Regla de Tres

El hombre que tuvo como pasaporte una bicicleta

“No fue un cicloviajero más, de esos que él mismo se cruzaba en ocasiones por caminos o carreteras y los cuales, decía, no saben ni lo que quieren…”

 En junio de 2014, la casa editorial italiana Ediciclo, organizó en Portogruaro, Veneto, la cuarta y última edición de Ciclomundos, un festival nacional en el que se celebraba la cultura del cicloviaje congregando a expertos y a aficionados que discutían, escuchaban conferencias y participaban en mesas redondas aprendiendo todo sobre recorrer el mundo a punta de pedalazos.

El evento principal de aquel año estaba a cargo de Heinz Stücke, un legendario viajero alemán que para entonces llevaba ya más de cuarenta años y seiscientos mil y tantos kilómetros dándole la vuelta al mundo sobre ruedas. Cuando los organizadores le dieron los detalles para su hospedaje, cuentan que él sólo les pidió un lugar para su bicicleta y un espacio tranquilo para levantar su tienda de campaña. Tenía 74 años y estaba cerca del retiro. Aun así, dos años más tarde emprendería el último de sus viajes pedaleando otros ocho mil kilómetros por Canadá.

Así era Heinz Stücke, “El hombre que quiso verlo todo”, título de un documental que hizo sobre su vida el cineasta español Albert Albacete. Nacido en Hövelhof, en la Renania del Norte, Stücke trabajaba como obrero en una fábrica de herramientas cuando, a sus veintidós años, decidió lanzarse a viajar a sin rumbo fijo, y sin más dinero ni bienes que una bicicleta de tres velocidades de la que se separaría solo cincuenta años más tarde.

Pedaleó incansablemente, tanto que el sudor que goteaba de su cuerpo sobre el cuadro de la bicicleta terminó por oxidar el tubo superior. Nunca usó casco; de hecho, pasando por España, alguna vez llegó a inventar que era alérgico para evitar que lo obligaran a ponerse uno. Decía que lo verdaderamente necesario y útil para mantener con vida a un ciclista durante las rutas era un espejo retrovisor, lo cual su propia experiencia confirma. Irónicamente, algunos de los episodios más peligrosos de sus viajes los vivió cuando dejaba la bicicleta y pedía aventón a algún automovilista. Viajando así se accidentó varias veces en lugares como El Salvador, Irán y Alaska, donde por poco muere al caer dentro de un río congelado.

No fueron, desde luego, esos los únicos peligros por los que pasó. En Haití fue perseguido por una multitud enfurecida; en Camerún detenido bajo la acusación de difamar al Estado; en Egipto golpeado hasta quedar inconsciente; atacado por abejas en Mozambique; perseguido por perros pastores feroces, etc., etc., etc. Aunque, según le contó al periodista mexicano Temoris Grecko, quien lo conoció en 2012 estando en Kenia, una de las cosas a las que más temía durante el viaje era a los grupos de niños: “no tienes idea de lo crueles que pueden llegar a ser”, mencionó. 

Alguna vez dijo que nunca se propuso realmente dedicar su vida a viajar, más bien fueron el camino y sus inercias las que lo capturaron. No muy distinto a lo que le sucede a cualquiera que, en estos tiempos, queda atrapado en la cotidianidad de la vida laboral o familiar. Sólo que en el caso de Stücke, la sustancia que alimentaba esa cotidianidad eran las millas, los paisajes y los horizontes traspuestos que develaban nuevos mundos que a su vez volvían a arponear nuevamente la curiosidad, provocando así que el viaje siguiera alargándose. “Por eso no sabes nunca cuándo habrás de volver a casa”, decía.

No fue un cicloviajero más, de esos que él mismo se cruzaba en ocasiones por caminos o carreteras y los cuales, decía, no saben ni lo que quieren, la mayoría pasa por todos lados sin conocer en realidad nada. Él, por el contrario, se interesaba en lugares y por sobre todo en las personas que encontraba en esos lugares. Sus viajes, en ese sentido, se medían más por el número de charlas que por la distancia pedaleada, y el tamaño de los kilómetros se calculaba en amigos acumulados. En una época en la que no existían los registros electrónicos, que llegó a detestar, reunió libretas repletas de los contactos de quienes había encontrado en sus recorridos. Una ocasión, estando en Hong Kong, decidió enviar una postal a cada una de las personas con las que se sentía agradecido. Terminó escribiendo mil cuarenta dedicatorias.

