“MM y su novia Smilla deciden explorar unos búnkeres construidos por el ejército sueco en lo más álgido de la Guerra Fría (…), …algo pasa y los chicos desaparecen”
Horacio Cano Camacho
Zona Oscura
Cuando era niño me encantaban los espacios abandonados, derruidos. En mi pueblo se les llamaba “casas tumbadas”. Realmente desconozco la razón, tal vez para enfatizar que se perdieron por el abandono. Con otros niños nos gustaba “explorarlas”. Nos metíamos a escondidas y me encantaba ver las ruinas, los objetos abandonados. No era para nada un urbex, un explorador urbano, pero me hubiese gustado serlo. Tal vez era el aspecto decadente que ofrecían, una imagen estética muy poderosa, lo que me atraía, no lo sé.
La literatura ha usado estos mismos espacios como marco para diversas historias, generalmente góticas. En el cine, Andréi Konchalovsky los usó para mostrarnos un universo de nostalgia y decadencia. Por eso me sorprendió encontrar estos espacios como un personaje más de una novela negra.
Hoy vamos a recomendar la primera parte de una saga de novela nórdica, muy poderosa y vibrante: se trata de El asesino de la montaña, de Anders de la Motte (Planeta, 2024), libro uno de la saga de la inspectora Leonore Asker y la Unidad de Casos Perdidos.
En Suecia hay una verdadera fiebre por el urbex, en gran medida motivada por la aparición de un libro del arquitecto Martin Hill, titulado Rost (Óxido, en español), que constituye una verdadera “biblia” de los exploradores urbanos.
MM y su novia Smilla deciden explorar unos búnkeres construidos por el ejército sueco en lo más álgido de la Guerra Fría, pero ahora olvidados. Su propósito es observar la “lluvia subterránea”, un fenómeno de condensación de la humedad que pocos han visto en las profundidades de los lugares olvidados. Han llegado a ese lugar en secreto, sin avisar a nadie, porque, además de ilegal, los urbex son muy celosos de sus sitios secretos.

Entonces… algo pasa y los chicos desaparecen. Días después se da la voz de alarma y entra en acción la policía, el Departamento de Casos Violentos, en donde la candidata ideal para hacerse cargo de la investigación es Leonore (Leo) Asker, joven, brillante y muy sagaz, oriunda de la región y muy conocedora de la misma.
Sin embargo, es apartada del caso por su antiguo jefe, Hellman, de quien se ha distanciado después de acusarlo de hostigamiento. Este tipo hace todo lo posible por apartarla y, usando el hecho de que la chica es parte de una de las familias más ricas e influyentes de la ciudad, la destierra a la Unidad de Casos Perdidos, un sótano en el que colocan a aquellos policías quemados y derrotados, en espera de su retiro.
Lo que no saben es que Asker tomará el caso por su cuenta y a contracorriente de las ideas del jefe, que se ciñen a los lugares comunes de toda investigación. Asker vinculará la desaparición con la actividad de los chicos, así como con un pasado que la persigue constantemente.
Y ahí aparece nuevamente Martin Hill, el profesor de arquitectura y experto en exploración urbana, amigo de infancia de Leo. Su conocimiento de los espacios abandonados y su particular manera de entenderlos serán fundamentales para que Asker pueda seguir las pistas que conducen hacia un caso mucho más complejo de lo que parecía al principio.
Pero si la trama funciona, no es solamente por la investigación policial. Una buena parte de la fuerza de la novela está en la manera en que De la Motte decide contarla. Su estilo es peculiar, además de vibrante y acelerado, con capítulos muy cortos que te exigen continuar -un recurso muy común en el thriller-. Cuenta la historia en varios tiempos, con pequeñas viñetas de los personajes principales que van confluyendo en una sola historia. Poco a poco comprendemos que las explicaciones del presente pueden rastrearse en el pasado, en aquello que los personajes guardan en su memoria y que, pese a todo, pugna por salir.

Se ha comparado a De la Motte con otros autores famosos del estilo nórdico, como Jo Nesbø. Sin embargo, más allá del recurso mercadotécnico -ese empeño editorial de anunciar a cada nuevo autor como “el nuevo Stieg Larsson”-, De la Motte tiene su propio idioma. Ya había visto esa estrategia en aparadores y revistas de literatura y, francamente, me choca un poco. El thriller nórdico está muy vigoroso y no necesita de esas comparaciones. Anders de la Motte es un autor con trayectoria y suficientemente capaz de venderse por sí mismo.
Pero hay algo que me gustó especialmente: el uso de los sitios olvidados, de esos espacios que alguna vez tuvieron una función y que ahora parecen guardar algo de lo que allí ocurrió. De la Motte convierte la arquitectura abandonada en parte de la atmósfera y, de alguna manera, establece un curioso juego entre los lugares y sus personajes: unos y otros esconden historias, conservan huellas y se resisten a ser olvidados.
Quizá por eso esta novela me resultó tan cercana. De niño me gustaba entrar en aquellas “casas tumbadas”, mirar lo que quedaba de ellas y tratar de imaginar quiénes habían vivido allí. No sabía entonces que, muchos años después, encontraría en una novela negra algo parecido: la invitación a entrar en un lugar abandonado, levantar una puerta, mirar detrás de una pared y descubrir que las ruinas también cuentan historias.
Si se atreven con El asesino de la montaña, probablemente se encontrarán con lo mismo que me pasó a mí: querrán seguir explorando. Yo ya estoy listo para continuar con la saga.
No se lo pierdan.
Ilustración portada: Emilio Monreal


