“Con las pistas que encuentran y las que deliberadamente va dejando «Wittgenstein», se plantean diversos escenarios, discusiones y teorías de índole existencial”
Gerardo Pérez Escutia
Zona Oscura
Inglaterra, 2013. La delincuencia se ha disparado, las cárceles están a su máxima capacidad y el problema de los asesinos seriales ha alcanzado cotas nunca vistas en la sociedad inglesa. Ante la gravedad de la situación, el gobierno británico ha implementado una serie de medidas para, en el corto plazo, minimizar el problema y, en el largo, darle una solución permanente. Para resolver la sobrepoblación carcelaria, que tiene un altísimo costo para las arcas del Estado y constituye un constante foco de violencia y malestar social, el Parlamento aprobó la ley para la aplicación del «coma punitivo» en los delitos graves. Este consiste en sustituir las penas altas o de cadena perpetua por un sistema que permite que el reo permanezca en un estado de coma inducido, plenamente reversible cuando haya purgado su condena. Esto ha sido posible gracias a que la tecnología ha desarrollado fármacos totalmente seguros para este fin. El sistema ha sido importado de los Estados Unidos, donde ha conseguido muy buenos resultados, los cuales avalan su implementación tras superar las objeciones de los grupos defensores de los derechos humanos, de organizaciones religiosas e, incluso, de la academia.
Para prevenir los delitos graves, particularmente el homicidio, el Gobierno ha desarrollado el programa «Lombroso», el cual toma su nombre de Cesare Lombroso, el criminólogo italiano de la época victoriana que sostenía que la criminalidad podía explicarse mediante la anatomía, especialmente la del cráneo. El programa Lombroso, que el gobierno británico ha puesto en marcha, está diseñado para tener ubicados y controlados a todos aquellos ciudadanos potencialmente predispuestos a cometer crímenes violentos. Mediante este programa, y utilizando los más avanzados tomógrafos de emisión de protones, se ha identificado a aquellos individuos del sexo masculino que en su cerebro carecen del núcleo ventromediano (NVM), que actúa como inhibidor del núcleo sexualmente dimórfico (NSD), una zona del cerebro del varón donde se concentran las reacciones de agresividad. Mediante un sofisticado sistema informático, se tiene censados y plenamente identificados a los hombres que presentan esta característica. Para proteger su privacidad, existe un complejo protocolo que asigna a cada uno de ellos el nombre de un filósofo o científico famoso; así, en este selecto grupo encontramos a Einstein, Sócrates, Kant, Russell, Descartes, etcétera. Después de haber examinado a cuatro millones de varones, se ha encontrado que solo el 0.003 por ciento presenta esta característica y, de ellos, el 30 por ciento ya estaba en prisión o contaba con antecedentes penales. Al estar el programa conectado con el ordenador central de la policía, esto permite una actuación más eficiente tanto en la prevención como en la resolución de crímenes violentos.
La inspectora Jakowicz (Jake para todos) es la policía más exitosa de Inglaterra; en su palmarés figura la resolución de varios crímenes contra mujeres. Ella los llama «crímenes estilo Hollywood», por la obvia influencia cultural y el efecto de imitación de los serial killers norteamericanos; es toda una autoridad en la materia. En este momento está enfrascada en encontrar a un asesino al que han dado en llamar «el asesino del pintalabios», ya que, después de masacrar y abusar de mujeres jóvenes, gusta de pintar mensajes obscenos sobre el cuerpo de sus víctimas con un pintalabios. Jake odia a los hombres, sin distinción, y ha experimentado con el lesbianismo, no porque le gusten las mujeres en sí, sino por el rechazo que siente hacia los hombres, un odio anclado y alimentado por la relación que tuvo con su padre. Jake es una mujer bella, atlética e intimidante, y se encarga de cultivar conscientemente su imagen de hielo y su aura de infalibilidad.

Después de impartir una conferencia en Frankfurt, recibe una llamada de sus superiores pidiéndole que se haga cargo de un nuevo caso. Resulta que varios sujetos clasificados en el programa ultraconfidencial Lombroso han sido asesinados, todos ellos de seis tiros en la nuca. Se le pide que deje todo lo que está haciendo y se concentre en este caso; en principio se niega, pues ella solo acepta casos cuyas víctimas son mujeres y, en su fuero interno, piensa que las víctimas del proyecto Lombroso tal vez se lo merecían. Sin embargo, sus superiores la obligan a encabezar la investigación, ya que, por sus características, se infiere que hubo violaciones al protocolo de seguridad y que la identidad de los sujetos identificados en el proyecto Lombroso ha sido vulnerada.
