Regla de Tres

Ocaranza eterno

«Volvemos a leerte con renovados ojos porque hay renovadas formas de la patología en el ser. La humanidad es la enfermedad más triste y bella de este mundo»

Enloquecidos pájaros del viento
han llegado hasta aquí para no alejarse nunca.

*
José Revueltas

I

No caduca el dolor humano. Eterna es la resistencia que libramos frente a él. Habitamos la cueva universal donde reinan sombras y cenizas. Así ha sido, es y será nuestra condición de animales racionales. A menos que un día nos arrase por completo el mundo de las máquinas, y la distopía de todos tan temida, tome por asalto esa frágil estructura que se llama Realidad. Algoritmos que como virus invadan poro a poro el cuerpo de la vida.  Mientras eso no suceda, seguiremos siendo mecanismos biológicos con alma de contradicciones. Mientras tanto -como especie-, seguiremos necesitando humanos armados con arte y pensamiento para iluminar los abismos del andar, los horizontes donde otros mundos son posibles.

Ramón Martínez Ocaranza -poeta que rima con profeta- fue uno de esos humanos necesarios. Sensibilidad y pensamiento: pilares de su existencia. Nació en Jiquilpan -en este mundo de locos- un cinco de abril de 1915.

Tiempos convulsos marcaron a ese niño, expuesto a un mundo de luchas sociales y azares que lo llevaron a un destino dictado por erinias. Días de polvo y pólvora, de sangre y hambre, de guardarse en la espina de un maguey. Dice su autobiografía: “Y el día en que yo nací, entraba a mi pueblo el señor de la guerra don Francisco Murguía, carrancista indomable, que agitaba sus signos en el Destino de la revolución”. Todo el escenario de su vida estaba preparado para ser el de un hombre con el corazón desenvainado. Expuesto al viento y a los caracoles del viento. Deleitado con lo terrible de los ángeles que lo rodeaban. En su infancia bebió de los escritores clásicos y de las ruindades que en suerte le tocaron. De la belleza del paisaje campestre y de las burlas que con crueldad a ciegas le propinaban otros niños. De la lectura de la Biblia y de los renglones que se tuercen en matemáticas tortuosas. Fue así como recibió la preparación para uno de los grandes y significativos acontecimientos de su vida: la entrada al Colegio de San Nicolás de la Universidad Michoacana. Ahí en donde el esplendor de la solidaridad y el conocimiento le van a dar a la bienvenida. Más tarde, estaría en esas mismas aulas impartiendo cátedra durante 26 años, siendo recordado como uno de los maestros más queridos y temidos. Su muerte lo dio a luz un 21 de septiembre de 1982. 

II

“¡Tu Destino es una metáfora! Me dijeron las brujas. Y yo seguí el sendero que ellas me marcaron. Desde entonces la metáfora de la realidad era una realidad de la metáfora. No había más digna realidad que estructurar los signos de lo que es y de lo que no es con los signos del Verbo hecho canción. Encerrada canción, sin puertas ni ventanas. Solo abiertas a la soledad de los vientos. Y me hice poeta. Pensé que ser poeta era la profesión que me acercaba a lo terrible. Y yo amaba lo terrible. Lo misterioso. Lo enigmático”.

En el ser de Ocaranza bullían fuerzas que hacían de su vida interior un bellísimo caos. Intensidades de antes del tiempo del orden del cielo y de la tierra. Luego, volcaba ese universo existencial en los poemas. Por eso su escritura no era igual a la de los poetas serviles que adornan sus metáforas con delicadezas o malabarismos de bufón, sino la de los hermosos anarquistas que colocan su amor en una flor de dinamita. Amor y rabia. Tigres del tamaño del odio. Curicaueri danzando sus designios en páginas del gran poemario de la historia.

Los filósofos -según un combativo Marx- no han hecho otras cosas sino interpretar el mundo, la tarea verdadera –nos dice- es transformarlo. Por su parte, los malos poetas no han hecho otra cosa sino adornarlo, cuando la tarea verdadera es crear la belleza convulsiva que le dará otro rostro en el espejo. Ambos imperativos serán presencia en la vida y obra del poeta michoacano.

“Busco la luz que un día los dioses crearon por olvido”, escribió en Grito en las sombras, uno de sus más grandes poemas de largo aliento. Su actividad no únicamente estuvo centrada en la casa de las palabras, anduvo también los difíciles y prometeicos territorios de la militancia política, el activismo y la solidaridad con las causas sociales de los olvidados. Toda esa actividad que le valió ser puesto tras las rejas por el gobierno de Agustín Arriaga Rivera, quien reprimió con manaza de gorila los movimientos estudiantiles. Ocaranza era un liderazgo político, ideológico y ético. Uno de los rostros más visibles y combativos desde las trincheras de la Federación de Maestros Universitarios de la entonces digna Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y las revistas nicolaitas. Otoño encarcelado, poemario escrito en prisión y publicado en 1968, es una puerta que se cierra para que otra se abra. En él desarrolla su dolor concentrado, las reflexiones surgidas en medio de la lucha y la humillación, su amor y conocimiento por las formas clásicas del verso medido. Es el parteaguas puntual a partir del cual surge de las cenizas Abraxas, portando el fuego nuevo de una poesía demoledora y vanguardista.

