“2026 al mediodía. Septiembre comienza. Un desempleado pasa una y otra vez por las páginas de un diario”
Ernesto Hernández Doblas
Crónicas que Muerden
«Las estrellas guían tu destino.
Síguelas por siempre hacia el olvido;
síguelas para soñar con el infinito;
síguelas para morir feliz;
síguelas para secar todas tus lágrimas;
lágrimas que creen en su propia muerte.»
*
Sadness
Red Script (1993)
I
¿Cuánta muerte ha pasado por aquí? Lutos antiguos escriben la historia. Dolor de los vencidos. Morguelia sin José ni María: huérfano pesebre en que nacimos, el día en que dios estaba enfermo. Es de noche, un día cualquiera de mis veinte años. Ahora recuerdo: soy un calendario tambaleante que muchas veces ha soñado con morir. La luna se llena de anticipados suspiros que recordaré; la desolación es un camino que me conoce bien. Nació también del vientre de mi madre que a sus quince años tuvo un niño para dolerle el alma. La desolación también fue compañera de mis juegos solitarios. Amante que siempre tiene las maletas sin hacer. Estoy allá pero también aquí, estoy en donde la escritura me hace posible. Es de noche, un día cualquiera de mi ayer.
Poco a poco van llegando los demás, aquellos que como yo, buscan nada más un sitio entre las sombras: un rincón de la noche que sea más habitable que la propia soledad. ¿Cuántos antes que nosotros vagaron por estas calles? Navego en un tiempo que parece puro llanto, pero abraza saber que somos más. Es colectivo este balbuceo del que bebe el sueño. Ellas y ellos de negro; cabelleras seduciendo al viento, rabia entre dientes, celebración del encuentro, ojos delineados por un más allá desconocido. En esta Plaza de los Mártires, nuestras voces murmuran el plan nocturno. No queremos morir: queremos que la muerte nos enseñe a vivir. Es la hora en que la gente se dirige a sus hogares, prefiriendo el territorio domesticado a los abismos de la noche. La sagrada familia en que se asfixian. Nosotros no. Nos guían deseos que se parecen mucho a los de la pólvora; lo acumulado tiene sed de volcán. Fuego, más fuego concentrado en sedimentos. Pasa un pordiosero y le doy unas monedas mientras las buenas conciencias voltean el rostro. Lo miro a los ojos y de pronto se me figura que esas monedas me las doy a mí en un futuro.
Es un viernes cualquiera en esta plaza donde tiempo atrás, los ricos caminaban al centro, mientras en las orillas, los ojos del pobre eran parpadeo del polvo. Los carruajes llevan y traen fragmentos de vida. En los andadores interiores, pegados al quiosco, caminan las familias de la infamia. Los de siempre. Los que creen en el azul de una sangre que infecta la vida. En las orillas va el pueblo, caminando a paso rápido y agachando la mirada. Ahí, en donde se anida una y otra vez la digna rabia, la extensa rebeldía.
II
En medio de las conversaciones en collage, alguien ofrece una casa a la que podemos ir. Después de un par de horas abandonaremos este sitio que consideramos nuestro, esta banca que nos esperará mañana. La noche: deidad que exige adoración. Territorio conquistado por insomnes. Matria nuestra de cada día. Entre gabardinas y chamarras escondemos botellas de alcohol de las que bebemos de cuando en cuando. Todo se anima, las charlas, los gestos, las risas e incluso el color de la cantera. Algunas personas nos miran al pasar, divididas entre la curiosidad y el miedo. Niños que señalan con el dedo mientras sus madres les piden apurar el paso.
¿Qué horas indican esas campanadas de la catedral que cruzan el viento frío? No importa. El tiempo es relativo al ritmo del ánimo, y la mejor manera de pasarlo es ignorar su presencia de párroco amargado. A final de cuentas, la ebriedad es una mujer de buena muerte.
Somos aquí siluetas que toman por asalto mansiones del instante para existir. En esta plaza en la que alguna vez hubo algarabía de fusilamientos y tortura. Delincuentes o rebeldes a los que ataban a los pilares de cantera de los portales o a los que mataban a golpes por haber merecido pena de muerte. En esta plaza donde los cadáveres eran expuestos al sol para servir de escarmiento a los paseantes. En esta plaza en donde ahora nosotros vestimos de negro para declarar nuestro derecho a blasfemar la luz. Conforme avanza la noche apremia el frío, aunque la ebriedad y la compañía le hacen frente. Es hora. Vámonos.
III
Nubes de humo se hacen y deshacen entre los cuerpos. La marihuana es aliada. Verde alfombra que nos acepta y nos lleva despegados del suelo. Irrumpe la noche Sadness, quien desde Suiza se convierte en la banda sonora de este encuentro entre la oscuridad y las soledades concurridas. De las bocinas en donde gira la cinta de un casete copiado, surge la voz desgarrada de quien hace un teatro en su garganta, puesta en escena de fantasmas, lamentos y preguntas que se llevará el viento. Ahora viene Tristessa. Inicia con una flauta oriental. Dura solamente dos minutos que son suficientes para envolvernos en nihilismo y melancolía en posición de loto. Conocemos bien ese lugar donde lo que antes tenía sentido se evapora dejando estelas de bilis negra. A pesar de eso también hay espacio para el deseo, tal vez no a pesar sino gracias a eso. En una esquina, recargados a un lado de una ventana, una pareja se besa con lentitud y humedades de ardor. De vez en vez se alcanzan a ver las lenguas en su batalla de peces. A veces se detienen los besos y los amantes se miran sin decirse nada. Entre esos ojos hay infiernos de goce. Los miro y el mar de mi sangre une su oleaje con ellos. En ese momento no me doy cuenta, pero después lo recordaré: mi boca se entreabre para que, en un mismo fogonazo, quepan seis labios.
