“Thilliez construye una historia dentro de otra y después juega con las relaciones entre ambas: escritores que escriben sobre escritores, manuscritos incompletos…”
Horacio Cano Camacho
Zona Oscura
Hay un autor que a mí me encanta. Y no soy el único: es uno de los reyes del tecnothriller en Europa, un subgénero del thriller en el que la tecnología y la ciencia no son solo escenario, sino motores esenciales del conflicto, el misterio y la tensión narrativa. Y allí Franck Thilliez es toda una autoridad.
Ahora vuelve con un nuevo título que apareció hace unos días y que yo devoré -literalmente- en unas horas. Así es este autor: adictivo y vertiginoso. Se trata de El manuscrito, publicado en español por Newton Compton (2026).
Hay autores de novela negra a los que uno comienza a leer sabiendo, más o menos, dónde se está metiendo. Con Franck Thilliez me ocurre eso. Sé que habrá crímenes, y muy duros; una investigación cada vez más complicada; ciencia, personajes dañados, giros inesperados y esa particular habilidad suya para conducirnos por un camino mientras, discretamente, está construyendo otro delante de nuestras narices.
Pero también sé otra cosa: no debo confiar demasiado en él.
Y El manuscrito es quizá uno de los libros en los que Thilliez lleva más lejos ese juego con el lector.
Desde las primeras páginas sabemos que estamos entrando no solamente en una investigación criminal, sino también en un juego sobre la memoria, la escritura, la verdad y la propia estructura de las novelas de misterio.
Léane Morgan es una exitosa escritora de thrillers que publica bajo seudónimo. Su vida quedó destruida años atrás por la desaparición de su hija Sarah. La investigación policial terminó vinculando el caso con un asesino en serie, aunque nunca apareció el cuerpo de la muchacha.
Léane abandonó entonces buena parte de su antigua vida, incluido su matrimonio con Jullian. Hasta que una violenta agresión contra él la obliga a regresar. Jullian ha perdido parte de la memoria y Léane comienza a sospechar que, antes del ataque, había descubierto algo relacionado con la desaparición de Sarah.
Al mismo tiempo, cerca de Grenoble, un automóvil robado y accidentado revela otro misterio: en el maletero aparece el cadáver de una mujer cuyo rostro ha sido destruido y sus manos amputadas. Junto al cuerpo aparecen, además, las manos de otra mujer desconocida.
A partir de esos elementos, Thilliez comienza a construir la telaraña.
Y utilizo deliberadamente esa palabra.
Porque El manuscrito no avanza simplemente mediante una sucesión de pistas que conducen hacia una solución. La novela extiende hilos en distintas direcciones. Algunos se cruzan. Otros parecen no conducir a ninguna parte. Y algunos regresan hacia lugares por los que ya habíamos pasado y nos obligan a reconsiderar lo que creíamos haber entendido.
En el centro de todo está la memoria.
Una memoria perdida, fragmentada, reconstruida o …posiblemente falsa.

Thilliez lleva años interesado en el funcionamiento del cerebro y aquí convierte algo que normalmente consideramos una herramienta para comprender la realidad en una fuente permanente de incertidumbre.
Recordar no significa necesariamente conocer la verdad.
Pero olvidar tampoco significa que aquello que ocurrió haya desaparecido.
La memoria puede ocultar, deformar, sustituir, reconstruir. Y cuando una investigación depende precisamente de aquello que alguien recuerda -o cree recordar-, las certezas comienzan a desmoronarse.
Hay además otro nivel que me resultó especialmente atractivo: El manuscrito es una novela “consciente” de que es una novela.
Thilliez construye una historia dentro de otra y después juega con las relaciones entre ambas: escritores que escriben sobre escritores, manuscritos incompletos, historias que parecen reflejar otras historias. Una especie de juego de espejos en el que llega un momento en que el lector comienza a preguntarse exactamente en qué nivel del relato se encuentra.
