“¿Has visto por aquí algún diablo con tridente y cola roja? ¿A algún tipo con dos tablas de piedra? ¿Alguien ha ardido en la ira de Dios? Salvo el terrible aburrimiento, no hay nada más.”
Nektli Rojas
Narrando el Género
María: —Ya se dio cuenta.
Pablo: —¿De qué?
María: —De todo.
Pablo: —¿Quién?
María: —¿Pues quién más! ¡La niña!
Pablo: —¿De todo? No creo… Además, a nosotros qué nos importa: hace años que estamos muertos… ¿Y cómo se enteró?
María: —No sé… Bueno, sí… Terapia.
Pablo: —¿Ves? No puede estar segura… Ya ves eso de los recuerdos recuperados…
María: —¿Y tú cómo sabes si llevas muerto más tiempo que yo? No sabía que estabas tan enterado… Pensándolo bien, ni sé qué estoy haciendo aquí. Tú, como quiera tienes cola que te pisen. En cambio, yo, el único pecado que cometí fue hacer lo que me ordenabas. ¡Eso es virtud en una esposa!
Pablo: —¿Cómo supiste?
María: —El caso es que acabamos aquí. Y todo por culpa de las malas compañías en las que andabas.
Pablo: —¿De quién hablas? Se me hace que te estás volviendo loca.
María: —Ay, tú siempre con lo mismo. Queriéndome convencer de que estoy loca. Pues de aquel cura y de tu cuñado. Ve lo que le hizo a su nieta. Ya ni la amuela.
Pablo: —¿A cuál de todas?
María: —Pues ni me acuerdo. Con tantos hijos que tuvieron, hay muchas escuinclas. No importa a cuál de ellas. Al menos, la chamaca no se va a enterar nunca. Estaba como de cinco meses cuando pasó eso. Tu hermana lo sorprendió metiéndole el dedo. Claro, le abrió el pañal. Lo regañó. Para qué les andan encargando a las nietas… Tan mochos que eran y mira nomás.
Pablo: —Bueno. Contéstame cómo supiste.
María: —¡Pues me lo contó tu hermana!
Pablo: —No. Lo de la niña. ¿Ya se te olvidó de qué estábamos hablando?
María: —Ah. Eso. La oí. Andaba dándome una vuelta por el centro de la ciudad, nomás para distraerme tantito, y casualmente me la encontré en la calle. La seguí, claro, era mi deber. Pues que se mete al consultorio de una psicóloga… Como si sirviera para algo… Salió llore y llore. También qué payasa, ¿no? Bueno, la cosa es que empieza a recordar.
Pablo: —Pues ya ni modo. ¿En qué nos afecta? ¿Has visto por aquí algún diablo con tridente y cola roja? ¿A algún tipo con dos tablas de piedra? ¿Alguien ha ardido en la ira de Dios? Salvo el terrible aburrimiento, no hay nada más.
María: —Eso sí. Además, no fue para tanto. Yo creo está exagerando. Comparada con otras… El señor prieto que a veces se aparece por aquí, ése sí que se las gasta.
Pablo: —¿Por qué?
María: —A falta de alcohol, confesiones… Lo oí contándoselo a tu cuñado el otro día. Ese cuate, pobre de tu hermana que lo tuvo que aguantar, fue el que te pegó los vicios. Y míralo, ¡te sobrevivió por mucho! Ah, pero el señor prieto. Ése se echó a sus hijos cuando eran niñillos. No a todos, no; pero agarraba parejo niños y niñas. Les dio por atrás. Tú sabes qué feo se siente eso. Sí, no me mires así. Tú me contaste cuando andábamos de novios, por allá por los años treinta.
Pablo: —Esas cosas tú te las inventaste. Cómo te encanta estar atizando el fuego. Además, deja de meterte en conversaciones ajenas.
María: — Algo hay que hacer para matar el tiempo. Por cierto, el otro día creí ver por ahí, por el pocito aquel que apesta a huevo podrido, a tu sobrino, el hijo de tu cuñado. ¿Crees que él también…? ¿Será contagioso? ¿Hereditario? ¿Así nacerá esa gente?
Pablo: —¿Cómo crees!
María: —¿Entonces? De algún lado lo han de sacar. Ya ves mi padre, que se ha de estar quemando en los apretados infiernos, cómo me trataba. Estaba loco, loco. Me paseaba como si fuera su novia ¡porque quería venderme al mejor postor!
Pablo: —Lo vi el otro día por allá abajo, por el basural.
María: —¿Mi papá? No se te quita lo mentiroso. Genio y figura…
Pablo: —Estaba platicando con esa mujer de la vida, la que se murió de sida.
María: —La que contrataban los padres para desvirgar adolescentes, dirás. En fin… La verdad, yo creo que la salvamos. ¿Qué hubiera sido de ella sin nosotros? Se hubiera muerto. Yo la crie, tú la mantuviste.
Pablo: —A todas ustedes.
María: —Sí, a todas, pero estamos hablando de ella. A puro mimo y mimo la criamos: a diario le traíamos regalos…
Pablo: —Ése era yo, no tú.
María: —Como sea, cumplimos hasta de más. agradecida debería estar, no que mírala.
Pablo: —¿Vas a regresar?
María: —¿A dónde?
Pablo: —¡Pues a las sesiones!
María: —Ay, quién sabe… Para estar oyendo tanto reproche… Que el incesto ambiental, que cáscaras de huevo y no sé cuántas palabrejas rimbombantes e incomprensibles. A que ni tú, tan culto que decías ser, sabes de qué está hablando. Anda diciendo que, en la casa, todos los días gritos y sombrerazos, ¿verdad que no es cierto?
Pablo: —No me acuerdo. Desde 1962 estuve borracho.
María: —Ay, de veras, cómo serás… Es domingo. Vámonos con el grupo de allá. Parece que ya todos se están aprestando para ir a la Plaza Mayor. Hay tanta gente que ver, tanto niño… ¡Unos tan bonitos que están como para comérselos!
Telón.
Ilustración portada: Luna Monreal
