“Los desplazamientos de Baker comenzaron desde temprano: sustituyó el trombón por la trompeta siendo un niño…”
José Alfredo Barriga
MeloManía
Mientras caía del segundo piso del hotel Prins Hendrik en Ámsterdam comprendió al fin, sonriendo, que era un ángel sin alas. La muerte de Chet Baker (1929-1988) fue el desplazamiento final de una fuga constante. Una fuga cuya causa desconocemos, pero de no haber tomado el impulso de escapar siempre hacia otra parte, desconoceríamos también a uno de los trompetistas de jazz más virtuosos de la mitad del siglo XX.
Los desplazamientos de Baker comenzaron desde temprano: sustituyó el trombón por la trompeta siendo un niño; huyó del ejército a los 21 años de edad bajo un salvoconducto psiquiátrico, extendido por comportamientos homosexuales detalladamente planeados por el propio músico, haciéndoles creer que no era apto para enlistarse y tomar las armas; la partida de Charlie Parker a Harlem, obligó a Chet a deslizarse entre los jazz clubs de Los Ángeles donde encontró a Gerry Mulligan; los problemas con la heroína le hicieron viajar de Nueva York a París donde tocó en la legendaria cave Le Chat qui Pêche, concurrida en esa época por la Generación Beat; además, los constantes amoríos del trompetista ocasionaron que contrajera matrimonio cuatro veces. Si pudiéramos definir la vida del jazzista de Oklahoma a manera de itinerario de viaje, probablemente estos acontecimientos son los que definieron los trayectos de su ruta, y sus paradas continuas por muy efímeras o esporádicas que fueran.
En la película Let´s Get Lost (1988) de Bruce Weber, documental sobre la vida de Chet Baker, hay una escena donde le preguntan acerca del mejor día de su vida, Baker sin dudarlo responde: el día que adquirí mi Alfa Romeo SS. Ese fue un buen día. Me divertí mucho ese día. Lindo auto. La anécdota por sí sola podría rayar en lo frívolo, sobre todo por el hecho de adquirir una máquina italiana de tan alto prestigio por aquella época de los años cincuenta, y más aún, cuando el país comenzaba a quitarse de encima el peso amargo de la Gran Depresión. Sin embargo, el hecho constata concretamente esa forma veloz y osada de vivir día a día. Le fascinaba conducir autos veloces; fumaba algo de hierba, sintonizaba en la radio a Stan Kenton o Dizzy Gillespie y acto seguido, aceleraba el Alfa Romeo, el Jaguar descapotable o el auto de turno, hasta alcanzar las 130 millas por hora a través de las costas de California. Chet Baker se desplazaba apresurado, algo se le escapaba siempre, y sólo conseguía sujetarlo al sostener su trompeta y soplar esas notas lentas casi arrastrándolas por el aire, muy peculiares en cada una de sus baladas.
El 14 de junio de 1987 Chet Baker realiza en Tokio uno de los conciertos más emblemáticos de su vida. A pesar del recién intento fallido de suicidio con barbitúricos y esa imagen cadavérica que comenzaba a proyectar, Chet Baker se encontraba en el crepúsculo de su gloria como lo había dicho John Vinocur para el New York Times. Aquella noche en medio del escenario del Hitomi Kinen Kōdō, el jazz de la Costa Oeste llevó a más de alguno en el público a estados profundos de melancolía y nostalgia. Acompañado por el pianista Harold Danko, del baterista John Engels y el contrabajista Hein Van Der Geyn, Baker pudo apropiarse al fin de aquellas interpretaciones que en un pasado le habían inspirado a cantar. En el momento que Chet Baker entonó la melodía de Almost Blue evocó también un sinfín de imágenes, la pieza parecía frágil, a punto de quebrarse pero no era un lamento, era un recuerdo del cual estaba a punto de despedirse, otra vez escapándose, y entonces bajó la trompeta y cantó: Almost blue, Almost doing things we used to do, There’s a girl here and she’s almost you… Después de ese concierto la balada dejó de ser de Elvis Costello, Baker se había desplazado libremente en ella haciéndola suya, condujo su trompeta y entonación vocal por vericuetos sonoros jamás escuchados donde fue fácil perderse. Había en ella la historia del jazz y la historia de un hombre que partió de Oklahoma en busca de aquella noche.