Es lo que en literatura se denomina puesta en abismo: una obra que contiene, de alguna manera, otra versión de sí misma.
Pero Thilliez utiliza este recurso para algo mucho más divertido: incorporar al lector dentro del mecanismo de la investigación.
Porque pronto uno comienza a desconfiar de los personajes, de lo que recuerdan, de lo que cuentan… del narrador.
Y finalmente hasta del propio libro que tiene entre las manos.
Ahí está, para mí, una de las mayores virtudes de El manuscrito: nos convierte en investigadores.
El lector habitual del thriller conoce perfectamente esta competencia silenciosa. Mientras los investigadores buscan al responsable, nosotros desarrollamos nuestra propia pesquisa. Seleccionamos sospechosos, anticipamos explicaciones y descartamos posibilidades. Y, naturalmente, sentimos una enorme satisfacción cuando creemos haber encontrado la solución antes que ellos.
Con Thilliez esto resulta peligroso.
Porque mientras nosotros intentamos resolver el problema que nos ha colocado delante, él puede estar construyendo discretamente otro.
La novela comparte algo con los trucos de los buenos ilusionistas. El secreto no consiste únicamente en ocultar, sino en conseguir que el espectador mire exactamente hacia donde el prestidigitador quiere.
Misdirection, lo llaman los ilusionistas. Desviar la atención.
Thilliez lo hace continuamente. Nos muestra algo suficientemente interesante para concentrar allí nuestras sospechas mientras deja otras piezas a plena vista. Después, cuando finalmente comienzan a encajar, aparece esa sensación tan característica de los buenos thrillers:
Estaba ahí. Y no lo vi.
Todo esto exige una construcción extremadamente cuidadosa. Las novelas de Thilliez parecen vertiginosas porque sus capítulos son breves, surgen continuamente nuevos datos y los acontecimientos se precipitan. Pero detrás de esa velocidad existe una arquitectura narrativa calculada al milímetro.
El manuscrito es un excelente ejemplo.
Sus más de cuatrocientas páginas se leen con una rapidez sorprendente. No porque la historia sea sencilla; todo lo contrario. Thilliez conoce perfectamente esa pequeña perversidad del thriller que consiste en terminar un capítulo justo cuando necesitamos comenzar el siguiente.
Y uno cae, otra vez. Y otra. Hasta descubrir que lleva cien páginas más de las que pensaba leer aquella noche.
Hay también bastante oscuridad. No es una novela amable. Thilliez nunca ha tenido demasiados reparos en explorar la violencia, la perversión o los extremos del comportamiento humano. Pero lo interesante es que esa violencia no constituye el verdadero centro de sus mejores historias.
Debajo quedan otras preguntas.
¿Qué ocurre con nuestra identidad cuando nuestra memoria falla?
¿Hasta qué punto podemos confiar en aquello que creemos saber?
¿Y qué hacemos cuando finalmente descubrimos algo que hubiera sido preferible no conocer?

Por eso reducir El manuscrito a una novela sobre la desaparición de una muchacha sería quedarse muy corto. Es también un libro sobre la memoria y sus trampas, sobre nuestra necesidad de construir narraciones para darle sentido al pasado y sobre la búsqueda de una verdad que quizá no siempre estamos preparados para encontrar.
No diré nada sobre el final.
En serio.
Con esta novela conviene llegar a las últimas páginas sin explicaciones y, sobre todo, sin buscar demasiado en internet.
Solo diré que hay que leer con atención.
Mucha atención.
Porque en El manuscrito el libro que tenemos entre las manos no es únicamente el lugar donde se cuenta el misterio.
El libro también forma parte del misterio.
Cuando lo cerré tuve una de esas sensaciones que busco precisamente en un buen thriller: la de haber sido engañado limpiamente.
Las pistas estaban allí.
El autor había jugado sus cartas.
Yo también había jugado las mías.
Y Thilliez ganó.
Ilustración portada: Emilio Monreal


