“Pasan los días y la camarera sigue sin aparecer, hasta que se presenta en el restaurante el inspector Gorski, de la policía local”
Gerardo Pérez Escutia
Zona Oscura
Manfred Baumann es un hombre gris; a sus casi cuarenta años es un solitario burócrata de banco que, casi por inercia, ha llegado a dirigir la sucursal del pequeño pueblo de Saint-Louis en Alsacia, Francia, cerca de la frontera con Suiza. Su vida es una sucesión de rutinas inamovibles, en las que Manfred refugia su timidez y que le permiten tener la ilusión de seguridad en su día a día; siempre viste un traje oscuro con corbata negra e invariablemente llega a su puesto en el banco a las nueve de la mañana en punto. Sus traslados los hace a pie, pues todo en el pequeño pueblo le queda cercano.
Todos los días almuerza y cena en el pequeño restaurant de la Cloche donde siempre ocupa el mismo sitio en la barra y consume el menú del día que sabe de memoria para no incomodar a Pasteur -el dueño-, quien también hace de las rutinas y del conocimiento de sus parroquianos la piedra angular de vida. Además de los parroquianos de ocasión, hay un grupo de ellos que, como Manfred, nunca faltan y hacen del restaurante su segunda casa: son el peluquero Lemerre, Petit y Cloutier, quienes también siempre ocupan la misma mesa para consumir sendas frascas de vino. Manfred, a diferencia de ellos, y aunque le sale un poco mas caro, siempre pide una botella de vino; lo hace para diferenciarse y hacer valer su jerarquía en la pequeña escala social del pueblo. Una vez a la semana se suma al trio de parroquianos para completar las parejas y jugar a las cartas, regodeándose en ganarles las partidas, pues conoce de memoria sus trucos y señales para hacer trampa .
Desde hace días hay una nueva camarera en el restaurante, una joven voluptuosa y morena de diecinueve años que ha venido a perturbar la rutina de los parroquianos por sus atributos físicos, la joven se llama Adéle Bedeau y Manfred ya la ha hecho dueña de sus fantasías eróticas.

Una noche -como siempre- Manfred se retira del restaurante a las diez de la noche y se topa, casi al salir, con Adéle, quien pidió permiso para salir temprano. Unas cuadras adelante, Manfred observa que ella se va con un joven en una motocicleta; en su mente se hace mil conjeturas y no puede dejar de sentir cierta decepción, ya que, como todo hombre solitario, tiene una intensa y, a veces, fantasiosa vida interior.
Al día siguiente, al llegar al restaurante, encuentra a un Pasteur malhumorado atendiendo las mesas, pues resulta que Adéle no se presentó a trabajar. Pasan los días y la camarera sigue sin aparecer, hasta que se presenta en el restaurante el inspector Gorski, de la policía local, pues Adéle Bedeau ha desaparecido.
Diremos que esta novela, La desaparición de Adéle Bedeau (Editorial Impedimenta, 2021), pertenece al género negro, pues hay crimen, hay misterio y hay un investigador -Gorski- muy peculiar; un investigador que, como Manfred, también vive una vida rutinaria atrapado en un matrimonio en el que nunca se ha sentido del todo valorado, pues su mujer, Celine, forma parte de la clase pudiente del pueblo y nunca ha dejado que Gorski lo olvide, ya que siempre ha visto por encima del hombro su trabajo como policía. Tal vez por ello el inspector se ha volcado a su trabajo y es metódico hasta la obsesión; no se fía de nada, desecha sus propias intuiciones y corazonadas, pues solo se fía de los datos duros, las pruebas tangibles que pueda ir sumando en los casos que le ha tocado resolver, ganándose una buena fama de profesional duro y eficiente.
Desde sus primeras pesquisas y por ciertas actitudes e inconsistencias en sus declaraciones, sospecha que el gris banquero Manfred sabe más de lo que dice respecto a la desaparición de Adéle y comienza a vigilarlo. Manfred, que a sus manías y rutinas suma la paranoia, se siente perseguido y acosado por el policía; pasa sus días pensando y repensando cada una de sus actividades y el cómo se puedan interpretar en el escenario que ha configurado en su mente: el de ser el principal sospechoso de la desaparición de Adéle.
Gorski, por su parte, arrastra el recuerdo de un asesinato de una joven adolescente que no pudo resolver veinte años atrás, cuando hacía sus pininos como detective; asesinato del que acabaron culpando a un vagabundo que confesó el crimen -Gorski está convencido de que confesó para asegurarse techo y comida por veinte años, pero que era inocente- y, a pesar de renegar de la intuición, algo le dice que aquel viejo crimen está relacionado con la desaparición de Adéle.

La novela se cuenta a dos voces, la de Manfred y la de Gorski, y se va convirtiendo en un juego del gato y el ratón, a la vez que el autor va desarrollando un deslumbrante tour por la Francia rural, con sus tradiciones, rutinas y prejuicios. Con un ritmo pausado y minucioso, nos adentra en la mente de los personajes; la historia avanza a fuerza de monólogos interiores; recuerdos y culpas van configurando un escenario de fatalidad que amenaza con estallarles a los protagonistas en el caso que tiene en vilo a los habitantes de Saint-Louis.
Una novela que, a pesar de la sencillez de la trama, la economía de personajes y escenarios, resulta deslumbrante, pues al despojarla del vértigo y las vueltas de tuerca características de la NN contemporánea, se enfoca en la psicología de los protagonistas, en la fatalidad de destinos moldeados a golpes de rutina y tradiciones, configurando una historia de perfección milimetrica que enorgullecería a un Simenon en sus mejores años.
Graeme Macrae Burnet (Escocia,1967) es ya un consagrado escritor; con la novela que hoy reseñamos ganó el “Scottish Book Trust New Writer Award” en 2013 y con su segunda novela, Un plan sangriento (ya también reseñada en esta columna), fue finalista en el Man Booker Prize de 2016.
Es uno de los escritores más interesantes de la narrativa contemporánea, pues ha logrado una rara amalgama entre la novela literaria propiamente dicha, la novela negra y la metaficción. Su obra se caracteriza por cuestionar la naturaleza misma del relato y de la verdad, ya que su gran obsesión literaria no es el crimen, sino la verdad.
Los invito a leer esta deliciosa novela.
Ilustración portada: Emilio Monreal


