Regla de Tres

Bernal Jiménez, prodigio musical


Notable compositor, un pedagogo influyente y un precursor de la musicología y de la divulgación de sus hallazgos en ese campo

Gracias a su abuela Praxedis Díaz que cantaba en casa y que lo portaba a las sesiones del coro de la iglesia de la entonces provincial Morelia, la música encontró desde muy crío al niño Miguel Bernal, que se transformó en un notable compositor, un pedagogo influyente y un precursor de la musicología y de la divulgación de sus hallazgos en ese campo.

A la usanza antigua, con un ramillete de nombres en su haber, para las actas nació como José Ignacio Miguel Julián Bernal Jiménez (16 de febrero 1910-26 de julio 1956), a solo diez meses de que se desatara la Revolución Mexicana, en una familia católica de buena posición social cuyo padre, Miguel Bernal Rodríguez-Gil, laboraba como cartero, un encargo respetable.

Posición social que fue truncada por la prematura desaparición de Rodríguez-Gil quien, enfermo de tuberculosis, murió a tan solo 32 años de edad dejando a su esposa María de Jesús Jiménez Díaz la manutención de tres hijos (tuvieron un cuarto más pero falleció al año y medio de nacido), dos mujeres y un Miguel Bernal para entonces de cuatro años de edad.

La viuda había estudiado para maestra, pero no había ejercido hasta el deceso de su esposo en 1914. Mientras trabajaba, sus hijos quedaban a cargo de su madre, la abuela con nombre de santa, Praxedis Díaz, a quien un Bernal Jiménez adulto atribuiría el haber despertado en él su interés por la música, como emerge de las páginas del diario íntimo del artista al que tuvo acceso el catedrático y violonchelista José Rocha, regiomontano formado en Estados Unidos.

Miguel Bernal Jiménez, padre del estilo virreinal y la música sacra en México” es el título de la tesis con que José Rocha obtuvo el doctorado en Artes Musicales por la Universidad de Houston, para lo cual habría tenido acceso a diarios y cartas personales del compositor, a sus partituras manuscritas y otras fuentes documentales en parte custodiadas en el Conservatorio de las Rosas de Morelia.

Una de las anécdotas que recopiló, habla del primer acercamiento de Bernal Jiménez a un instrumento que, por los azares del destino y de la expropiación de los bienes eclesiásticos, la iglesia ocultó ese 1914 en la casa de María de Jesús; se trataba de un armonio procedente del Seminario Tridentino (ubicado en el ahora Palacio de Gobierno) al que, imitando los gestos y movimientos de los organistas que veía en cada misa, pronto le sacó sus primeras melodías, ante el asombro de su madre.

Se trataba de tiempos convulsos para las familias vinculadas con la iglesia católica y teniendo un par de familiares ordenados sacerdotes, la viuda debió resguardarse con sus hijos allende los confines de Morelia hasta que las aguas se calmaron y pudieron retornar para 1917; año en el que por sus dotes para el canto y su entendimiento musical, Miguel Bernal fue admitido en el Colegio de Infantes de la Catedral de Morelia.

Bernal Jiménez fue el primer alumno de siete años de edad en ser aceptado en ese Colegio privado que fue pensado para una instrucción limitada solo a doce jóvenes estudiantes que debían plegarse a un horario muy riguroso que incluía cantar en cada servicio, describe el también profesor de la Universidad de Ohio, José Rocha.

El primer oficio se realizaba a las 5:00 de la mañana y las lecciones posteriores incluían clases de solfeo, de instrumento (probablemente de órgano), gramática, modales, etiqueta y lo relativo a la liturgia y la religión; compromisos extenuantes que el pequeño Miguel asumió teniendo como su fiel escudera y acompañante a la abuela Praxedis, además del apoyo de su madre que aunque ocupada en el trabajo, estaba al tanto de los progresos de su hijo.

Del material que el violonchelista obtuvo, se desprende que en talento Miguel Bernal despuntaba entre sus compañeros, sorprendía a sus maestros y movía a personajes como el padre José María Villaseñor, entonces director de la Escuela Superior de Música Sagrada (antecesora del Conservatorio de las Rosas), quien en 1918 le escribió a la abuela del niño para preguntar si había recibido lecciones previas de música por la facilidad y velocidad con que aprendía.

Si bien, anota José Rocha -egresado de la Universidad de Florida-, existe discrepancia sobre la fecha de la primera composición de Bernal Jiménez, uno de sus profesores de música, Ernesto Farfán, afirmaba que solo tuvo que corregir un puñado de notas de su primera obra titulada “Pájaros sin nido”, que habría escrito entre los once o doce años de edad.

Atisbos a un inmenso legado

Con un considerable y heterogéneo catálogo que abarca más de 300 composiciones, de su producción sinfónica (poemas, ópera, ballets, suites) a la música de cámara y las obras vocales o para instrumento solista, entre las múltiples facetas profesionales de Bernal Jiménez despunta su aportación en el estudio, descubrimiento, catalogación y difusión de un tesoro virreinal inédito del siglo XVIII, contenido en el Archivo Musical del Colegio de Santa Rosa María de Valladolid.

En su artículo “Miguel Bernal Jiménez y el Archivo Musical del Colegio de Santa Rosa”, el musicólogo Edgar Calderón, especialista en música novohispana, sigue la trayectoria de este personaje desde que en su adolescencia y por un venturoso accidente descubre unos viejos papeles con anotaciones musicales incomprensibles, a los cuales retornaría años más tarde ya con las herramientas académicas que adquirió en Europa, decidido a rescatarlos, descifrarlos y divulgar sus hallazgos en la revista Schola Cantorum (fundada por iniciativa suya), para finalmente devolverles la vida en un histórico recital celebrado el 30 de mayo de 1939.

“Miguel Bernal Jiménez fue pionero en publicar estudios de musicología e investigación de la música virreinal”, ya que portó consigo la pasión que por el descubrimiento del acervo antiguo aprendió en sus clases de Musicología Paleográfica en el Instituto Pontificio de Música Sagrada de Roma, donde estudió de 1928 a 1933, destaca el también especialista en la obra de compositores michoacanos de los siglos XX y XXI.

Innovó también elaborando un depurado Catálogo de las obras contenidas en el archivo musical del Colegio de Santa Rosa, trece años antes de que fuera fundado en Francia el ente internacional dedicado a la catalogación de fuentes musicales (el Répertoire International des Sources Musicales), destaca Edgar Calderón en su artículo publicado por la revista digital Sonus Litterarum.


Deja tu comentario