IV
Sin música, la noche sería un error. Los acordes donde se unen la tristeza, la rebeldía y los deseos, acompañan cada día nuestros encuentros. Crean melodías salvajes y profundas. Dirigen la orquesta de los poetas muertos. Versos de fantasma cruzan de lado a lado nuestros silencios. Quiénes somos importa menos que lo que hacemos para responder al mundo. Estamos en la búsqueda. Cada quien, desde distintos lugares, pero todos en ese humano empeño por lograr que no mienta aquello que vemos en el espejo.
Alguien me ofrece marihuana. Fumo. Dejo que el humo descienda hasta lo más profundo de mi desasosiego, para que actúe allí como una madre sabia. Hierba buena que acaricia por dentro los pensamientos de mi carne. Santa hierba que nos llevas a las islas flotantes donde ni bien ni mal. Compañera de mi juventud que no me abandona. Dulce dama de verde, verde que te quiero verde. Romance sonámbulo con los lugares comunes de la periferia. Sin música no hay viaje que valga. Santa comunión de boca en boca en esa noche que ahora mismo la vuelvo a ver pasar. Esa noche que es esta noche y las que vienen. Todo se repite con diferencias, pero con puntualidad.
Nuestras vidas son un círculo desde la infancia. Nuestra infancia es un pacto de sangre con los lobos del destino. Ahora es cuando Sadness nos lleva por un bosque de niebla y solitario. El bajo y los sintetizadores hacen mancuerna para la desolación. ¡Dulce y bienvenida desolación que de pronto en ráfagas de furia se convierte! La canción se llama El escrito rojo. Rojo que nos envuelve. Rojo de agonía. ¡Dulce y bienvenida agonía que aparece con la invocación de la voz de Stéphane Rössli! Bellísmo contraste el de Christina Christine quien aporta la sutileza de su canto/recitación. Envuelto. Envueltos. El volumen cada vez más alto es sinónimo de esta colectiva atmósfera. Aullamos por dentro, libres y esteparios: existimos.
V
Última y nos vamos. Cierra la noche. Cada vez hay menos gente. Quedamos solamente quienes queremos eternizar el viaje lejos de la locura humana. La última canción de Sadness tiene el nombre de una región de Chile: Antofagasta. Ciudad puerto, referencia que cierra de broche de oro una producción discográfica, caracterizada por el cruce de géneros musicales y geográficos. “Vuela, ave vuela, planea sobre la locura humana, navega, huye de esta nada… Contempla el absoluto con tus ojos penetrantes. Absurdidad de tu enemigo, vuela, flota, (vuela lejos), hacia el cielo eterno.» Mientras Stéphane Rössli canta/recita estas palabras, se oyen cantos de ave que pueden ser buitres o cóndores. Casi está desnuda la canción. Una batería pausada y los rasgueos lentos y limpios de la guitarra. Un sintetizador que no desarmoniza. Hacia la parte final de la canción la voz humana se va evaporando y quedan solamente los melancólicos graznidos. Es la naturaleza en su versión de tumba o de sudario o de camino hacia regiones de las que nadie puede salir, porque así de celosa es esa oscuridad.
VI
2026 al mediodía. Septiembre comienza. Un desempleado pasa una y otra vez por las páginas de un diario. Sabe que miente, pero aun así detiene su tiempo en esas palabras desgastadas y sucias. Morelia, siendo la misma se transforma, de acuerdo con el capricho y ocurrencia de sus gobernantes. Así en el mundo: el centro de las ciudades acaba convertido en signo de pesos por el turismo. Morelia brilla por su ausencia de identidad. El centro histórico es patrimonio de la humanidad solamente para que tome fotografías el turista y ganen dinero los de siempre. Para ello hay que mantener constantes políticas de higiene, de persecución de todo lo que haga feo el paisaje a ojos del buen burgués. Gentrificación y despoblamiento. Lo mismo de ayer pero diferente.
¿Qué pensará el sol de quienes vamos de un lugar a otro sin ir a ninguna parte? Una muchacha con piercing y cabello morado camina sola y desafiante. En su gesto avanza con ella toda la rebeldía de las mujeres. En la fuente, como un hábito eterno, bajan las palomas a beber un poco de luz. Me pongo los audífonos para escuchar a Sadness. Desde aquel 1993 hasta hoy, no ha perdido vigencia la emoción que me causa escucharlo.
Detrás de mí, los escombros y naufragios de mi vida que nunca despegó los pies del cielo. Las heridas y los muertos de mi felicidad y mi tristeza. Soy el heredero de lo que destruí al pasar. Escribo. Existo. La intemperie con palabras es poesía.
Portada: Fotografía de Sq Lim | Unsplash


