“Aquí encontramos a un joven Conan Doyle, médico, con problemas económicos y empeñado en convertirse en escritor”
Horacio Cano Camacho
Zona Oscura
Me fascina Sherlock Holmes desde que lo descubrí siendo muy pequeño. Para mí era el culmen de la racionalidad, del pensamiento crítico y de la confianza en la ciencia. Frente a un misterio, Holmes no necesitaba fantasmas ni fuerzas ocultas: observaba, comparaba y deducía. Y creo que allí está, en buena medida, el secreto de su enorme éxito.
Sherlock Holmes es además uno de los casos paradigmáticos del personaje que terminó devorando a su creador. Arthur Conan Doyle llegó a hartarse de él. Quería escribir otras cosas, escapar de aquel detective que parecía perseguirlo a todas partes. Así que en 1893 decidió matarlo, precipitándolo junto con Moriarty -su nemesis- por las cataratas de Reichenbach.
Problema resuelto. O eso creyó.
Los lectores no aceptaron su muerte y, años después, Doyle tuvo que devolverlo a la vida. Sherlock ya no le pertenecía solamente a él. Por eso resulta tan interesante imaginar a Doyle sin Sherlock.
Ese es precisamente el juego que propone Mark Frost en La lista de los siete (Impedimenta, 2025), la novela que hoy recomendamos en esta Zona Oscura.
Aquí encontramos a un joven Conan Doyle, médico, con problemas económicos y empeñado en convertirse en escritor. Envía sus manuscritos a las editoriales y acumula rechazo tras rechazo. Hasta que una noche recibe una extraña carta: una mujer aterrorizada le pide que asista a una sesión espiritista para determinar si aquello es un fraude o si realmente ocurre algo inexplicable.
Doyle acepta con la curiosidad del médico. Pero la sesión se convierte en una pesadilla y lo introduce en un mundo de asesinatos, sociedades secretas, ocultismo y conspiraciones. Muy pronto descubre además que sus manuscritos, ignorados por los editores, sí han interesado a otras personas.
Y demasiado.
Hay aquí algo que recuerda a El péndulo de Foucault, de Umberto Eco: una ficción que, en manos de verdaderos creyentes, deja de ser un juego. Alguien comienza a actuar como si lo imaginado fuera real.
Doyle ha imaginado demasiado bien.
Y entonces aparece Jack Sparks, uno de los grandes hallazgos de la novela. Misterioso agente de la Corona, brillante, excéntrico, extraordinariamente observador y capaz de deducir historias completas a partir de pequeños detalles.
¿Les suena?
Porque Doyle todavía no ha creado a Sherlock Holmes, pero acaba de encontrarse con un hombre que se parece sospechosamente a él.
Ahí Frost comienza su mejor juego. La lista de los siete deja de ser solamente una aventura protagonizada por Conan Doyle para convertirse en una biografía imaginaria del nacimiento de Sherlock Holmes. ¿Y si Doyle no hubiera inventado completamente a su detective? ¿Y si antes hubiera conocido a alguien capaz de mostrarle cómo podía funcionar una mente semejante?
La paradoja es deliciosa porque Frost coloca a este Holmes embrionario en un universo que el Sherlock que conocemos habría contemplado con enorme desconfianza: espiritismo, médiums, rituales, sociedades secretas y fuerzas aparentemente sobrenaturales.
Y la elección no es casual.
Conan Doyle, médico formado en la ciencia y creador del detective racional por excelencia, terminó siendo también un apasionado defensor del espiritismo y de la posibilidad de comunicarse con los muertos.
¿Cómo podían convivir ambas cosas en una misma cabeza?
Tal vez porque Doyle no veía necesariamente una contradicción. Para él, incluso lo sobrenatural podía investigarse y, si existían evidencias suficientes, incorporarse al conocimiento.
Ahí está también uno de los aspectos más interesantes de la novela: la frontera entre lo que sabemos, lo que creemos y aquello que deseamos creer.
Por eso La lista de los siete es mucho más que una aventura fantástica con Conan Doyle como protagonista. Mark Frost imagina al escritor antes de Sherlock y le coloca enfrente a Jack Sparks, el hombre que parece contener ya buena parte del detective que todavía no existe.
No nos cuenta solamente una aventura de Conan Doyle.
Nos invita a imaginar qué tuvo que ocurrir para que Sherlock Holmes pudiera nacer.
Una lectura fascinante e indispensable.
Ilustración portada: Emilio Monreal


