Anne Carson acaba de ganar el Nobel de Literatura. Su obra, entre la poesía, el collage y los libros-objeto, invita a reconsiderar lo que creemos conocer
Leonor Solís
Especímenes
“Pienso, luego existo”. Pocas frases de la filosofía han alcanzado tanta fama como esta de René Descartes. La hemos repetido en los salones de clases, impreso en camisetas y convertido en una certeza que parece no necesitar explicaciones. Pero la poeta canadiense Anne Carson, en una conversación con la escritora Linn Ullmann, se detuvo en algo que solemos olvidar: antes del pensamiento cartesiano estaba la duda. “Dubito, ergo cogito, ergo sum”: dudo, por lo tanto pienso, por lo tanto existo. Carson lamentaba que el “dubito” tuviera tan mala fama. Después de todo, ¿qué sería del pensamiento si nunca dudáramos?
Quizá no sorprenda que sea ella quien nos invite a reconsiderar una frase tan conocida. Cuando tenía unos quince años, Carson encontró en una librería de Canadá una edición bilingüe de los poemas de Safo. En una página estaban los versos en griego; en la otra, su traducción al inglés. Aquella distancia entre dos lenguas despertó una curiosidad que no se conformó con leer lo que otros habían traducido. Quería comprender las palabras originales.
Poco después, una mudanza familiar la llevó a otra ciudad, donde conoció a Alice Cowan, una profesora de latín que también sabía griego. Cowan comenzó a enseñárselo durante la hora del almuerzo. Años más tarde, Carson reconocería que debía a aquella mujer su carrera y buena parte de su felicidad. La adolescente que quiso atravesar una página para descubrir lo que escondía otra lengua terminaría dedicando su vida a los clásicos y a explorar todo lo que la literatura todavía podía llegar a ser.
El pasado 8 de octubre, Anne Carson recibió el Premio Nobel de Literatura. Nacida en Toronto en 1950, es poeta, ensayista, traductora y estudiosa del mundo antiguo, aunque ninguna de esas palabras consigue contenerla del todo. Su obra atraviesa los géneros con una libertad poco frecuente: convierte mitos griegos en historias contemporáneas, mezcla reflexión filosófica con experiencias íntimas y escribe libros que parecen empeñados en escapar de su propia definición.

Quienes se acerquen a ella por primera vez encontrarán en Autobiografía de Rojo, una novela en verso donde Gerión, un monstruo rojo y alado de la mitología griega, se convierte en un muchacho que vive una historia de amor queer. En La belleza del marido, una historia de deseo, belleza y desengaño se despliega a través de veintinueve tangos. Pero hay otra manera de entrar en el universo de Carson: abrir una caja, desplegar un acordeón de recuerdos o descubrir que las páginas de un libro no tienen por qué leerse en un orden establecido.
Nox, publicado en 2010, es una de sus creaciones más conmovedoras. Tras la muerte de su hermano Michael, con quien había perdido contacto durante años, Carson reunió fotografías, cartas, dibujos, recortes y fragmentos de palabras en una elegía que no se parece a un libro convencional. La obra llega en una caja gris que recuerda a una urna funeraria. En su interior, una larga hoja plegada en acordeón se despliega como un archivo de recuerdos. Entre aquellos restos aparece también el poema 101 de Catulo, escrito para un hermano muerto, cuyas palabras Carson traduce y examina una por una. Dos duelos separados por siglos conviven sobre el papel. La ausencia no se resuelve: adquiere una forma que podemos sostener entre las manos.
En Float (Flota), de 2016, la experiencia es distinta. Una caja transparente reúne cuadernillos independientes que pueden leerse en cualquier orden. El lector decide por dónde comenzar y cómo continuar, como quien reorganiza las piezas de una colección. Antigonick, su reinterpretación de la Antígona de Sófocles, incorpora ilustraciones de Bianca Stone y páginas translúcidas que permiten a las imágenes atravesar visualmente el texto. En ambos casos, el diseño no adorna la literatura: participa en ella.
Hay algo profundamente contemporáneo en esta manera de crear. Carson se mueve entre la filología, la poesía, el teatro y las artes visuales sin detenerse demasiado en las fronteras que solemos trazar entre unas y otras. Sus libros pueden parecer archivos, collages, instalaciones o partituras, pero conservan una preocupación antigua: cómo expresar aquello que las palabras, por sí solas, no siempre alcanzan a decir.
Tal vez esa libertad tenga algo que ver con la adolescente que observaba dos versiones de un poema de Safo y sospechaba que entre ellas existía un mundo por descubrir. Décadas después, Carson sigue acercándose a los textos con aquella curiosidad, aunque ahora también los corta, los pliega, los mezcla con imágenes y los guarda en cajas. Quizá por eso resulta tan difícil decir dónde termina un poema suyo y comienza otra cosa. Para averiguarlo, habría que abrir uno de sus libros y dejar que la duda nos lleve más allá de sus páginas, hacia territorios de la literatura y de nosotros mismos que ni siquiera sabemos que existen.
Portada: La escritora canadiense Anne Carson | Fotografía: The Nobel Prize


