“No se trata de modificar la naturaleza convencidos de que todo lo que hacemos es para bien. Insisto: el riesgo cero no existe”
Horacio Cano Camacho
Reporte Minoritario
Por las tarde, por mi casa pasa una bandada de pericos. A la altura, en realidad me parecen guacamayas. Siempre en grupos de cinco y siempre con el mismo rumbo. Como que vienen de algún lugar, tal vez su sitio de alimentación y van al lugar donde pernoctan. Por la dirección, presumo que es al Zoológico de Morelia, una zona arbolada más o menos densa. A mí me fascinan los pericos y, en realidad, todos los psitácidos: guacamayas, loros, cotorras y pericos, cacatuas, entre otros… Pero me encantan en su hábitat natural.
De la misma manera me subyugan los árboles, pero también en el lugar donde deben estar.
¿Por qué digo esto?
Verán: la humanidad ha transformado el paisaje y la naturaleza de maneras muy poco inteligentes. Lo hemos hecho para atender nuestras necesidades, desde luego, pero también por gusto, preferencia, moda y, no pocas veces, por razones de poder.
De esta manera, en Morelia tenemos en el panteón municipal un precioso jardín australiano. Frente a mi casa hay también un pequeño bosquecillo… australiano.
Bueno, decir hay es exagerado. En realidad, se está muriendo.
Y lamento decirlo: me alegra que así sea.
No porque les tenga tirria a las casuarinas. Para nada. De hecho, me gustan.
Pero en Australia.
La casuarina (Casuarina equisetifolia) fue introducida en México a principios del siglo XX durante los programas de reforestación impulsados por Miguel Ángel de Quevedo. Inicialmente se utilizó, entre otras cosas, para fijar los médanos costeros de Veracruz.
Parecía una solución magnífica.
Es un árbol resistente, de crecimiento rápido y capaz de desarrollarse en condiciones difíciles. Se utilizó para formar cortinas contra el viento, estabilizar suelos y proteger dunas. Con el tiempo comenzó a plantarse en muchas otras regiones del país.
Pero tenía otras características que entonces conocíamos mucho menos.
Fuera de su área natural podía encontrarse sin algunos de los organismos que regulaban sus poblaciones y competir con ventaja frente a especies locales. Además, en la casuarina se han documentado efectos alelopáticos: produce sustancias capaces de inhibir, bajo determinadas condiciones, la germinación o el crecimiento de otras plantas.
Sus características también pueden modificar las condiciones del suelo y dificultar el establecimiento de vegetación nativa alrededor de poblaciones densas.
No es que la casuarina sea un árbol “malo”.
Es un árbol extraordinariamente exitoso cuando lo colocamos fuera del entramado ecológico en el que evolucionó.
Y nosotros la pusimos allí.
Algo semejante ocurrió con los eucaliptos, varias especies del género Eucalyptus. Estos árboles, originarios principalmente de Australia, ya se encontraban en México desde la segunda mitad del siglo XIX y posteriormente fueron utilizados extensamente en programas de reforestación y arborización.
También parecían perfectos.
Crecían rápido, soportaban condiciones ambientales difíciles y podían establecerse en terrenos degradados. En distintas regiones del país fueron utilizados para recuperar cobertura vegetal, combatir la erosión y producir rápidamente árboles donde antes prácticamente no los había.
En Michoacán también fueron plantados extensamente. Y aquí aparece una historia familiar que relaciona algunas de aquellas plantaciones con la época de Lázaro Cárdenas.
Mi padre me contaba que, siendo niño, participó junto con miles de personas en una gran jornada de plantación de árboles en la carretera entre Capula y Morelia. Entonces aquello era carretera, no la ciudad.
Algunos de los árboles que décadas después terminaron rodeados por la expansión urbana formaban parte, según su recuerdo, de aquellas plantaciones.
No he logrado localizar todavía documentación que me permita precisar la fecha, la magnitud de aquella campaña o todas las especies plantadas, así que prefiero contarlo como lo que es: una memoria de mi padre.
Pero la historia resulta significativa.
Muchas de aquellas plantaciones tuvieron propósitos perfectamente razonables para su tiempo. El problema fue que el tiempo siguió avanzando, la ciudad creció y nuestro conocimiento ecológico también.
