“Treinta años más tarde, la desaparición de un sobrino vuelve a abrir las heridas y obliga a todos a mirar otra vez hacia el pasado”
Horacio Cano Camacho
Zona Oscura
¿Para qué vivir de obras de arte ajenas y antiguas?
Que cada hombre construya su catedral.
Jorge Luis Borges
Claudia Piñeiro es una de esas autoras cuyos libros compro casi de inmediato. Me gusta mucho su manera de utilizar el crimen no solo como motor de una historia, sino como una herramienta para diseccionar a la sociedad, sus prejuicios, sus hipocresías, sus miedos y sus silencios.
Por eso, cuando en 2020 apareció Catedrales, la leí apenas estuvo disponible. Ahora regresé a ella por otra razón: acaba de llegar a la televisión en forma de miniserie y verla me hizo recordar por qué esta novela me había impresionado tanto.
La historia comienza con un crimen ocurrido treinta años atrás. Ana, la hija menor de una familia de clase media profundamente católica, aparece asesinada, descuartizada y quemada en un terreno baldío. La investigación no consigue encontrar al culpable y, poco a poco, la familia intenta acomodar el horror dentro de sus propias creencias.
Pero hay alguien que no puede hacerlo.
Lía, la hermana más cercana a Ana, rompe con la familia y también con Dios. Ante el féretro de su hermana comprende que su fe estaba construida sobre el miedo y se declara atea. Poco después abandona Argentina, se instala en España y corta prácticamente todo vínculo familiar.
Treinta años más tarde, la desaparición de un sobrino vuelve a abrir las heridas y obliga a todos a mirar otra vez hacia el pasado.
Catedrales no es una novela negra convencional. No seguimos a un detective que reúne pistas de manera sistemática. La verdad se reconstruye a través de las voces de quienes conocieron a Ana. Cada uno recuerda, justifica, oculta o interpreta los hechos desde su propia mirada.
Y precisamente ahí está una de las grandes virtudes de Piñeiro.

El crimen es importante, claro, pero lo verdaderamente inquietante es descubrir el mundo que lo hizo posible: una familia atravesada por una religiosidad rígida, el miedo al qué dirán, la obediencia, la culpa y una moral capaz de convertir determinados deseos y conductas en pecados antes que en experiencias humanas.
Poco a poco comprendemos que los silencios también pueden participar de una tragedia.
Piñeiro no escribe un tratado sobre violencia de género ni un alegato simple contra la religión. Hace algo mucho más eficaz: deja hablar a sus personajes. Y mientras ellos hablan, se justifican o callan, nosotros vemos aparecer las grietas.
En medio de todo está Alfredo, el padre, quizá el único que se niega a aceptar que la muerte de Ana pueda quedar reducida a una cicatriz familiar. Él sostiene su memoria y persiste en una idea dolorosamente sencilla: la verdad que se nos niega duele hasta el último día.
Ese empeño terminará revelando lo ocurrido.
Ahora Catedrales se convirtió en una miniserie de seis episodios. La adaptación realiza un cambio importante: traslada la historia de Argentina a Chile y distribuye el relato entre dos tiempos, el momento del asesinato y el presente, treinta años después.
El cambio geográfico funciona muy bien porque confirma algo que ya resultaba evidente en la novela: el mundo que describe Piñeiro no pertenece únicamente a Argentina. Esa familia podría existir en Chile, México, Colombia o España. El peso de la religión, la culpa, el silencio y las apariencias forma parte de una experiencia cultural mucho más amplia.
La televisión introduce además una diferencia fundamental.
En la novela conocemos a Ana principalmente a través de los recuerdos y las voces de los demás. En la serie la vemos vivir. La vemos moverse dentro de su familia, enfrentarse a sus reglas, experimentar sus deseos, sus dudas y sus conflictos.
Eso modifica nuestra relación con ella.
Ya no es solamente la víctima cuya muerte pone en marcha la historia: es una muchacha concreta, viva, incómoda para el mundo que la rodea. Y precisamente por eso su destino resulta todavía más doloroso.

La serie también debe transformar la estructura coral del libro. Lo que Piñeiro construye mediante distintas voces interiores, la pantalla lo traduce en escenas, miradas, silencios y saltos entre pasado y presente. No siempre ambos lenguajes producen el mismo efecto, pero aquí la adaptación conserva lo esencial: la sensación de que la verdad estuvo siempre allí, fragmentada entre todos.
Tal vez por eso Catedrales sigue siendo una historia tan poderosa.
Porque en realidad nunca fue solamente una novela sobre descubrir quién mató a Ana.
Es una historia sobre algo mucho más perturbador: qué tiene que ocurrir dentro de una familia y de una sociedad para que la muerte de una muchacha pueda convertirse, durante treinta años, en un secreto.
Cuando apareció la novela la recomendé sin reservas. Después de ver la serie, mantengo la recomendación.
Lean Catedrales. Vean después la adaptación.
Y quizá entonces regresen al libro.
Porque las buenas historias no terminan cuando descubrimos al culpable. A veces es justamente allí donde comienzan.
Ilustración portada: Emilio Monreal


