Regla de Tres

La mujer que nadie creyó

En el Nueva York del siglo XIX, los muros de un manicomio ocultaban una realidad que pocos se atrevían a investigar. Una mujer encontró la manera de entrar…

Nellie Bly había dejado de fingir. Respondía con claridad a los médicos y aseguraba que no tenía ninguna enfermedad mental. Pero cuanto más razonablemente se comportaba, menos parecían creerle. Era 1887 y la joven periodista llevaba varios días encerrada en el manicomio femenino de Blackwell’s Island, en Nueva York. Había conseguido entrar para investigar qué ocurría tras sus muros; descubriría también lo difícil que podía resultar salir.

Su verdadero nombre era Elizabeth Jane Cochran. Tenía 23 años y había llegado a Nueva York decidida a ejercer un periodismo distinto del que se reservaba a las mujeres, a menudo limitado a la moda y los asuntos domésticos. En el New York World, el periódico de Joseph Pulitzer, le propusieron una investigación tan audaz como incierta: hacerse pasar por una mujer con una enfermedad mental para conocer desde dentro las condiciones de aquel hospital. El diario se comprometió a gestionar su liberación. Bly aceptó, aunque durante su encierro no podría controlar lo que otros decidieran hacer con ella.

Bajo el nombre de Nellie Brown, se alojó en una pensión y fingió confusión y temor hasta alarmar a las huéspedes. Intervinieron la policía, un juez y varios médicos. Tras pasar por el hospital Bellevue, fue trasladada a Blackwell’s Island. Allí, al ser admitida en el psiquiátrico, abandonó la actuación. Durante diez días conoció una realidad brutal. A ella misma la obligaron a bañarse en agua helada. Vio a mujeres temblar de frío, recibir comida escasa y de pésima calidad y sufrir agresiones físicas por parte del personal. Otras pacientes le contaron que las golpeaban, las estrangulaban y las sometían a castigos con agua fría. Aquellas mujeres estaban encerradas en una institución que debía cuidarlas y donde también eran maltratadas.

Entre ellas estaba Louise Schanz, una mujer alemana que no entendía inglés. Bly presenció cómo un médico intentaba interrogarla sin conseguir comunicarse con ella. La escena mostraba una crueldad que no necesitaba golpes: ¿cómo podía alguien explicar lo que le ocurría si ni siquiera compartía una lengua con quienes decidían su destino? Otras internas le hablaron de la pobreza, la enfermedad y las circunstancias que las habían llevado allí. Bly registró sus testimonios sin tener acceso a expedientes que permitieran comprobar cada diagnóstico.

También descubrió lo poco que valía su propia palabra. Al insistir en que había llevado un cuaderno y un lápiz, objetos que una enfermera no quería devolverle, sus recuerdos fueron tratados como imaginaciones. Una periodista privada de sus herramientas de trabajo veía cómo hasta lo que sabía de sí misma podía ponerse en duda.

Al décimo día, Peter A. Hendricks, un abogado contratado por el periódico, consiguió que Bly saliera del manicomio. No habían bastado sus reiteradas afirmaciones de que estaba sana; fue necesaria la intervención de alguien del exterior. Bly sintió alivio, pero pensó en las mujeres que quedaban atrás, sin un periódico que conociera sus nombres ni un abogado que acudiera a buscarlas.

«Su verdadero nombre era Elizabeth Jane Cochran. Tenía 23 años y había llegado a Nueva York decidida a ejercer un periodismo distinto del que se reservaba a las mujeres…»

En octubre de 1887, el New York World publicó sus reportajes. La repercusión fue inmediata: según contó la propia Bly, recibió cientos de cartas y se agotaron los ejemplares del periódico que contenían su historia. Ante las peticiones de los lectores, los textos aparecieron ese mismo año reunidos en un libro, Diez días en un manicomio. Sus páginas recogían no solo lo que ella había vivido, sino también las voces de mujeres que difícilmente habrían sido escuchadas fuera de la institución.

La publicación de sus reportajes dio lugar a una investigación judicial sobre los abusos denunciados. Bly regresó al manicomio acompañando a los integrantes del gran jurado encargado de examinar las acusaciones. Sus denuncias contribuyeron a mejorar la alimentación, la higiene y la atención a las pacientes, a revisar el trato del personal y a aumentar los recursos destinados a las instituciones públicas de Nueva York. También se documentaron cambios para atender mejor a las mujeres que no hablaban inglés. Los abusos no desaparecieron, pero su investigación tuvo consecuencias concretas.

Más de un siglo después, Diez días en un manicomio conserva los testimonios de mujeres cuyas voces no desaparecieron por completo tras los muros de Blackwell’s Island. Detrás de esas páginas permanece la determinación de una periodista que arriesgó su libertad para contar lo que había descubierto y que, al hacerlo, desafió los límites impuestos a las mujeres de su época. Su valentía nos habla del poder del periodismo, pero también de todas las mujeres que han abierto camino ejerciendo un oficio que exige curiosidad, perseverancia y, a veces, un coraje extraordinario.

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