“¿Qué tan emparentados estaban estos guajolotes con sus parientes silvestres? ¿Cuánta diversidad genética conservaban?”
Horacio Cano Camacho
Reporte Minoritario
Cuando la doctora Guadalupe Zavala y yo llegamos a la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, nos encomendaron poner en marcha el Centro Multidisciplinario de Estudios en Biotecnología, adscrito a la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia. Veníamos de formarnos en biotecnología vegetal, de manera que teníamos por delante un desafío importante: cambiar de organismos de estudio y adentrarnos en un mundo que nos resultaba poco familiar.
Necesitábamos desarrollar proyectos que fueran de interés para los veterinarios y que, al mismo tiempo, nos permitieran aprovechar los conocimientos y las herramientas que ya dominábamos. Tampoco podíamos abandonar de golpe nuestras líneas de investigación anteriores. Después de todo, comenzar y consolidar una línea de trabajo completamente nueva suele llevar mucho tiempo, y nosotros necesitábamos seguir produciendo resultados.
Así que nos hicimos una pregunta bastante sencilla: ¿qué de lo que sabíamos hacer podía empatar con el mundo de los animales?
Y resultó que, entre varias ideas, se asomaba un animal del que sabíamos algunas cosas: que se comía en mole, que estaba presente en muchos hogares campesinos y que, por supuesto, era una de las grandes aportaciones de México al mundo. El guajolote.
Decidimos entonces emprender un proyecto orientado al rescate y la caracterización de los recursos genéticos del guajolote, con miras a su conservación y aprovechamiento biotecnológico. Al principio pensamos que encontraríamos toneladas de artículos científicos sobre esta ave. Después de todo, el guajolote tiene una importancia histórica y cultural comparable a la del maíz. Ambos fueron domesticados en el México antiguo y ambos terminaron extendiéndose por buena parte del planeta. ¿Cómo no iba a existir una enorme cantidad de investigaciones sobre su origen, diversidad y domesticación?
Pero la sorpresa fue mayúscula.
La literatura científica que encontramos era bastante escasa. Buena parte de los trabajos se concentraba en describir sistemas de producción, formas de manejo y algunos aspectos sanitarios. La información sobre las poblaciones tradicionales mexicanas, su diversidad y su historia evolutiva estaba fragmentada y dispersa. Para un animal con semejante importancia biológica, económica y cultural, nos pareció extraordinario lo poco que se sabía.
Comenzamos por caracterizar los sistemas de producción, especialmente los guajolotes de traspatio y los criados en explotaciones semiindustrializadas. Nos interesaba conocer cómo se mantenían, qué comían, cómo se reproducían, cuáles eran sus principales problemas de salud y qué relación tenían con las familias que los criaban. Al mismo tiempo, nos propusimos estudiar las poblaciones silvestres que todavía habitan algunas regiones del país, particularmente en estados como Durango y Jalisco. Queríamos comprender qué relación existía entre aquellos animales silvestres y los guajolotes domésticos que encontrábamos en los pueblos michoacanos.
Las primeras sorpresas no tardaron en aparecer.
En los traspatios de comunidades rurales de Michoacán encontramos una extraordinaria diversidad de guajolotes. Había animales de tamaños diferentes, con formas y, sobre todo, colores de plumaje muy variados. Nos llamó especialmente la atención que muchos de los patrones de color descritos en Estados Unidos, donde se reconocían como características de distintas “variedades o razas”, estaban presentes también en aquellas pequeñas poblaciones campesinas.
Allí, en los pueblos más modestos, entre corrales improvisados y animales que caminaban libremente por los patios, encontramos una diversidad que parecía guardar pistas importantes sobre la historia de esta ave y su domesticación.
Aquello nos llevó a formular nuevas preguntas. ¿Qué tan emparentados estaban estos guajolotes con sus parientes silvestres? ¿Cuánta diversidad genética conservaban? ¿Qué podían decirnos sobre los procesos de domesticación ocurridos siglos o milenios atrás?
Lo que había comenzado como la búsqueda de un proyecto que nos permitiera acercarnos al mundo de la veterinaria se estaba convirtiendo en una investigación sobre los orígenes de uno de los animales más representativos de nuestra historia.
Y apenas estábamos comenzando.
Muchos colegas comenzaron a vernos como entes raros. Después de todo, ¿a quién podía interesarle el guajolote? Para algunos ecólogos, nuestro proyecto parecía insignificante. Se trataba de un animal doméstico, abundante y que, aparentemente, no corría ningún riesgo de extinción. Para muchos veterinarios y especialistas en producción animal tampoco resultaba particularmente atractivo. No era un animal suficientemente productivo. Un guajolote de traspatio podía proporcionar unos cuatro kilos de carne, mientras que un pavo comercial de doble pechuga podía alcanzar rendimientos considerablemente mayores, incluso de doce kilos.
