«Desde su título, Moscas no parece sugerir la trama. Al contrario, está puesto para causar intriga y curiosidad, y solamente al terminar de verla, encontrarle uno u otro sentido…»
Ernesto Hernández Doblas
Crónicas que Muerden
A Samuel,
amado nieto
I
Segundos antes del final, encendieron las luces. Los créditos iniciaron su lugar común: deslizarse de abajo hacia arriba con la parsimonia suficiente para ser leídos. Afuera, nos esperaba la noche, mientras aquí, poco a poco despertábamos del sueño lúcido del cine. Del buen cine. El que es viaje astral en vigilia. Ése que no es hipnosis sino gnosis de la que no se sale indemne. ¿Cómo salir como si la vida siguiera su curso indiferente, cuando acabábamos de tocar y ser tocados en fibras de lo más humano?
Los créditos seguían avanzando, nosotros no. Inmersos en una experiencia compartida y a la vez profundamente individual. Quietos. En silencio la mayoría. Mirando a la pantalla como a un paisaje que -sabíamos- sería oscurecido de un momento a otro. Estábamos protagonizando una escena más del inolvidable film.
II
No es un mito: el buen cine mexicano existe. A pesar de que se esfuerzan por mostrar lo contrario las películas del circuito comercial, empeñadas en imitar al mal cine norteamericano, hacer comedias subnormales o dramas de humor involuntario, en un cruce que da como resultado productos mitad churro y mitad telenovela. Sin embargo, existen quienes eligen la honestidad, el esfuerzo y la creatividad que hace vibrar la médula por lo que realmente importa. Eso puede decirse de Moscas, actualmente en cartelera y dirigida por Fernando Eimbcke.
Los diálogos destacan por su pulcritud y contundencia. No se dice más que lo necesario ni menos de lo que realmente cala, porque lo demás corre a cuenta del trabajo corporal y expresivo de los actores, la excelente y poética fotografía, así como aquello que no se dice ni aparece pero justo en esa condición se hace presente como magia, intuición, atmósfera. Poco con mucho para eludir el melodrama pero también para formar finas secuencias de emotividad creciente. Rompimientos brechtianos que dan toques de comedia de la que no provoca la risa sino el estremecimiento.
Sin arriesgarse, pero colgándose la medalla del apoyo al cine independiente, Cinépolis confina estas producciones a la sala de arte. Apartheid que se viste de seda. Ahí fuimos a la función de las 19:30 no más de 30 personas este sábado anterior. Fuimos testigos de un trabajo conmovedor y profundo, que hace uso de recursos narrativos y cinematográficos dignos de mayor difusión. Eso no ocurrirá. Ésa es la piedra de Sísifo y la riqueza de lo independiente.
III
El blanco y negro en cine es combinación que hace click con la nostalgia. Nostalgia que da tono a la cinta por medio de recuerdos de juventud y niñez del director así como pérdidas familiares. El blanco y negro da cierta textura en las imágenes, como si fuera un sello distintivo de lo clásico, es decir, de lo que por su calidad es perdurable. Cuando se usa, de inmediato el espectador se coloca en cierta disposición anímica. En Temporada de patos, Fernando Eimbcke echa mano de este recurso y dos décadas después regresa a él. Ítaca cromática. Además el director declaró que «el blanco y negro resalta el brillo de la mirada y la sonrisa de los niños». Otro guiño de una pelicula a otra, es colocar a sus personajes en un multifamiliar de la Ciudad de México, representación puntual de la apretada convivencia de multitudes y soledades, para contarnos desde ahí una sencilla y emotiva historia que gira en torno a la familia, las relaciones y la resiliencia que se logra junto a otros. Nadie está solo aunque lo crea, nadie se hunde o se salva a solas aunque lo sienta.
Desde su título, Moscas no parece sugerir la trama. Al contrario, está puesto para causar intriga y curiosidad, y solamente al terminar de verla, encontrarle uno u otro sentido que de todos modos es abierto. En todo caso es un símbolo y como tal, generoso en dar un mundo a cada intérprete.
La poca asistencia a este tipo de propuestas es entendible. Se alejan de la sensibilidad educada por el llamado cine comercial de nuestros tiempos: velocidad; acción que teme al vacío, la pausa y el silencio; colorido con filtros; fetichización del nombre, el rostro, la fama. Hay otras propuestas que ofrecen solidez en un mundo fascinado por lo efímero de las superficies. Porque no. No todo lo sólido se desvanece en el aire. Aún siguen siendo posibles espíritu y raíz.
