“Entre las múltiples historias hay algunas que son realmente inverosímiles, historias que solo por el testimonio de autenticidad de la autora las creemos…”
Gerardo Pérez Escutia
Zona Oscura
Yasmina Reza (Francia, 1959), es escritora, novelista y dramaturga. En el año 2000 fue reconocida con el Premio Molière, el Gran Premio del Teatro de la Academia Francesa. Algunas de sus obras teatrales más conocidas son Arte o Un dios salvaje (que fue llevada al cine por Roman Polanski) y en su obra literaria destacan Felices los felices y Babilonia.
Para escribir la obra que hoy recomendamos, Casos Reales (Penguin Random House, 2026), Yasmina Reza acudió durante 15 años a diversos tribunales franceses como espectadora de la más variada muestra de casos criminales que puede brindar la sociedad francesa actual. A la manera de otros escritores, espectadores de la realidad criminal como su compatriota Emmanuel Carrère, nos comparte sus apuntes y reflexiones sobre una enorme variedad de casos que conoció presencialmente en los tribunales, pero lo hace con una mirada muy particular, con una enorme humildad que raya incluso en lo reverente en casos especialmente sensibles. A diferencia de otros autores, no traslada su ego, ni juzga los casos que relata; así va armando un mosaico que refleja el lado oscuro de una sociedad que está en la cúspide de lo que podríamos llamar la “sociedad del bienestar”. Además, tiene el tino de intercalar en sus relatos historias y recuerdos de su propia vida, con un gran cumulo de reflexiones éticas y estéticas de la vida cultural en la Francia actual, marcando un contrapunto que refresca el ritmo de las historias, atenuando lo agobiante que puede llegar a ser la carga de dolor e irracionalidad en los relatos que nos comparte.

Todas las historias son cortas, casi viñetas que reflejan una mirada aguda y una pluma experta que escribe solo lo necesario, pues sabe que la reflexión le corresponde al lector. Esto nos obliga, en no pocas ocasiones, a regresar a la historia con la sensación de que algo se nos escapó, y así logramos ahondar la huella de los relatos en nuestra memoria, con la sensación de ser gratamente manipulados por la mano maestra de la autora.
Entre los “casos reales” que nos comparte Yasmina Reza, conoceremos la historia de Édith, auxiliar de enfermera, que mató de un tiro en la sien a su marido y lo enterró en el jardín de su casa, crimen que fue la culminación de una vida cargada de abandono y soledad. Un ejemplo de cómo la vida en pareja puede ser impenetrable hasta para los más allegados y que solo muestra la magnitud de su miseria cuando ocurre un crimen larvado por años.
Otra historia que nos narra es la de Dalila, mujer de origen marroquí, que se ha pasado la mitad de su vida en empleos mal pagados, como dependienta en McDonald’s, camarera en Holiday Inn o empleada de Zara, que se queda sin trabajo en plena pandemia, y en un arranque de furia apuñala a dos personas en el metro.
Alternando con las historias, la autora nos va contando pasajes de su vida, recuerdos de su niñez y de sus amistades; nos habla de sus pláticas con Milan Kundera y sus consejos, de su amistad con el actor alemán Bruno Ganz, de pasajes de su vida en Venecia, Berlín o París, intercalando todo con reflexiones sobre literatura, la vejez y la enfermedad, mostrando una mirada lúcida, melancólica y compasiva que vuelca en los protagonistas de los casos en los tribunales, atemperando la truculencia de los crímenes.
En otro caso nos muestra lo terriblemente complicado que puede ser un caso de violencia doméstica, más aún cuando el imputado tiene conocimientos de derecho y conoce los recovecos del lenguaje legal, y se enredan los abogados en un galimatías legaloide que lleva a un veredicto que a nadie deja satisfecho.
Una de las historias más impactantes es la de un presentador de “telerrealidad” acusado de abuso de menores, que tristemente nos remite a la actualidad con el asunto Epstein, y al infame caso del presentador inglés Jimmy Savile.
En otra historia conocemos a Rémi Chesne, peluquero a domicilio, acusado de planear y utilizar como cebo a una joven en el asesinato del ex amante de su mujer, quien se suicidó cinco años atrás. En esta historia, la autora se enfoca en la joven y en las circunstancias que la llevaron a participar en el crimen.
Otra historia desgarradora por su simpleza y universalidad es la de Sylvie W., quien envenenó a su hija de siete años con insulina; también lo intentó con la de nueve y consigo misma sin lograrlo. Un caso que, al desahogarse en el tribunal, revela un trasfondo familiar atroz en el entorno de Sylvie.

Entre las múltiples historias hay algunas que son realmente inverosímiles, historias que solo por el testimonio de autenticidad de la autora las creemos. Tal es el caso de Anthony Laroche, a quien dos mujeres acusarían de “violación por sorpresa”, concepto del que en realidad no sabíamos nada. Esta historia en particular podría pasar como una comedia de enredos, en la cual los testimonios de los protagonistas en no pocas ocasiones arrancan la risa de los presentes en los tribunales. Sin embargo, como en el resto de las historias de este libro, hay un trasfondo de soledad e insatisfacción, que precipita el surgimiento del personaje en que se convirtió Anthony y que lo llevó a cometer los delitos que se le imputan.
Estas son solo algunas de las muchas y diversas historias que forman parte de este libro. Hay asesinatos, chantajes, intentos de homicidio y mucha violencia doméstica. Historias simples, cotidianas, que desnudan los engranajes que mueven a la gente común, con sus afanes y temores compartidos; historias que muestran lo cercanos que estamos todos del abismo del crimen o de la tragedia, abismo que siempre está esperando que alguien tropiece y caiga.
Un libro excepcional que invita no a una, sino a múltiples lecturas. Sus relatos se sienten inacabados a propósito, como si reclamaran una mirada más atenta pese a su aparente sencillez. Es el resultado del oficio de una autora que rehúye lo concluyente y confía en la inteligencia y sensibilidad del lector. Al cerrar el libro queda una certeza: no hemos asistido solo a procesos judiciales, sino a un examen silencioso de la condición humana.