Pero ambas visiones nos parecían profundamente limitadas.
¿Acaso el valor de un recurso biológico depende solamente de que esté amenazado de extinción o de la cantidad de carne que pueda producir?
El guajolote es un recurso extraordinario. El modesto animal que encontramos en los traspatios de los pueblos michoacanos conserva vínculos con una historia de domesticación que se remonta a tiempos prehispánicos. Durante generaciones, las comunidades campesinas e indígenas han mantenido su crianza, contribuyendo a preservar una diversidad biológica que difícilmente puede valorarse únicamente en términos comerciales.
Pero había algo más que nos llamaba poderosamente la atención.
El guajolote formaba parte de una economía rural muy particular y, en buena medida, de una economía sostenida por las mujeres. En las comunidades, eran ellas quienes se encargaban de criar los animales, alimentarlos, cuidarlos y decidir cuándo venderlos o destinarlos al consumo familiar.
Su crianza requería relativamente pocos recursos externos. Los guajolotes pasaban buena parte del día recorriendo los patios y las milpas cercanas, alimentándose de granos, semillas, frutos, insectos y otros recursos disponibles en el ambiente. En muchos de los sistemas que conocimos, apenas recibían alimentos balanceados, medicamentos o atención veterinaria.
Y, sin embargo, contribuían de manera importante a la economía familiar.
Su valor no estaba solamente en los kilos de carne que podían producir, sino en su capacidad para transformar recursos locales en alimento y en una reserva económica disponible cuando surgía alguna necesidad.
El guajolote era, y en muchas comunidades sigue siendo, una alcancía viva de las familias campesinas mexicanas.
Pero nuestro acercamiento a los guajolotes de traspatio nos permitió descubrir, además, aspectos extraordinarios de su biología y de su historia evolutiva. Al comparar su ADN con el de poblaciones silvestres y domésticas de otras regiones del país, encontramos diferencias genéticas sorprendentemente pequeñas y vínculos que se remontaban a las poblaciones ancestrales de esta especie, que se originó -según nuestro descubrimientos- en el noroeste del actual México, en lo que hoy es Yecora, Sonora, donde se encuentran las poblaciones relicto.
Nuestros estudios nos permitieron reconstruir parte de una historia fascinante. Los linajes ancestrales del guajolote se diversificaron y extendieron por distintas regiones de América del Norte, incluyendo el territorio que hoy conocemos como México. Algunas de aquellas poblaciones llegaron al centro del país, donde los pueblos mesoamericanos iniciaron procesos de domesticación que transformarían para siempre la relación entre estas aves y los seres humanos.
Como ocurrió con el maíz, el guajolote terminó incorporándose profundamente a la vida de los pueblos mesoamericanos. Sus plumas, su carne y hasta sus huesos tuvieron distintos aprovechamientos. Y, desde entonces, siguió formando parte de una economía doméstica que ha sobrevivido durante generaciones.
Después vendría otro viaje extraordinario. El guajolote cruzó el Atlántico, llegó a Europa y, con el tiempo, se extendió por buena parte del planeta. Fue sometido a procesos de selección y mejoramiento hasta convertirse en el enorme animal blanco, de doble pechuga, que hoy domina la producción comercial. Un viaje de más de quinientos años para regresar transformado y conocido, generalmente, como pavo.
Pero el viejo guajolote mexicano sigue allí, en los modestos traspatios de las comunidades rurales, conservando parte de una historia biológica y cultural que se remonta a miles de años. Una historia que las familias campesinas, y particularmente sus mujeres, han contribuido a mantener viva.
Cuando Guadalupe y yo comenzamos aquella investigación, difícilmente imaginábamos que un animal al que muchos consideraban de escaso interés científico y productivo terminaría enseñándonos tanto sobre evolución, domesticación, diversidad genética y, sobre todo, sobre la relación de las comunidades humanas con los animales que forman parte de su vida cotidiana.
Hay que seguir hablando de este extraordinario animal, de su diversidad y de quienes lo han conservado. Y también hay que llamarlo por los nombres con los que lo conocen nuestros pueblos: guajolote, píjilo, cocuno, cucuno, chompipe, pípila y tantos otros, según la región.
Porque podrá ser el pavo para buena parte del mundo, pero para nosotros seguirá siendo el guajolote.
Ilustración portada: Bárbara Cortazar Figueroa


