P.S.: La doctora Flor es una de las dieciocho autoras del libro en el que dialogan entrevistas y obra creativa de algunas feministas michoacanas, texto producto de las labores investigativas de Adriana Sáenz, publicado por la Facultad de Filosofía de la UMSNH. El texto puede descargarse a través del link arriba proporcionado.
Ilustración portada: Reco