El proyecto Lombroso no solo es importante para Inglaterra, sino para toda la comunidad europea, por lo que se le asigna un equipo de primer nivel para ayudarla en la investigación. Se incorporan el sargento Yat Chung, un cascarrabias y superdotado asesor informático; el doctor Waring, catedrático de Psiquiatría Forense en Cambridge; y, como asesor, Sir Jameson Lang, profesor emérito de Filosofía en Oxford. Con la ayuda de su equipo, pronto se descubre que quien vulneró el programa Lombroso fue uno de los propios sujetos identificados como NVM, cuyo nombre clave es «Wittgenstein», en alusión al filósofo vienés. Con este dato comienza la cacería.
La obra que recomendamos en esta ocasión es Una investigación filosófica (Anagrama, 2000; edición original en inglés, 1992), de Philip Kerr.
Philip Kerr es uno de los escritores más sólidos del mundo de la novela negra; de él ya hemos reseñado algunas de sus obras. Es el creador de la serie de Bernie Gunther y de la afamada Trilogía berlinesa; varias de sus novelas ya han sido comentadas en esta columna.
A partir del momento en que el autor nos plantea las claves por las que discurrirá la narración, comienza una historia muy peculiar, ya que los investigadores pronto entienden que no se trata de una investigación común, en la que «un asesino psicópata decide matar a un gran número de personas por motivaciones sexuales o para acallar ciertos demonios que le hablan y le obligan a matar». Muy pronto descubren que el asesino tiene explicaciones «filosóficas» para llevar a cabo su empresa criminal. Con las pistas que encuentran y las que deliberadamente va dejando «Wittgenstein», se plantean diversos escenarios, discusiones y teorías de índole existencial. Así, desfilan por la narración los nombres y las teorías de Nietzsche, Descartes y Kant, mientras que las discusiones entre los protagonistas se convierten en un ejercicio dialéctico que poco a poco nos va brindando las claves para la resolución de los crímenes. Crímenes que, durante el transcurso de la investigación, se van acumulando hasta alcanzar el número de doce.

Sin embargo, en esta magnífica obra no todo es especulación filosófica; también hay una alta dosis de crimen, misterio y oscuridad. La investigación nos lleva desde los sótanos más sórdidos del sadomasoquismo londinense hasta las aulas de Cambridge; nos presenta una ciudad oscura, degradada, que por momentos nos recuerda, en su estética ciberpunk, al Los Ángeles de Blade Runner y, por el tipo de sociedad que plantea, al 1984 de Orwell.
Es evidente que el autor se propuso escribir una obra diferente de aquellas a las que nos tiene acostumbrados con sus magníficas novelas de noir histórico. Ahora nos presenta una historia mucho más compleja, en la que explora la naturaleza psicológica del crimen y la respuesta del Estado para contenerlo. Para ello recrea una sociedad futurista -no olvidemos que escribió esta novela en 1992 y ubicó la acción en 2013-, y muchas de las premisas que plantea -la realidad virtual, los hologramas, el control de las bases de datos o la soledad de los individuos inmersos en el ciberespacio-, ya forman parte de nuestra realidad. Todo ello, al leerlo, nos provoca un escalofrío al constatar una profecía cumplida.
Al final de la historia, como en toda buena novela negra, terminan por atarse los cabos sueltos de los hechos, pero al mismo tiempo quedan abiertos varios interrogantes de índole filosófica acerca de la naturaleza del crimen, el papel del Estado en el control de la vida privada y el carácter ético o moral de las diversas técnicas punitivas desarrolladas por la sociedad para contenerlo y, como diría Thomas De Quincey en su célebre obra victoriana, si, como sociedad, podemos aceptar “El asesinato considerado como una de las bellas artes”.
Una novela densa, llena de referencias literarias y filosóficas, pero que, gracias al oficio del autor, se lee con la avidez de un thriller vertiginoso y que, además, introduce a uno de los personajes más poderosos y singulares que hayamos encontrado en la novela negra: la inspectora Jake.
Muy recomendable.
Ilustración portada: Emilio Monreal


