“Titus Crown es el primer sheriff negro del condado de Charon, Virginia, un pequeño y tranquilo pueblo en el que solo ha habido dos asesinatos en décadas”
Gerardo Pérez Escutia
Zona Oscura
La zona de Norteamérica conocida como el “cinturón evangélico”, que abarca desde Las Carolinas y Virginia hasta los estados del sureste, como Alabama, Misisipi, Georgia y Luisiana, ha sido origen de grandes escritores como William Faulkner, Harper Lee o Truman Capote, que han creado y ubicado sus obras en esta región.
En esta extensa área aún conviven, sobre todo en sus zonas rurales, fuertes vestigios de racismo y segregacionismo, aderezados con profunda religiosidad evangélica, y la persistencia de heridas que se niegan a cerrar desde la Guerra de Secesión. El atraso, la pobreza, el consumo y el tráfico de drogas agregan a las comunidades ingredientes potencialmente explosivos, con estallidos esporádicos de violencia criminal ligados a conflictos raciales. En este escenario, tan prolífico para la literatura, ha nacido un subgénero muy exitoso de novela negra: el country noir, una corriente que ha ganado muchos adeptos gracias a escritores como Brian Panowich y Daniel Woodrell, autores de las aclamadas Bull Mountain y Los huesos del invierno, ambas obras ya reseñadas en esta columna. A ellos se ha venido a sumar con gran ímpetu S. A. Cosby (Newport, años setenta), escritor afroamericano, criado en Virginia, quien con solo cinco novelas se ha ganado el favor de los lectores y de la crítica especializada. De este autor es la novela que recomendamos en esta ocasión:Todos los pecadores sangran (Editorial Motus, 2025).

Titus Crown es el primer sheriff negro del condado de Charon, Virginia, un pequeño y tranquilo pueblo en el que solo ha habido dos asesinatos en décadas; pero su instinto le dice que, bajo esta aparente tranquilidad, algo grande y terrible está a punto de suceder. Charon, con sus poco menos de veinte mil habitantes y veintiuna iglesias, es una comunidad muy conservadora que apenas está digiriendo que uno de sus hijos , miembro de la comunidad negra, haya ganado el puesto de sheriff . Titus es un hombre honesto que se ha propuesto ganarse el respeto de la comunidad y proteger a los de su raza, quienes siguen siendo víctimas de abusos y golpizas por parte de los miembros más fanáticos de la localidad. Titus está preocupado por sobradas razones, ya que “Los hijos de la Confederación”, un grupo de nostálgicos de la Guerra de Secesión, pretende realizar una marcha durante las próximas festividades locales en honor a la estatua del antiguo rebelde anónimo del bando confederado que se encuentra frente al juzgado. Los feligreses del pastor de la comunidad negra, Jamal Addison, amenazan con no tolerar dicha marcha, y Titus sabe que tendrá que emplearse a fondo, junto con su equipo, para evitar la tormenta que se avecina. Él sabe que su posición es muy frágil, pues, por un lado, la comunidad blanca mayoritaria y dueña del poder económico del condado, no acaba de aceptarlo como sheriff y constantemente desafía su autoridad; por otro lado, los miembros de su propia comunidad lo ven como una especie de “tío Tom” que se vendió a los blancos para servir a sus fines.
A esta tensa situación se suman los demonios internos del sheriff, pues antes de ocupar este cargo, fue agente de la brigada antiterrorista del FBI, de donde salió a raíz del terrible episodio que vivió al desactivar una célula de un líder suicida de una secta de ultraderecha, experiencia que le dejó serias secuelas físicas, pero, sobre todo , emocionales.
La calma chicha que el instinto de Titus percibe en el ambiente se ve interrumpida cuando recibe una llamada en la que le avisan de un tiroteo en la secundaria local: un joven afroamericano acaba de asesinar a uno de los profesores más queridos del pueblo. Al llegar al lugar del tiroteo, se enfrentan al tirador y, aunque intentan negociar con él, los miembros del equipo de Titus terminan por abatirlo.
Al comenzar las indagatorias y analizar la escena del crimen, así los teléfonos celulares del tirador y del profesor asesinado, el sheriff descubre que el tiroteo solo fue la punta de un iceberg que, en su profundidad, ocultaba una serie de crímenes y hechos aberrantes de la peor clase concebible. Titus sabe que ese tiroteo acaba de sepultar la calma y aparente paz del condado; sabe que la “tormenta” ha llegado y que se abatirá con toda su fuerza sobre los habitantes de Charon.
Las pruebas indican que entre los habitantes del pueblo hay un asesino sádico y prolífico, por lo que el foco de la investigación se dirige a encontrar e identificar a las víctimas y a capturar al homicida. Conforme avanzan las indagatorias, surgen las filtraciones y la paranoia se apodera del condado, paranoia que se suma al ambiente enrarecido por la tensión racial que amenaza con desbordarse.

S. A. Cosby, más que un narrador eficaz es un demoledor de certezas, un “forense” que disecciona a la sociedad. Conforme avanza la narración, de la mano de su personaje principal, el sheriff Titus Crown, van saliendo a la luz todos los demonios ocultos del pueblo: las antiguas fortunas construidas a hombros del esclavismo y el contrabando; el racismo enquistado e irreductible de una parte de la población; la hipocresía y perversión de los fanatismos religiosos, y las culpas, culpas a raudales, de los habitantes de esta comunidad cerrada que es Charon, cuyo nombre significa ominosamente “Caronte”, como el barquero que conducía a las almas rumbo al Hades a través del río Estigia.
Mientras la historia crece en intensidad y dramatismo, la monstruosidad de los hechos que van surgiendo hace emerger los demonios personales de Titus. Se enfrenta a sus culpas no resueltas y se derrumban todas sus certezas, llevándose entre los escombros a sus seres más queridos, mientras el pueblo, a su vez, se desmorona.
Una historia que pudiera parecerse a muchas otras; a fin de cuentas, la novela negra siempre ha hablado de los tópicos que aquí se tratan -crimen, enigma, rencor social, pecado, etc.-. Pero el autor dota a esta historia de una profundidad literaria muy particular: escribe desde su propia realidad social -es negro y creció en la zona donde se desarrolla la novela-, lo que confiere al relato una sensación de honestidad y verosimilitud difícilmente alcanzables, logrando una obra redonda, madura, que trasciende los límites del género y se convierte en un espejo que refleja la verdadera imagen de una sociedad que aún vive en conflicto con sus orígenes y con su historia.
Para los amantes de la novela negra, es una lectura imprescindible.
Ilustración portada: Emilio Monreal