III

Del llanto en las tinieblas nació el verbo.
El verbo antes del caos y la esperanza.
Antes de todo fueron las tinieblas.
(De Grito en las sombras)

¿Qué diría Ocaranza al ver estos tiempos de madres que buscan a sus hijos en las tumbas clandestinas del cementerio que llamamos México? ¿Qué rabia surgiría desde su corazón de Uandári al ver que su amada Universidad Michoacana ha sido domesticada por arribistas y administradores de la estulticia? ¿Qué enunciaría su lengua de pedernal ante la simulación de los nuevos mercaderes de la esperanza, esa élite que hoy oficia el culto a la patria soberana sobre la misma vieja inmundicia? ¿Qué poemas de arrebato y blasfemia surgirían de sus manos al darse cuenta que el terror es impune y poblaciones enteras son bañadas en sangre o extorsionadas por los cómplices de quienes dicen gobernar llenándose la boca con la palabra pueblo? ¿Qué invectivas surgirían del cerco de sus labios frente a los poetastros que de beca en beca y de premio en premio buscan vestir de seda su leprario?

¿Para qué poesía en tiempos de penuria?, se preguntaron a una voz Hölderlin y Heidegger. Justamente para visibilizarla, para que no se convierta en veneno sino en luz de la conciencia que busca modos dignos de habitar el mundo. Para recordar “la luz que ya no existe entre los hombres porque la devoraron las tinieblas”. Para regresarle al ser su memoria como se les regresan a las tinieblas sus ojos de infante. Para abrir de nuevo la endurecida cáscara del misterio que vuelve viva a la vida y no la deja ser un simple dato aprisionado en números, nombres o algoritmos. Para eso haces falta poeta eterno. Porque en tu voz escrita existen armas de resistencia y abismos para mirar de frente el abismo de existir.

No fuiste de los poetas de salón que escriben por encargo de su ego sino fiero tatuador de laberintos. Maestro poeta, tu obra es un recorrido por distintas etapas pero una misma honestidad. El corazón sabe cosas que necesita el pensamiento y éste hace nacer flores y frutos sin los cuales nuestros latidos verticales no son sino mediciones del vacío. Octavio Paz se dirige al poeta y a sí mismo para decir que a las palabras hay que destriparlas, torcerlas, secarlas, caparlas y hacer que se traguen todas sus palabras. Tú hiciste eso y más. Sobre todo, en los últimos tres libros que publicaste en vida, en donde hizo erupción tu universo: relámpagos y aves altazoras cruzaron de lado a lado tus alados ímpetus verbales. Nada a tu paso quedaba en pie o de la misma forma.

Concentraste tus influencias como quien hace carnavales de signos y centurias, por eso Job y Joyce, Karamazov y el diablo, Caín y Hegel se pasean por las líneas de tus versos largos, polifónicos y de contrarios ritmos engendrados. Lo tuyo era de un surrealismo subido que seguramente Artaud habría celebrado en su cerebro de chamán oscuro, de poeta negro.

IV

La única biografía del poeta es su canción y la metáfora de su muerte.
Lo demás es retórica vacía. Retórica podrida y vacía.
(De Patología del Ser)

Ocaranza: poeta eterno. Recordamos hoy las más de cuatro décadas de tu partida. De tu parto de cenizas. Tú que escribiste: por experiencia humana, me gustaría nacer el día de mi muerte.

Volvemos a leerte con renovados ojos porque hay renovadas formas de la patología en el ser. La humanidad es la enfermedad más triste y bella de este mundo. Gracias a tu poesía podemos vislumbrarlo. Acercarnos al dolor, reconciliarnos con él y descubrir las armonías del infierno envueltas en metáforas de largo adviento. Al igual que las profecías bíblicas, tu poesía estaba mirando con firmeza tu presente, dando cuenta de él, y sin embargo sus visiones alcanzaron a irradiar el hoy que nosotros padecemos, las nuevas y eternas chingas de la historia. ¡Cuánto Caín camina por la tierra! ¡Cuánto le debemos a tus textos, que son la herencia de los textos de la intemperie bajo la cual andamos errantes en espera de Godot para descansar en paz en esta tierra baldía!


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