Y la solución de una generación puede convertirse en el problema de la siguiente.
Los eucaliptos y las casuarinas no son casos aislados.
En nuestras ciudades plantamos durante décadas especies procedentes de prácticamente todo el planeta.
El ficus (Ficus benjamina) y el trueno (Ligustrum lucidum) proceden de Asia. El llamado laurel de la India, frecuentemente Ficus microcarpa, también tiene origen asiático y del Pacífico occidental. El flamboyán o tabachín (Delonix regia) procede de Madagascar.
Y una de las estrellas indiscutibles de nuestros paisajes urbanos, la jacaranda (Jacaranda mimosifolia), tampoco es mexicana: su distribución natural se encuentra en Sudamérica, principalmente en regiones de Bolivia, Paraguay y el noroeste de Argentina.
Ahora pueblan calles, plazas, camellones y jardines.
Las vemos desde niños.
Forman parte de nuestras fotografías, nuestros recuerdos y hasta de nuestra idea de cómo debe verse una ciudad bonita.
Y por eso terminamos creyendo que siempre estuvieron aquí.
Muchas fueron plantadas precisamente por sus “ventajas”: crecimiento rápido, resistencia, belleza, sombra abundante, facilidad de propagación o capacidad para sobrevivir prácticamente sin cuidados.
Pero aquí aparece un problema que no siempre queremos reconocer:
también podemos equivocarnos plantando árboles.
Plantar un árbol no es, por definición, una acción ecológicamente positiva.
Depende de qué árbol plantamos.
Depende de dónde.
Depende de qué otras especies viven allí.
Y depende de las relaciones que ese organismo establecerá con el ecosistema durante las siguientes décadas.
No todas las especies introducidas se convierten en un problema. Una especie que llega a una región fuera de su distribución natural es simplemente una especie exótica.
Algunas apenas sobreviven bajo nuestro cuidado.
Otras consiguen reproducirse por sí mismas y establecer poblaciones permanentes. Entonces hablamos de especies naturalizadas.
Y algunas consiguen establecerse, expandirse y producir -o tener la capacidad de producir- impactos sobre la biodiversidad o el funcionamiento de los ecosistemas. Ésas son las especies exóticas invasoras.
No son sinónimos.
Una especie no se vuelve “mala” simplemente porque proceda de Australia, China, Madagascar o Sudamérica.
Pero tampoco podemos pensar que introducir organismos en cualquier lugar es ecológicamente neutro.
Las especies evolucionan dentro de redes muy complejas.
Compiten por luz, agua y nutrientes. Son comidas por ciertos animales y comen o parasitan a otros. Interactúan con hongos, bacterias, insectos y microorganismos del suelo. Algunas dependen de polinizadores específicos. Otras dispersan sus semillas mediante determinadas aves o mamíferos.
Una especie no existe sola.
Existe dentro de una historia evolutiva.
Cuando nosotros la tomamos y la trasladamos miles de kilómetros estamos introduciendo una pieza nueva en un sistema que se construyó durante miles o millones de años sin ella.
A veces no ocurre gran cosa.
A veces funciona perfectamente bien.
Y otras veces transformamos profundamente el ecosistema.
Una especie introducida puede competir con especies nativas, modificar las propiedades del suelo, alterar las relaciones entre plantas y animales, transportar parásitos o patógenos, cambiar la disponibilidad de alimento o incluso, si puede reproducirse con poblaciones emparentadas de la región, incorporar sus genes a las poblaciones locales y modificar su composición genética.
El problema, entonces, no está en que las casuarinas sean malas o que los eucaliptos sean perversos.
La casuarina no decidió invadir México.
El eucalipto no tomó un barco desde Australia.
Nosotros los trajimos.
Y esto nos lleva otra vez a los pericos.
Porque con ellos ocurre exactamente lo mismo.
Son bonitos.
A mí me encantan.
Pero en su lugar de origen.
Aquí, en Morelia, su presencia puede ser otra cosa.
Puede ser un síntoma.
Un síntoma de nuestra extraordinaria capacidad para mover organismos de un extremo al otro del planeta y después sorprendernos cuando la naturaleza, reorganizada por nosotros, comienza a comportarse de maneras que no habíamos previsto.
