“La conocemos desde hace más de un siglo: son virus especializados en infectar y matar bacterias. Los llamamos bacteriófagos”
Horacio Cano Camacho
Reporte Minoritario
La semana pasada hablamos en este Reporte Minoritario del enorme problema que representa la multirresistencia a los antibióticos, tanto que se considera ya uno de los desafíos más serios de salud pública que tendremos que enfrentar en el mundo entero. Sí: nuestras balas más precisas contra las infecciones están perdiendo eficacia en la guerra contra las bacterias, y ese retroceso amenaza realmente al mundo.
Los antibióticos funcionan cada vez peor frente a algunas bacterias. ¿Qué nos queda? Por fortuna, aparece en el horizonte otra arma, quizá muy poderosa desde el punto de vista evolutivo y práctico.
Y lo más curioso es que no acabamos de descubrirla. La conocemos desde hace más de un siglo: son virus especializados en infectar y matar bacterias. Los llamamos bacteriófagos.
Durante décadas los dejamos casi olvidados mientras confiábamos en el poder aparentemente inagotable de los antibióticos.
Un bacteriófago, o simplemente fago, es un virus que infecta bacterias. Sí, las bacterias, al igual que nosotros, también se enferman por virus. Estos se adhieren a una bacteria, introducen en ella su material genético, se multiplican en su interior y, en muchos casos, terminan rompiéndola y matándola.
Entonces, ¿por qué no usarlos contra esas bacterias patógenas que son un dolor de cabeza para la salud pública? Los antibióticos son sustancias que matan o frenan bacterias; los fagos son virus que las atacan.
Y aquí aparece una diferencia muy interesante. Muchos fagos reconocen sólo determinadas especies o incluso cepas bacterianas. Pueden funcionar, por decirlo así, como un “depredador dirigido”. Un antibiótico de amplio espectro puede afectar no sólo a la bacteria que queremos eliminar, sino también a otras que forman parte de nuestra microbiota y participan en el mantenimiento de nuestra salud. El fago, en cambio, puede comportarse como una bala mucho más específica contra la bacteria que queremos combatir.
Esto resulta especialmente atractivo frente a bacterias resistentes a numerosos antibióticos. Un fago puede seguir atacándolas mediante un mecanismo completamente diferente.
Por supuesto, las bacterias también pueden desarrollar resistencia a los fagos. Pero existe una diversidad enorme de estos virus y es posible recurrir a combinaciones de fagos, cambiarlos o incluso, mediante técnicas de ingeniería genética, modificar algunos de ellos para atacar bacterias particulares. Es un campo de investigación muy activo.
No podemos cantar victoria todavía. Los fagos no son un sustituto universal de los antibióticos. Hay que encontrar los adecuados para cada bacteria, estudiar su seguridad y eficacia, y controlar cuidadosamente su uso clínico.
Pero tenemos la oportunidad de desarrollar una tecnología terapéutica aprovechando la experiencia, buena y mala, acumulada con los antibióticos. Hoy entendemos mucho mejor cómo aparecen y se seleccionan las resistencias. Eso permite pensar en terapias combinadas -fagos, antibióticos y otras medidas- desde un enfoque claramente evolutivo.
Porque ésa quizá sea la gran lección: las bacterias, a pesar de su aparente sencillez, son organismos extraordinariamente sofisticados y evolucionan con enorme rapidez. No basta con encontrar una nueva arma. Tenemos que aprender a utilizarla sin repetir los mismos errores.
Y aquí hay otro aprendizaje que no deberíamos ignorar: los virus no son solamente esos terribles agentes de enfermedad que conocemos tan bien. Han desempeñado papeles muy sofisticados en la evolución de la vida y en el origen de su enorme diversidad. Y también pueden convertirse en herramientas que, bien entendidas y utilizadas, resulten de enorme utilidad para la salud pública, la medicina y el control biológico.
Tal vez tengamos que aprender, también, a mirar a los virus de otra manera.


