España y Francia enfrentan incendios de una intensidad que empieza a revelar una nueva realidad climática. El desafío quizá comience cuando las llamas desaparecen…
Leonor Solís
Ecodepresión
Durante semanas, algunas regiones de España y Francia parecieron vivir dentro del fuego. Cientos de miles de personas tuvieron que abandonar sus casas, enormes columnas de humo cubrieron carreteras y poblaciones enteras quedaron rodeadas por las llamas. Para principios de agosto, el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS) registraba cerca de medio millón de hectáreas quemadas este año en la Unión Europea.
La dimensión de algunos incendios resulta todavía más difícil de imaginar. En apenas dos semanas de julio ardieron alrededor de 140 mil hectáreas en España. El incendio de Ávila-Madrid-Toledo alcanzó unas 44 mil. En Francia, el de Gironda consumió cerca de 40 mil hectáreas, una de las mayores superficies devastadas por un solo incendio en el país desde la Segunda Guerra Mundial.
Son cifras que abruman. Pero quizá lo más inquietante sea empezar a preguntarnos si seguimos mirando acontecimientos excepcionales o las primeras expresiones de una realidad distinta.
La ciencia ofrece algunas pistas. World Weather Attribution concluyó que el cambio climático hizo al menos veinte veces más probables las condiciones extremas de peligro de incendio observadas en el centro de España y al menos dos veces más probables las del suroeste de Francia. El calentamiento no encendió cada fuego, pero elevó las temperaturas, secó suelos y plantas con mayor rapidez y creó condiciones para que una llama pudiera convertirse en algo mucho más difícil de contener.
Europa parece estar aprendiendo, incendio tras incendio y ola de calor tras ola de calor, que el clima para el que construyó muchas de sus ciudades, bosques y sistemas de protección está cambiando más rápido que su capacidad para adaptarse.
Pero hay algo particularmente revelador en estos incendios. En algunas de las zonas españolas afectadas, el invierno había sido especialmente lluvioso. La humedad hizo crecer abundantemente los pastos y la vegetación. Después llegó el calor y los secó. Lo que meses antes había sido una explosión de vida terminó convertido en combustible.
Los científicos llaman a estas transiciones rápidas entre condiciones muy húmedas y muy secas “latigazo climático”. La expresión ayuda a entender algo que a veces se pierde entre temperaturas récord y hectáreas quemadas: un incendio puede comenzar a construirse mucho antes de la primera llama.
También interviene la historia del paisaje. En España, el abandono de tierras agrícolas, la reducción del pastoreo y la acumulación de vegetación han aumentado en algunas regiones la continuidad del combustible. En Francia, grandes plantaciones homogéneas de pino marítimo mostraron su vulnerabilidad frente a un clima más caliente y seco.
No se trata de idealizar el pasado rural ni de responsabilizar a quienes dejaron pueblos donde ya no encontraban condiciones para permanecer. Se trata de reconocer algo más elemental: un paisaje no es solamente naturaleza. También es la historia de cómo una sociedad lo habita, lo trabaja, lo conoce y lo cuida.
Y es precisamente ahí, cuando todavía no hay fuego, donde comienza la parte más difícil.
Durante un incendio sabemos qué hacer con nuestra atención. Miramos las llamas, seguimos los mapas, contamos hectáreas, observamos aviones descargar agua y celebramos cuando finalmente llegan noticias de que el fuego ha sido controlado.
Después llueve.
La vegetación vuelve lentamente. Los titulares desaparecen. Otras emergencias ocupan su lugar.
Y olvidamos.
No necesariamente porque seamos indiferentes. Quizá simplemente porque nadie puede vivir permanentemente en estado de alarma. Desde México, además, resulta fácil sentir lejanos los incendios europeos mientras buena parte del país atraviesa su propia temporada de lluvias. El clima cambia frente a nuestros ojos y también cambia aquello a lo que prestamos atención.
El problema es que la adaptación climática necesita una memoria distinta a la nuestra.
Prevenir los incendios que España y Francia están enfrentando requiere actuar precisamente cuando no arde nada: recuperar mosaicos agrícolas y forestales, mantener pastoreo donde resulte adecuado, realizar quemas prescritas, diversificar bosques, gestionar la vegetación, sostener brigadas preventivas y ofrecer condiciones dignas para que las comunidades rurales puedan permanecer en sus territorios. Y, por supuesto, reducir las emisiones que están haciendo más probables las condiciones extremas.
Son soluciones poco espectaculares. Difícilmente producirán las imágenes de un avión atravesando una columna de humo. Su éxito consiste precisamente en aquello que no sucede.
Quizá por eso la nueva realidad climática exige algo más difícil que reaccionar ante una emergencia: aprender a cuidar aquello que momentáneamente ha dejado de parecernos urgente.
Los incendios terminarán. Llegarán las lluvias. Los paisajes volverán lentamente a cubrirse de verde y las imágenes de este verano serán sustituidas por otras crisis. Nosotros probablemente también olvidaremos. Es humano hacerlo.
Pero el cuidado climático tendrá que aprender a tener una memoria más larga que la nuestra.
Porque cuando vuelva a aparecer la primera llama, buena parte de la historia del próximo incendio ya habrá sido escrita.


