“¿Qué podían encontrar de extraordinario entre los corrales, los pastizales y las instalaciones de una posta zootécnica?”
Horacio Cano Camacho
Reporte Minoritario
En este ciclo lectivo se actualizó el plan de estudios de la Facultad de Medicina Veterinaria donde trabajo. Me parece que fue un buen diseño. Entre las novedades se incluyó una unidad de aprendizaje (se resisten a llamarla asignatura…) de Ecología y Biodiversidad. Como quienes trabajamos en el Centro de Biotecnología somos biólogos, nos correspondió impartir el curso, junto con otros colegas de la facultad y otras dependencias de la universidad.
No somos propiamente ecólogos, pero durante nuestra formación cursamos materias de ecología, zoología, botánica y otras disciplinas afines. Además, nuestros proyectos de investigación se cruzan frecuentemente con estos campos. Y, desde luego, nos pusimos a estudiar.
Creo que ya era hora de incorporar una asignatura así. La salud y la producción animal no pueden comprenderse de manera aislada. Los animales forman parte de ecosistemas donde interactúan con otros organismos y con el ambiente. La deforestación, la contaminación, los cambios de uso del suelo o el cambio climático modifican estas relaciones y pueden favorecer la aparición y dispersión de enfermedades. De allí la importancia del enfoque de Una Salud, que reconoce la interdependencia de la salud humana, animal y ambiental. Lo extraño es que hayamos tardado tanto en incorporarlo. De hecho, creo que hasta los abogados deberían recibir un curso semejante.
El asunto es que, durante los talleres de planeación del semestre, diseñamos varias prácticas de campo que podían integrarse en una sola actividad. Los estudiantes, organizados en equipos, acudirían periódicamente a la posta zootécnica de la facultad, seleccionarían un cuadrante y documentarían los organismos que encontraran. Después investigarían su identidad, clasificación, importancia ecológica, ciclos de vida y relaciones tróficas en ese ecosistema profundamente alterado que es un rancho ganadero.
Y comenzaron las sorpresas.
Ha sido muy interesante, y hasta divertido, observar cómo estos muchachos pasaron de «no ver nada» a descubrir, identificar, interesarse y discutir sobre lo que encontraban. Han aparecido planarias terrestres, crustáceos, hongos, arañas, alacranes, serpientes ciegas, abejas no melíferas y un sinfín de organismos que antes parecían invisibles.
Cuando les hablamos por primera vez de identificar la fauna del lugar, algunos nos miraron desconcertados. Imagino que no esperaban encontrar gacelas, leones, hienas y todas esas criaturas que los documentales de televisión y las películas nos han acostumbrado a reconocer como «la fauna». ¿Qué podían encontrar de extraordinario entre los corrales, los pastizales y las instalaciones de una posta zootécnica?
Pues resulta que mucho.
Y no es que esos organismos hayan aparecido de pronto. Siempre estuvieron allí. Lo que cambió fue la mirada de los estudiantes. Comenzaron a detenerse, observar, distinguir formas, reconocer diferencias y descubrir relaciones. Y, casi sin proponérselo, empezaron a hacerse preguntas. ¿Qué hace aquí esta especie? ¿De qué se alimenta? ¿Cómo se reproduce? ¿Qué papel desempeña en este ambiente? ¿Por qué nunca la habíamos visto?
Para mí también ha sido una sorpresa. Los hallazgos de los muchachos han abierto posibilidades de aprendizaje que no habíamos previsto cuando diseñamos una práctica tan sencilla.
Uno de ellos preguntó si sería posible encontrar animales silvestres más extraordinarios, como coyotes o algunos felinos. Recordaba que durante la pandemia se habían reportado avistamientos de estas especies, incluso de pumas. Discutimos cómo la ubicación de la posta, ahora prácticamente rodeada por la ciudad, hacía poco probables esos encuentros. No así los de zarigüeyas, mapaches y animales asilvestrados. De hecho, las jaurías de perros ferales han representado un problema en varias ocasiones.
Pero aquel muchacho seguía entusiasmado con la posibilidad de encontrarse un coyote.
Entonces ocurrió algo maravilloso. Varios compañeros le advirtieron que debía tener cuidado porque el animal podría «echarle el vaho», adormecerlo, cargarlo sobre su lomo y llevárselo a su cueva para alimentar a sus crías.
Nos reímos mucho.
Pero aquella historia abrió una conversación todavía más interesante. Comenzaron a surgir otras creencias populares sobre los animales: los alicantes que se alimentan de la leche materna, los murciélagos frugívoros a los que se atribuyen comportamientos fantásticos, los grillos niños, los arlomos y toda esa suerte de criptozoología que forma parte del imaginario de los pueblos de México.
Historias que hemos escuchado desde niños, que pasan de una generación a otra y que muchas veces aceptamos sin preguntarnos de dónde vienen o qué tienen de cierto.
Y allí apareció otra oportunidad para aprender.
Porque no se trata simplemente de burlarnos de esas creencias o descartarlas como disparates. Muchas nacieron de observaciones reales, mezcladas con el miedo, la imaginación y la necesidad de explicar aquello que no comprendíamos. Lo verdaderamente interesante es preguntarnos qué hay detrás de ellas. ¿Cómo cazan realmente los coyotes? ¿Pueden adormecer a sus presas? ¿De dónde surgió esa historia? ¿Cómo podríamos comprobarla?
Me parece que allí comienza algo fundamental para la formación científica: la duda creativa. Esa disposición a no aceptar automáticamente una explicación, pero tampoco a rechazarla sin antes preguntarnos qué sabemos, qué ignoramos y cómo podríamos averiguarlo.
Observar es mucho más que mirar. Es descubrir que el mundo está lleno de cosas que habíamos pasado por alto. Y cuando la observación despierta preguntas, aparece la curiosidad; cuando cuestionamos nuestras primeras respuestas, surge la duda. Una duda que no paraliza, sino que nos empuja a investigar, imaginar posibilidades y buscar nuevas explicaciones.
Quizá eso sea lo más valioso que están aprendiendo estos muchachos. No solamente a identificar organismos o comprender sus relaciones ecológicas, sino a mirar el mundo de otra manera. Y a descubrir que una buena pregunta puede ser mucho más fecunda que una respuesta aprendida de memoria.
No sé si algún día encontrarán al coyote que echa el vaho. Pero me gustaría que, si alguien vuelve a contarles esa historia, en lugar de creerla o simplemente reírse, se pregunten cómo podrían averiguar si es cierta.
Y eso, para mí, ya sería un gran resultado de nuestro curso.
Ilustración portada: Reco