Por eso debemos tener cuidado. No se trata de modificar la naturaleza convencidos de que todo lo que hacemos es para bien. Insisto: el riesgo cero no existe.
También la arborización de una ciudad debe planificarse cuidadosamente. ¿Qué especies? ¿De dónde proceden? ¿Para qué las queremos? ¿Cuánto crecerán? ¿Qué necesidades de agua tendrán? ¿Dónde conviene plantarlas y dónde no? ¿Qué espacio necesitan sus raíces y sus copas dentro de veinte o treinta años?
Y para responder esas preguntas hay expertos.
La Universidad Michoacana cuenta con excelentes especialistas en ecología, botánica, silvicultura y manejo ambiental. Entonces, ¿por qué no aprovechar ese conocimiento?
¿Por qué el Ayuntamiento no reúne esa experiencia en una guía pública de arborización urbana para Morelia, clara y técnicamente sustentada, donde se indiquen las especies recomendables (preferentemente nativas cuando sean apropiadas), sus ventajas y desventajas, necesidades de agua y espacio, tamaño adulto, cuidados, posibles conflictos con la infraestructura y los sitios donde conviene o no utilizarlas?
No estoy pidiendo nada extraordinario. Muchas ciudades cuentan con instrumentos semejantes.
La estética es importante. Por supuesto que queremos calles bonitas, parques agradables y árboles que florezcan. Pero el gusto de una autoridad, una moda paisajística o el simple capricho de un vecino no pueden sustituir al conocimiento ecológico.
Y el problema no termina con las plantas.
Volvamos a los pericos.
Durante años hemos comprado animales silvestres porque son hermosos, llamativos o simpáticos. Loros, pericos, tortugas, serpientes y muchas otras especies llegan a las casas convertidos en mascotas. Luego crecen, hacen ruido, requieren cuidados difíciles, cuestan dinero o simplemente dejan de resultar divertidos.
Algunos terminan entregados a instituciones como el Zoológico de Morelia.
Otros corren peor suerte.
Alguien decide “liberarlos”.
Y seguramente piensa que está realizando una buena acción: devolver un animal a la naturaleza.
Sólo que ése no es el ecosistema del que procede.
Soltar una especie exótica en un ambiente donde nunca había existido puede significar introducir un nuevo competidor o depredador, o introducir con ella parásitos y patógenos. También puede significar liberar un organismo extraordinariamente exitoso que encuentre alimento abundante y pocos enemigos naturales.
Así comienzan algunas invasiones biológicas.
Y ahora debemos agregar un elemento todavía más inquietante a estas ecuaciones, ya de por sí complicadas: el cambio climático global.
Las condiciones con las que decidimos qué plantar o qué especies pueden sobrevivir hoy en Morelia no serán necesariamente las mismas dentro de treinta o cincuenta años. Cambiarán las temperaturas, las lluvias, la disponibilidad de agua y, con ellas, también cambiarán las posibilidades de supervivencia y expansión de muchas especies.
Es decir, estamos moviendo organismos por todo el planeta al mismo tiempo que modificamos las condiciones ambientales del planeta donde los estamos soltando.
No parece una combinación particularmente tranquilizadora.
Así que esos pericos que tanto me gustan quizá nos estén advirtiendo algo.
No, Morelia todavía no es una ciudad tropical.
Pero los pericos nos dicen algo bastante más inquietante:
estamos reorganizando la naturaleza mucho más rápido de lo que alcanzamos a comprenderla.
¡Qué miedo!
PD: A continuación les presento la lista negra de especies exóticas en Morelia, alaborada, a petición mía, por un experto en reforestación, mi amigo Alfonso, y no el municipe, para nada…
| Jacaranda |
| Calistemon |
| Ficus |
| Eucalipto |
| Alamo temblón |
| Alamo plateado |
| Casuarina |
| Mango |
| Para de vaca |
| Níspero |
| Naranjo |
| Limón |
| Durazno |
| Manzano |
| Paríso |
| Thuja |
| Araucaria |
| Grevillea |
Varias de las cuales se encuentran en la “zona de conflicto” de Tres Puentes… Y esta es una lista mínima. En realidad solo menos del 40 por ciento de la vegetación de Morelia ya es nativa, para que vea el tamaño de la crisis ambiental. Eso si es ecocidio.