En uno de los últimos conciertos que dio por España, el fotógrafo Jordi Vicent capturó en su rostro a un Chet Baker cada vez más perdido en sí mismo. Ese rostro pálido y demacrado era dueño de una mirada vacía, una mirada del que todo lo ha visto, ya no reflejaba para nada aquellos ojos vivaces y ansiosos de ver mundo que William Claxton había retratado 36 años atrás. Tal vez por fin encontró lo que tanto perseguía abandonando para siempre el desasosiego.
En la película Permanent Vacation (1980) de Jim Jarmusch, hay una escena donde un hombre sentado cerca de la taquilla de cine le pregunta a Christopher Parker, el protagonista, si sabe qué es el efecto Doppler, Parker responde que sí, y para ejemplificar el efecto físico, el hombre risueño relata una historia:
̶ En los años 50 había un tipo que tocaba el saxo. Un saxo maligno. Pero estaba adelantado a su tiempo. Tocaba un sonido diferente, demasiado avanzado para su público. No encontraba trabajo porque no quería tocar al estilo tradicional. Y era malo para él. Sus amigos le decían: “Escucha, deberías ir a Europa. Allá es otra cosa. Te encontrarías bien, podrías tocar.” Reunieron dinero y le pagaron un boleto a París. Llegó a París y era la misma historia. Su estilo era demasiado nuevo. No sabía de dónde salía. Y no encontraba trabajo porque no quería ajustarse al estilo de la época. Se deprime, enferma. Está arruinado. Se fuerza a tocar en la calle. Toca todo el día, se droga. Todo tipo de cosas. No puede más, no consigue nada. Un día, decide ir a la azotea de un edificio y saltar. Terminar con todo. Está en alto, en un día gris. Todo es gris, el cielo es gris. Mira el suelo. Mira el cielo. Y en el momento de saltar, el cielo se aclara. Hay un rayo de luz que lo ciega, como en una visión. Toma su saxo y se pone a tocar “Somewhere Over the Rainbow:”taa raaa ta ra raa raaa raa. No puede continuar. No recuerda nada más. Sigue tocando. Ha olvidado la canción. De repente, ve gente abajo que lo escucha. La policía sube al tejado y se acerca por detrás. No consigue recordar la melodía. Se da la vuelta, ve a la policía y salta. Y allí está, abajo. No se ha muerto de la caída. No ha perdido el conocimiento. Escucha la sirena de la ambulancia que llega y hace: taa ra ra ra ta ra.
A simple vista esta historia peca de absurda, no obstante, podemos ver también a Chet Baker en ese saxofonista que cae por olvidar las notas, sólo que, a diferencia del segundo, el primero ha caído desde antes y sus últimos conciertos donde no entran ni diez personas son un reflejo de esa caída, de esa falta de memoria. La canción del saxofonista es un anhelo de colores y la olvida al verse rodeado en ese entorno grisáceo que sólo puede ser Nueva York, del mismo modo pudo haber sido Almost Blue en la mirada de un Baker que sólo observa su entorno de forma oscura. No es secreto que la muerte de Baker sucedió de igual manera, aunque recuerda un poco más al entrañable personaje de Julio Cortázar que cae de un doceavo piso. Este último tiene prisa por encontrarse con su mujer en la calle, afuera hace frío y decide ponerse un pulóver azul mientras silba un tango y la ventana se encuentra abierta. Tres personajes que caen del mismo modo pero por razones distintas, tres personajes que encuentran en la caída una forma de salvación a su interminable lucha, empero, sólo es Baker quien parte posiblemente satisfecho y sólo es posible esbozar una sonrisa mientras desciende y entonces, sólo en esa situación el efecto Doppler rompe sus leyes físicas, porque en cuanto el cuerpo impacta contra el suelo, toda la música de ese ángel sin alas, es escuchada por todos. Los desplazamientos sonoros de Baker son siempre un nuevo punto fuga, una manera de irse sin saber a dónde, pero la sola de idea de estirar la experiencia melódica es la mejor consecuencia que pudo haber tenido en esta trágica, pero bella historia de jazz.