IV
Olga (Teresita Sánchez) es una mujer que arrastra dolor y amargura. Contención vuelta gesto adusto. Le molestan los ruidos que la rodean porque le molesta no encontrar paz consigo misma y sus fantasmas. Sin embargo, la necesidad económica obliga a ir en contra de nuestras fobias y miedos, y la mujer se ve en la necesidad de rentar un cuarto de su casa. El azar, que nos juega a ciegas pero a veces con sabiduría, provoca un encuentro que dará un giro a la vida de Olga. A su teléfono llama Tulio (Hugo Ramírez), un hombre recién llegado de Oaxaca, con la necesidad de un espacio temporal. Su esposa padece cáncer y es trasladada a un hospital del ISSTE frente al lugar que está en renta. El drama está servido. Tanto Tulio como Olga padecen circunstancias que los obligan a salir de sí mismos y su cotidianidad. Por eso el hombre miente al no decir que además de él, ocupará el cuarto su hijo. Por eso ella a regañadientes acepta al nuevo inquilino aunque le pone condiciones que reflejan su dureza y falta de empatía. Entonces llega lo inevitable y Olga se da cuenta de la presencia de Cristian (Bastian Escobar), hijo de Tulio, un menor de 9 años. Al principio los corre pero termina cediendo. A partir de este momento es cuando el corazón de la película se abre de par en par y se derrama lento, suave, profundo.
V
Moscas está estructurada por un prólogo y un epílogo breves, en medio de los cuales hay dos cuadros que cuentan la historia. En el primero, el enfoque está en una conmovedora y humana relación padre e hijo. Tulio no únicamente cuida y procura a Cristian, además, le transmite de diversas formas un amor que arrulla, contiene, da orden y tranquilidad bajo la intemperie de los acontecimientos. En este sentido hay escenas magistrales por su armoniosa mezcla de sencillez y complejidad. Una de ellas, es cuando antes de dormir, el padre le platica al niño una forma de comunicación que tuvo en su infancia con un compañero de juegos, que consistía en mandarse señales con una linterna de ventana a ventana. Así entonces, ahora es Cristian quien podrá mandar ese lenguaje luminoso y mudo a su madre. Legado y continuidad. Acompañamiento y herramienta para enfrentar el mundo. La otra escena es la más significativa en esta parte de la película. También es de noche. La hora preferida de los sueños pero también de la angustia y su efecto, el insomnio. Tulio abraza a su hijo, lo cobija en sus brazos con suavidad y firmeza y le murmura en el oído la mejor explicación posible sobre el cáncer de la madre. Crea una certera analogía entre la enfermedad y el videojuego preferido de Cristian. Lo hace mientras en pantalla no vemos sus rostros sino en un primer plano sus cuerpos tejidos en aquel abrazo que forma en los espectadores un nudo en la garganta, y una alegría y esperanza secretas de que puedan existir paternidades así. De que cada vez más ser padre signifique ser abrigo, guía, fuerza de ternura para salir al mundo.
VI
Segundo cuadro: Tulio enfrenta cada vez más dificultades para comprar todos los medicamentos que ocupa su esposa. Decidido y sin muchas explicaciones, dice adiós a su hijo para ir en busca de otro trabajo. Esta vuelta en los acontecimientos plantea una nueva dinámica. Ahora Olga y Cristian quedan frente a frente. Ahora será el niño quien con inocencia, astucia e intuición, irá resolviendo los retos del día a día, pero también logrará resquebrajar como agua fresca de un río luminoso la dureza marmórea y la máscara de amargura de una mujer interpretada con la seriedad y calidez a la que nos tiene acostumbrados Teresita Sánchez. La actriz logra un trabajo que reafirma su sensibilidad para crear personajes de los que no se olvidan porque son cercanos a los espejos de nuestra diaria y más cercana realidad.
Se habla del ángel y frescura del incipiente actor infantil. De su impacto y aura en la pantalla. En efecto, Bastian Escobar es un gran descubrimiento de Fernando Eimbcke, quien con el apoyo de la actriz michoacana, logró dar libre paso al talento y capacidades innatas del niño. Sin embargo, no hay que dejar de lado que una parte fundamental para el lucimiento del personaje de Cristian, se logra por la réplica con Tulio y Olga, sin dejar de lado la sensibilidad deletreada por el director, la fotógrafa María Secco, el músico Camilo Lara, y en general todo el equipo que hizo posible la minimal grandeza de Moscas.
VII
Afuera llovía, adentro el blanco y negro era marco de la lluvia y viceversa, en un juego de dobles reflejos. Segundos antes del final encendieron las luces. Enseguida los créditos avanzaban, nosotros no. Estábamos ahí, sentados, pero con un sutil e intenso movimiento interior. Algo conmovedor y cercano nos conmovía sin necesidad de palabras ni movimiento. ¿Qué habíamos visto? Lo mucho con poco. Cine de oro cuando no se imita el oropel. Seres que se dejan tocar por lo que viven. Poética de lo ausente y los silencios.
Al salir de la sala, había terminado la lluvia, la película no.


