¿Y si recuperamos calzadas arboladas, construimos banquetas dignas y hacemos posible volver a caminar por nuestra ciudad?
Horacio Cano Camacho
Reporte Minoritario
«Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Pont des Arts, para que de la nítida superficie del río mi mirada se elevara hacia su silueta de capa gris, que flotaba yendo y viniendo o deteniéndose junto a la baranda de hierro, o fija sobre los tablones de madera, mirando el agua.»
Julio Cortázar, Rayuela, Capitulo 1.
Días atrás, regresando de la facultad a casa, pensé en la Morelia de cuando llegué a vivir aquí, en 1978 (para ingresar a la UMSNH), mientras permanecía detenido en uno de los múltiples atascos de tránsito.
Mi auto tiene un contador de minutos perdidos… No sé a quién, con un humor bastante cruel, se le ocurrió instalar tal instrumento en un coche. Resulta que mide el tiempo que paso detenido en los semáforos y atascos. Piso el freno y, de alguna manera que desconozco, determina que aquello va a tardar y comienza la cuenta. Al final puedo saber cuánto tiempo he perdido.
En el último trimestre medido he perdido 11 horas con 40 minutos parado en un semáforo o en un atasco.
¿Se dan cuenta?
Casi doce horas de mi vida desperdiciadas.
Podrían ser horas de reflexión, de tranquilidad, de goce estético. No. Son horas de enojo y hasta de odio. Ayer fuimos a comer con las chicas del laboratorio y se dieron cuenta: llegué de muy mal humor, odiando a todos y pensando que, si tuviera una varita mágica, borraría de golpe la mitad de los coches de esta ciudad… comenzando por el mío.
Y entonces pensé en una película que vi hace mucho: Un día de furia, y que ahora me parece casi premonitoria.
En ella, un hombre desempleado y frustrado queda atrapado en el tráfico de Los Ángeles, abandona su automóvil y decide atravesar la ciudad para llegar al cumpleaños de su hija. Durante el recorrido, una acumulación de pequeñas molestias cotidianas —los precios, el tráfico, la violencia, la burocracia, la desigualdad, las calles en mantenimiento eterno— va desatando en él una furia creciente.
La película funciona como thriller y sátira social, pero también como el retrato inquietante de un hombre convencido de que el mundo se ha vuelto absurdo y de que su violencia está justificada.
Pensé en esa cinta porque una salida a la calle casi siempre me lleva ahora a la misma idea: Morelia es una ciudad hermosa, pero en algún momento se volvió absurda y agresiva.
El tráfico infernal, las “obras” de mantenimiento siempre presentes y, por supuesto, a las peores horas; las calles destrozadas; un transporte de pasajeros frecuentemente inhumano; banquetas imposibles de caminar; el calor; el ruido; el agobio; el enojo de todos contra todos y, encima, caras mirándome desde anuncios espectaculares para decirme que ahora sí… ellos compondrán lo que han descompuesto.
Y entonces me pregunto si mi enojo —y el de casi todos y todas con quienes hablo— tiene raíces reales.
Creo que sí.
Una ciudad mal planeada no solamente desperdicia nuestro tiempo, nuestro dinero y nuestro combustible. También consume nuestra paciencia.
Y una sociedad a la que se le agota colectivamente la paciencia puede convertirse en un lugar muy peligroso.
No quiero decir que Morelia haya sido diseñada deliberadamente para hacernos la vida imposible. Quizá el problema sea más inquietante: hemos ido modificándola mediante miles de decisiones pequeñas, parciales y aparentemente razonables hasta producir, entre todos, algo profundamente irracional.
Construimos una avenida para resolver el tráfico aquí. Quitamos árboles para ampliar una calle allá. Permitimos fraccionamientos cada vez más alejados. Multiplicamos automóviles. Reducimos banquetas. Improvisamos rutas. Cerramos calles. Abrimos otras. Hacemos obras sin considerar las que ya están en marcha. Cada decisión atiende un problema inmediato y, poco a poco, terminamos fabricando otro mucho más grande: una ciudad en la que vivir se vuelve cada vez más difícil.
Y aquí aparece eso que pomposamente llamamos una ciudad inteligente.
Cuando escuchamos el término solemos imaginar sensores, cámaras, semáforos conectados a computadoras, aplicaciones para teléfonos y enormes centros de control. Tal vez una ciudad inteligente sea algo bastante más sencillo.
Una ciudad que entienda que sus habitantes necesitan moverse, sí, pero también caminar, encontrarse, descansar, tener sombra, llegar a tiempo y no pasar una buena parte del día peleándose unos con otros por un pedazo de calle.
Porque Morelia no siempre fue así.
De adolescentes, nuestra máxima diversión era salir a “Maderear”, una actividad ingenua y llena de gozo que consistía en caminar por la principal avenida de nuestra ciudad, la Madero, y mirar a la gente, tomar un helado, enamorarse de las chicas, de los aparadores, sentarse en alguna plaza y… vivir.
