“En alguna ocasión, con menos años y más memoria, había puesto la lista por escrito. Después la había perdido, por supuesto. Casi sesenta nombres.”
Nektli Rojas
Narrando el Género
“Bien d’autres, sans doute
depuis sont venues,
oui, mais, entre toutes
celles qu’on a connues
elle est la dernière que l’on oubliera,
la première fille qu’on a pris dans ses bras.”
Georges Brassens. La première fille.[1]
Estaba acostado en su cama. La noche ya se anunciaba, pero él mantenía las luces apagadas porque un farol de la calle daba sobre la ventana de su cuarto en un departamento de Infonavit. Así gastaba menos luz. Ya se sabe que la CFE, mientras menos consumes, cobra menos. Hay que mantener bajos los kilowatts/hora.
Intentaba, una vez, más, por puro ejercicio mnemotécnico, hacer una lista. Los nombres nada más: en muchas ocasiones ni siquiera había conocido los apellidos de las susodichas. Ya recordar los nombres era proeza: a veces le llegaba nada más un rostro o alguna instantánea de los encuentros, como paralizada en el tiempo.
En alguna ocasión, con menos años y más memoria, había puesto la lista por escrito. Después la había perdido, por supuesto. Casi sesenta nombres. Con todo, estaba seguro de que algunas se le escapaban como ninfas traviesas que regresaban a sus bosques, lagos, mares. Esa tardenoche de media luz, no conseguía llegar a las cuarenta.
De algunas recordaba bien el rostro por alguna razón: eran muy bonitas o muy jóvenes, tenían alguna marca peculiar. Las partes más íntimas de otras habían alcanzado la corteza prefrontal por las mismas razones: eran especiales por su color, por su profundidad. Otras, dejaban sólo su nombre flotando en la memoria. O un lugar específico. San Francisco. La embarazada. La Pouche, ¿quiénes ahí? En París, la vecina de la Rue de Volontaires. Ya en Morelia, una cantante y actriz muy desinhibida, una estudiante.
Claro, la norteña con la que se casó, ida y de regreso (y más idas y regresos separados por encuentros son otras). Pero ella sólo contaba como una en la lista. La prima precoz y bellísima, que tampoco podía entrar en la cuenta porque se habían detenido antes de. Si no ponía restricciones, el recuento podría crecer tanto que lo aplastaría.
Si lo pensaba con calma, deben de haber sido muchas más. No estaba muy claro. No había evidencias más que de algunas. Fotos, de muy pocas: las que más duraron, las más cercanas, las más extraordinarias. Memorables, por decirlo así. La primera, la que encabezaba la lista, la vecina aquélla con hermosos colores en salva sea la parte.
Hay que tomar en cuenta, se aclaraba a sí mismo para matar una especie de sensación de transtorno obsesivo compulsivo, los tiempos que había vivido. Los sesenta, los setenta, los ochenta. En esas épocas era absolutamente fácil encontrar pareja. Novias, las llamaba en su repaso.
Novias que pudieron haber conocido una noche. o una semana, unos cuantos meses y hasta años a su lado. Nunca, eso sí, de a dos. De una en una. No hay nada reprochable. Fueron momentos buenos y luego una neblina las cubrió. Hay adioses que duelen; otros, no. Algunos, son incluso un gran favor recibido. Nada que reprochar. La relación, cualquiera que haya sido, duró lo que debía y eso fue todo. Sin amarguras, sin dramas. Salvo el del divorcio. Casarse siempre le había parecido terrible. Lo fue. Lo es.
Las demás se han transformado en bellos recuerdos o hermosos olvidos, se confiesa, porque de muchas sólo queda una especie de certeza de que existieron. Sin deudas, sin ataduras. Libertad. De eso se trata la igualdad, ¿no? Siempre usó condones. Nadie debió de haber quedado embarazada. Al menos, no por él, precisa al recordar a… ¿cómo se llamaba…? Se veía tan hermosa con su panza de, al menos, siete meses. Era el verano del amor, en todo su apogeo. ¿O no? ¿Había sido después?
Estoy dando vueltas en círculo en vez de avanzar, se reprendió. Otra vez. Lo intentaba ahora cronológicamente, pero había muchas lagunas. Debería volver a escribir. No. Había que pararse por una pluma y un cuaderno, qué flojera. El chiste era hacerlo así, sin trampas. De pura memoria.
Otra tenía nombre de cantante pop. Marie, como Marie Laforêt. Le llegaron algunos compases con unas cuantas palabras:
“Toi, mon amour, mon ami
“Quand je rêve c’est de toi […]
“Je ne peux vivre sans toi […]
“et moi qui croyais pouvoir t’aimer toujours […]
“Je chante parfois à d’autres que toi
“un peu moins bien chaque fois […]”[2]
Marie quedó en su historia como el Gran Amor. Lo había cambiado por la posibilidad de vivir. Bien por ella. Nadie había invertido demasiado emocionalmente. Catexis[3] aprobada. Es más, pensándolo bien, muchas veces él era quien se había quedado triste y desesperado, quien había perdido su futuro en promesas, quien se había desgastado económicamente. Bueno, no, no realmente… Eso sólo pasó con la ex esposa. Lo cual era injusto a todas luces.
Los niños no se hacen solos ni se mantienen solos. Los partos cuestan, los doctores, la educación. ¿Por qué demonios se había casado? Al menos, sólo lo había hecho una vez. Ah, ¿por qué había abandonado la lista para ponerse a hacer cuentas? El amor no debería de conocer dinero, porcentajes de cheque, fines de mes que no cierran.
Ellas nunca pudieron haberlo querido más que él a ellas. Imposible. Puede que se haya tratado de unos días, hasta de unas horas, pero el amor llegó, claro está. Estamos parejos, aseveró su voz interna, a mano. ¡Igualdad para la catexis! Estaba a salvo. Nada malo había pasado. Nadie había resultado usada, cosificada, dejada atrás. Quizá él mismo. A lo mejor la vida aún le debía algo.
La noche se cierra sobre la casa de luces apagadas. Él agita la cabeza. Va de nuevo. Sin digresiones. ¿Quién fue la primera?
[1] “Muchas otras, sin duda/ vinieron después, / sí, pero, entre todas/ las que uno conoce/ ella es la última que se olvida, / la primera chica que se tomó entre los brazos.” Georges Brassens. La primera chica.
[2] Tú, mi amor, mi querido, / cuando sueño es contigo […]/ no puedo vivir sin ti […] / y yo, que creía poder amarte para siempre, / le canto a veces a otros/ un poco menos bien cada vez […]. Mon amour, mon ami. Marie Laforêt. Compositores: Andre Charles Jean Popp/ Edmond David Bacri.
[3] La palabra usada por Freud (besetzung) para designar la energía emocional que se invierte en alguien o algo.
Ilustración portada: Luna Monreal
