Regla de Tres

Anna Atkins y la imagen como puente

En 1843 publicó Fotografías de las algas británicas: impresiones de cianotipos, el primer libro ilustrado exclusivamente con fotografías

Un espécimen no es solo un objeto conservado. Es una forma de atención: algo que se recoge, se observa y se pone en relación con otros saberes. En el siglo XIX, reunir, clasificar y preservar especímenes era una práctica central del conocimiento científico. Para Anna Atkins, esos especímenes botánicos fueron también el punto de partida de una integración poco común entre ciencia, fotografía y arte.

Anna Atkins nació en 1799 en Tonbridge, Inglaterra. Su madre falleció poco después de su nacimiento por complicaciones del parto, por lo que fue criada por su padre, John George Children, un científico respetado y figura activa de la vida científica londinense. Gracias a él, Anna tuvo acceso desde muy joven a libros, colecciones y conversaciones científicas que estaban vedadas para la mayoría de las mujeres de su tiempo. Aun así, el ejercicio profesional de la ciencia seguía siendo un territorio dominado por hombres. La botánica -y, en particular, la ilustración botánica-, era uno de los pocos espacios considerados socialmente aceptables para las mujeres de clase alta.

Trabajando junto a su padre, Atkins se formó como ilustradora científica. Antes de dedicarse plenamente a la botánica, realizó más de doscientas ilustraciones de conchas con notable precisión, publicadas en la traducción inglesa que su padre hizo del catálogo de Jean-Baptiste de Lamarck, uno de los científicos más influyentes en la historia de la biología: formulador de la primera teoría de la evolución biológica, fundador de la paleontología de los invertebrados y responsable de acuñar el término «biología» para designar la ciencia de los seres vivos. Dibujar, observar y describir fueron, desde temprano, formas de participar en la ciencia desde los márgenes permitidos.

En 1825 se casó con John Pelly Atkins y, durante la década de 1830, comenzó a reunir su propia colección de plantas preservadas. Suministró especímenes a botánicos de los Kew Gardens y construyó un herbario tan riguroso que, en 1865, fue donado al British Museum. Su vida cotidiana transcurría entre plantas prensadas, papeles, nombres latinos y redes de intercambio científico.


Fue en ese contexto cuando la fotografía apareció como una posibilidad inesperada. Atkins y su padre experimentaron juntos con este nuevo medio, asesorados por Henry Fox Talbot, uno de los pioneros en el desarrollo de procesos fotográficos. Talbot, a su vez, mantenía una estrecha relación con John Herschel, matemático y astrónomo que en 1842 inventó la cianotipia, un procedimiento que permitía obtener imágenes en un característico azul de Prusia. Atkins fue una de las primeras personas en comprender el potencial de esta técnica.

La cianotipia resultó especialmente atractiva para ella: era más sencilla y económica que otros procesos fotográficos, no estaba patentada y no requería plata, un material costoso y habitual en la fotografía de la época. Gracias a ello, Atkins pudo aplicar la fotografía al registro de algas y plantas de manera sistemática. En 1843 publicó Fotografías de las algas británicas: impresiones de cianotipos, un libro compuesto por cianotipias de especímenes botánicos y considerado hoy el primer libro ilustrado exclusivamente con fotografías.

Se trató de una edición artesanal y no comercial. Atkins escribió el texto a mano, realizó cada impresión por su cuenta y produjo alrededor de veinte copias, de las cuales solo quince se conservan completas. Como cada cianotipo partía de un negativo, cada imagen era única. En algunas páginas, superpuso los especímenes con encajes o plumas; en otras, afinó con precisión los tiempos de exposición al sol y eligió papeles de alta calidad. El resultado fue una obra compleja e innovadora, que exigía paciencia, conocimiento técnico y un fino sentido visual.

Aunque hoy suele considerarse el primer fotolibro de la historia, Fotografías de las algas británicas no nació como una obra artística ni como un relato visual en el sentido moderno. Su relevancia es que fue el primer libro donde la fotografía no acompaña al texto, sino que lo constituye.Un libro hecho para mirar con atención y compartir conocimiento.

Según señala la escritora Alina Cohen, “Atkins se dio cuenta de lo que miles de medios sociales saben hoy: que las imágenes sirven para compartir”. Bajo esa premisa elaboró el primer libro que contenía fotografías, “abriendo el camino al poder de las imágenes para conectar a la gente”. Además, continúa Cohen, “con su monografía, Atkins demostraba que un medio nuevo y creativo podía también tener importancia práctica para disciplinas no artísticas”.

Durante las últimas décadas de su vida, su trabajo fue reconocido en círculos científicos. Tras su muerte, sin embargo, su legado fue durante mucho tiempo ignorado, en parte por la sistemática invisibilización de las mujeres en la historia de la ciencia, y en parte por una confusión tan absurda como reveladora: las iniciales con las que firmaba su obra fueron interpretadas como “autor aficionado”.

Hoy, Anna Atkins es considerada la primera fotógrafa de la historia y una figura excepcional que rompió esquemas al integrar ciencia, fotografía y arte en una práctica coherente y rigurosa. Mirar sus cianotipos es volver a pensar qué significa un espécimen: no como una pieza inerte, sino como un punto de encuentro entre conocimiento, imagen y sensibilidad. En ese gesto -el de reunir, preservar y compartir-, Especímenes encuentra uno de sus orígenes más luminosos.

Especímenes no es un inventario exhaustivo ni un catálogo definitivo, sino un espacio de observación. Un lugar donde se reúnen -sin jerarquías rígidas- libros, imágenes, autoras, artistas, archivos, proyectos y formas de conocimiento que se resisten a encajar del todo en las categorías habituales.


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