No necesitábamos llegar a ningún sitio.
La ciudad era el sitio.
Y quizá ahí comenzó a perderse algo fundamental.
¿En qué momento dejamos de construir una ciudad para vivir y comenzamos a construir una ciudad solamente para circular?
El verdadero Dios de nuestra ciudad es el automóvil. Bueno, el automóvil y los concesionarios del transporte público.
Yo hago estudios patito a cada rato. Ayer, mientras esperaba en un semáforo, conté 35 vehículos: 14 eran cochecitos -combis- del transporte público, dos autobuses urbanos destartalados e indignos, seis taxis y el resto éramos nosotros, encerrados cada quien en nuestro automóvil. Miró el segundero del tablero avanzar sin que el auto se moviera un solo metro. Qué lejos quedaba el París de Julio Cortázar; esa idea ridícula y hermosa de asomarse por la rue de Seine para ver a una mujer esperando junto a la baranda de hierro. Hoy, en esta metrópoli de furia, nadie mira el agua; solo miramos el parachoques del idiota de adelante.
Ah, y el paisaje estaba dominado por unos extrañísimos puentes de concreto casi vacíos, pero puestos allí, se supone, para “mejorar” el tránsito y, de paso, servir como gigantescos carteles para las no-campañas electorales y las caras sonrientes de los no-candidatos.
Y detrás de nosotros, una ambulancia nos urgía a movernos.
Pensé en la persona que iba dentro. Quizá cada segundo era precioso. Y nosotros ahí, inmóviles, ocupando todos juntos una cantidad absurda de espacio.
Porque ése es uno de los grandes absurdos de la ciudad que hemos construido: mover personas se ha convertido en mover máquinas.
Una buena parte de quienes estábamos detenidos en aquel semáforo podría desplazarse en muchos menos vehículos colectivos, eficientes, masivos y no contaminantes si tuviéramos un sistema de transporte público moderno, digno y eficiente: tranvías, autobuses articulados, rutas bien planeadas y conexiones que realmente permitieran dejar el automóvil en casa.
Y entonces pensé en mis famosas 11 horas con 40 minutos.
Quizá una parte de esas doce horas de mi vida no tendría por qué haberse perdido frente a un semáforo. Podría haberlas dedicado a caminar, a leer, a conversar o simplemente a no hacer nada. Incluso podría haber empleado algunas en recorrer a pie una ciudad distinta: una ciudad con grandes parques urbanos allí donde ahora extendemos planchas de concreto y estacionamientos; con calzadas arboladas en lugar de pistas para automóviles; con banquetas por las que realmente se pudiera caminar.
Podría, incluso, irme caminando al trabajo.
Y en lugar de mirar con enojo a la persona encerrada en el automóvil de junto -mientras ella seguramente me mira con el mismo enojo-, quizá nos encontraríamos caminando bajo los árboles.
No se trata de expulsar los automóviles ni de regresar a una ciudad que ya no existe. Se trata de algo bastante más sensato: dejar de diseñar la ciudad como si todos fuéramos automóviles.
Porque no lo somos.
Somos personas que necesitan trasladarse, desde luego, pero también caminar, encontrarse, sentarse bajo un árbol, conversar, jugar, mirar escaparates, tomarse un café o simplemente perder el tiempo.
Es decir, hacer aquello que alguna vez hacíamos al “Maderear”.
Vivir la ciudad.
El problema -y ése ha sido el mensaje que intento transmitir en mis últimos dos artículos- no es si quitamos o no un árbol de un camellón para dejar espacio al Morebús. Y no porque ésa no sea una discusión trascendental. Lo es.
El problema es que tenemos que mirar más lejos.
Dejar de pensar en parches, en obras aisladas, en soluciones para el siguiente semáforo, el siguiente cruce o la siguiente administración, y comenzar a pensar en una visión integral:
¿Qué tipo de ciudad queremos construir entre todos?
Y, partiendo de la ciudad que tenemos, entonces sí preguntarnos qué vamos a exigirles a esos rostros extraños que ahora nos miran desde la parte trasera de miles de carritos que mueven a miles de personas por esta caótica ciudad.
Porque tal vez la discusión no debería terminar en salvar los tres árboles de un camellón.
¿Y si además exigimos bosques urbanos?
¿Y si recuperamos calzadas arboladas, construimos banquetas dignas y hacemos posible volver a caminar por nuestra ciudad?
¿Y si exigimos un transporte público moderno, digno y eficiente que nos permita dejar el automóvil en casa?
¿Y si recuperamos para parques, árboles y personas una parte del enorme espacio que hoy dedicamos al concreto y a los estacionamientos?
Es decir: ¿y si llevamos la protesta por tres árboles mucho más lejos?
¿Y si aprovechamos esos tres árboles para comenzar a discutir el futuro?
No solamente el de ellos.
El nuestro y el de nuestros hijos.