La bicicleta de Heinz Stücke

Fue la bicicleta, lo tenía claro, la que hizo siempre posible que ese contacto con la gente sucediera. Sostenía que la bicicleta tiene un poder de atracción como pocos otros objetos. La bicicleta es un gancho para la gente, decía. “Cuando te ven llegar en bicicleta son ellos quienes se acercan, no tú a ellos. “A la gente le gusta conocer a alguien que le pude contar historias y aventuras.” Tenía, además, la teoría de que esto era así porque “un tipo en una bicicleta no puede ser un tipo malo. Así que la gente que te ve moviéndote de esta manera inmediatamente confía en ti.” Por eso la bicicleta, decía, era indudablemente su mejor pasaporte.

Y aunque se la robaron en Inglaterra, Estados Unidos, Colombia, Turquía y Siberia, siempre pudo recuperarla gracias a la solidaridad de la misma gente, y por eso tenía claro cuáles eran sus mayores cualidades. Fue sobre la bicicleta que Heinz descubrió que el mundo está también lleno de gente buena, de esa que sostiene las economías de la generosidad y la ayuda en donde el dinero no es necesario. Más importante que el dinero, en todo caso, le resultó aprender a comunicarse en los idiomas de las personas. Tarea a la que se entregaba incluso durante los trayectos que pedaleaba. Contaba que colocaba carteles con palabras sobre el manubrio para ir leyendo y repitiendo mientras iba a de un lugar a otro. Aprendizaje que después complementaba escuchando estaciones de radio locales.

Aunque, como a Kerouac, le interesaban, sobre todo, las personas que luchaban por sus sueños, las distintas, las que están un poco locas y no hablan de lugares comunes. Porque eso tiene el camino sobre quien realmente le ha tomado el pulso, el efecto de depurar lo superfluo, lo que estorba, para dejar únicamente lo esencial. Una locura, ciertamente, a ojos de quienes son gobernados por el dictado de las apariencias y la acumulación.

Quizá por eso vidas como la de Stücke resultan tan extraordinarias, pues el movimiento y la ligereza a la que este obliga les permite mantenerse lejos de la tentación de rodearse con las bagatelas y enseres que en el sedentarismo capitalista terminan por sepultar al ser. Llama pues la atención que en un mundo determinado por la capacidad de adquirir cosas, fuera más bien el aprovisionamiento de afectos, de lugares, de vivencias lo que ofreciera a Stücke la posibilidad de realizarse. Una empresa para la que las dos ruedas fueron fundamentales: “un día decidí que viajar por el mundo en una bicicleta iba a ser el contenido de mi vida y así fue.”

El camino fue pues su maestro y en él aprendió a aborrecer los juicios de valor definitivos. “No me gustan los superlativos, no me gusta decir cuál es el país más bonito, ni el más feo, o el más desagradable. Porque en todos lados hay cosas buenas y cosas malas”, comentaba. Por eso desconfiaba de las modalidades de viaje comerciales, esas en las que la gente va de un lugar a otro con muchas expectativas, cuando el mundo real, se sabe, no funciona así. El mundo real es siempre impredecible, contingente. Por eso también, cuando le preguntaban cuál era el mejor día posible sobre una bicicleta, respondía sin chistar que era aquel en el que no sabes absolutamente nada de lo que va a sucederte.

Heinz Stücke, pedaleó durante cincuenta años por 196 países y 86 territorios dejando atrás alrededor de 650,000 kilómetros de ruta. Un promedio de 34 kilómetros diarios. Nunca tuvo cuentas en el banco, ni un teléfono, ni los patrocinadores que financian hoy a influencers y viajeros. Generaba el dinero que necesitaba durante su propio viaje vendiendo su historia a revistas o dando presentaciones usando para ello sus más de 120,000 fotografías que reunió a lo largo de sus travesías. Era, en toda regla, un verdadero vagabundo, un hombre construido a sí mismo dentro del abrazo del camino.

Eso, sus bicicletas y sus 21 pasaportes fueron toda la herencia que el decano del cicloviaje dejó. Murió, en su ciudad natal, el 22 de julio pasado a los 86 años. Queda, no obstante, su historia como el testimonio rodante de un hombre que encontró sobre una bicicleta y en la incertidumbre de la ruta, lo que millones son incapaces de encontrar rodeados de certezas y equipados con todo tipo de tecnologías: un sentido auténtico a la vida.

Más sobre la fascinante vida de Heinz Stücke en:

https://www.mundoabierto.info/p/heinz

1 comentarios

Joel Palma 06/10/2026 at 16:26

Dos ejemplos de cicloviajeros verdaderos, Stücke y mi amigo Rogelio, de los que observan de los que viven y disfrutas al pasar de un pedaleo.

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