Regla de Tres

Eran buenas personas

“¿Qué tiene que ocurrir para que una persona corriente llegue a considerar aceptable aquello que poco antes le habría parecido monstruoso?”

En distintos lugares del mundo asistimos al avance electoral de movimientos de derecha radical que cuestionan derechos, instituciones y consensos democráticos que hasta hace poco parecían bastante firmes. Frente a algunas de sus propuestas surge una pregunta incómoda: ¿cómo puede una sociedad terminar aceptando -e incluso apoyando mediante el voto-, la represión, la pérdida de derechos o acciones degradantes contra otros seres humanos?

La pregunta no es nueva.

Los nazis no llegaron al poder simplemente porque una mayoría de los alemanes votara por Hitler. El Partido Nazi se convirtió en la mayor fuerza del Parlamento, aunque nunca obtuvo la mayoría en una elección nacional libre, y Hitler fue nombrado canciller en 1933 como resultado de un acuerdo político. A partir de allí, los nazis desmontaron rápidamente la democracia alemana.

Pero aquí no me interesan tanto Hitler ni los grandes dirigentes nazis.

Me interesan los ciudadanos corrientes.

Jorge Volpi recrea en Oscuro bosque oscuro, un suceso real ocurrido en la Polonia ocupada: la masacre de Józefów, el 13 de julio de 1942, perpetrada por el Batallón 101 de la Policía de Reserva alemana.

Lo verdaderamente perturbador es quiénes integraban ese batallón. Muchos eran hombres de mediana edad procedentes de Hamburgo: trabajadores, empleados, comerciantes, casados, padres de familia.

Hombres corrientes.

Aquella mañana recibieron la orden de reunir a la población judía de Józefów. Algunos hombres serían enviados a trabajos forzados. Los demás -mujeres, niños y ancianos-, serían asesinados. Alrededor de 1,500 personas fueron conducidas hasta un bosque cercano y fusiladas.

¿Cómo se transforma un ciudadano común en verdugo?

El historiador Christopher Browning estudió a aquellos hombres. Sus conclusiones son incómodas porque no permiten refugiarnos en una explicación sencilla. No eran todos fanáticos ni sádicos. Actuaron dentro de una combinación de obediencia, presión del grupo, miedo a parecer cobardes, antisemitismo, propaganda, rutina burocrática y progresiva normalización de la violencia.

Muy pronto aparecieron tres comportamientos: una minoría de asesinos entusiastas; una mayoría que cumplía las órdenes sin demasiado entusiasmo, pero cumplía; y una pequeña minoría que intentó apartarse.

Y éste es quizá el dato más perturbador: podían apartarse.

Algunos lo hicieron.

La mayoría no.

Por eso quizá la pregunta no sea cómo una persona se convierte de pronto en monstruo, sino algo mucho más incómodo: ¿qué tiene que ocurrir para que una persona corriente llegue a considerar aceptable aquello que poco antes le habría parecido monstruoso?

Y allí aparecen la propaganda, la mentira y la construcción del “otro”.

Porque antes de perseguirlo, expulsarlo o matarlo hay que conseguir que deje de parecernos uno de nosotros. Hay que borrar su nombre, su historia, su individualidad y convertirlo simplemente en una categoría: el enemigo.

El genocidio de Ruanda, en 1994, mostró mecanismos semejantes dentro de un contexto histórico muy diferente. La propaganda extremista presentó a los tutsis no como ciudadanos, vecinos o compañeros de trabajo, sino como una amenaza colectiva. Se les llamó enemigos, traidores, incluso “cucarachas”.

El mecanismo es perversamente eficaz porque ofrece explicaciones sencillas para problemas terriblemente complejos y lo podemos ver claramente en las “justificaciones” del sionismo de Israel en el genocidio palestino o el discurso de Trump contra los mexicanos tratandolos de violadores, narcos, dementes, es decir, despersonalizandolos para justificar las acciones contra “el enemigo”.

¿Tienes miedo? Ellos son los culpables.

¿No tienes trabajo? Ellos te lo quitaron.

¿Tu país atraviesa una crisis? Ellos la provocaron.

Y después llega la solución, igualmente sencilla: si los apartamos, los expulsamos o los eliminamos, nuestros problemas desaparecerán.

Nosotros sabemos quién tiene la culpa.

Nosotros podemos protegerte.

Nosotros podemos devolverte la seguridad, el orden, la prosperidad, la grandeza perdida.

La mentira deja entonces de ser simplemente una falsedad. Se convierte en una explicación del mundo. Es así como la ultraderecha está ganando en latinoamérica, con ese discurso. Un gobierno no es un rival ideológico es un …narcogobierno, de manera que las acciones contra él se justifiquen ante la sociedad. Ya luego se les olvidará el discurso como en EUA vs Venezuela…

Y cuando esa explicación se repite una y otra vez -desde el poder, los medios, las redes y las conversaciones cotidianas-, puede modificar algo mucho más profundo: los límites de nuestra comunidad moral.

Aquél ya no es Juan, Samuel, Esther o Jean.

Es uno de “ellos”.

Hoy disponemos de herramientas capaces de multiplicar esos mensajes con una velocidad y un alcance desconocidos para aquellas sociedades. Las redes sociales, internet y una propaganda que muchas veces se presenta como información inocente pueden alimentar nuevamente el miedo, la intolerancia y las respuestas autoritarias frente a problemas complejos.

Y el peligro quizá comience mucho antes de que aparezca la violencia.

Comienza cuando aceptamos explicaciones demasiado sencillas, cuando alguien señala a un grupo como culpable de nuestros problemas y cuando empezamos a considerar razonable que “ellos” tengan menos derechos que nosotros.

Piénselo bien la próxima vez que se encuentre con una de esas mentiras disfrazadas de solución fácil.


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