“México ha hecho historia: no ha ganado ningún Mundial pero ha sido sede de tres. A la FIFA le interesa este país porque tiene signo de pesos”
Ernesto Hernández Doblas
Crónicas que Muerden
Cada que la identidad nacional agoniza, alguien, para resucitarla, grita ¡¡Gol!!
Carlos Monsiváis
I
Esto ya no es marea, es Tsunami. Tsunami verde. Tsunami tricolor. Tsunami mundialista. Esto es babel que habla en lenguas multiculturales pero se resume en una sola: la Fiesta. Fiesta que es catarsis. Risas para no llorar. Llanto que se disfraza de gol y Cielito lindo.
Esto es el Mundial de Fútbol 2026. Atípico. Lleno de contrastes. Aquí se abraza la ternura y lo violento, la hermandad y el erotismo, el dolor y el paliativo, lo popular y lo elitista. Esto ya no es marea, es Tsunami corriendo por las calles a horas altas de la madrugada mexicana, que canta para no llorar, porque cantando se alegra…
II
No hay secreto: la FIFA es uno de los organismos más corruptos y abusivos del planeta tierra. Su nacimiento implicó la muerte del fútbol como actividad lúdica y obrera. Los señores del dinero convierten todo en un cadáver adornado y listo para ser consumido en un banquete de vampiros. Y sin embargo se mueve impune como sombra empoderada frente a los países. La FIFA es un poder por encima de los demás poderes. Algunos lo padecen más que otros pero al final del día se someten porque poderoso caballero es el dinero. Y porque como se sabe, todo gobierno es mafia con casimir y rolex. Y si no que nos lo diga con sus propias palabras el Castillo de Chapultepec.
Capitalismo habemus. El becerro de oro convertido en monstruo Lovecraftiano vestido de seda. Capitalismo salvaje o más bien hiper civilizado. Tan civilizado como un campo de concentración gigante e invisible. El balón y el supuesto juego limpio es lo que menos importa. El balón también se mancha. Lo central es la expansión de los mercados financieros. Esa expansión que, dadas las reglas del sistema, solo se logra con una red masiva de sobornos, lavado de dinero y fraudes de diversos tipos.
Y en este juego siniestro, Televisa es pieza clave. Por eso a los señores de la FIFA les gusta tanto este país. Aquí la industria del entretenimiento convirtió al fútbol en religión nacional y nacionalista. Es decir, en oportunidad idónea para enriquecerse a costa de las necesidades de un pueblo para encontrar maneras de huir, aunque sea durante 90 minutos, de la miseria, de la falta de oportunidades, de la frustración, de todo eso que duele y es provocado por los mismos que le ofrecen la anestesia.
III
Los festejos mundialistas en las plazas y avenidas de México ya son tradicionales y legendarios. Inolvidables. Excelentes dibujos del alma de un país, reflejo de sus contrastes y contradicciones. Esta vez no ha sido la excepción. Repetición y diferencia. De otro modo lo mismo.
Ahora están las redes sociales, es decir, la pornografía de la Imagen. Ahora lo que ocurre no se queda a nivel de cancha: crece, se magnifica, se reproduce y algo nos dice que no morirá porque lo virtual no participa del ciclo natural de la vida o de los acontecimientos. Lo que esa red devora (imagen, texto y sonido) permanece en una eterna circulación que ni el apocalipsis destruirá, entre otras cosas, porque el apocalipsis es aquí y ahora.
México ha hecho historia: no ha ganado ningún Mundial pero ha sido sede de tres. A la FIFA le interesa este país porque tiene signo de pesos. Incluso ahora que los precios exorbitantes propician un auge del elitismo en las gradas. Los boletos iniciales en reventa oficial y taquilla oscilaron entre los 34 mil y 54 mil pesos. Y entonces demostramos una vez más que a falta de dinero y oportunidades hacemos lo que mejor sabemos: celebrar. Incluso en la derrota. Incluso en la penuria. Incluso en y junto al dolor.
IV
Por hay un mundial en el estadio y otro en las calles. El de las élites y el de los demás. Esto de las calles es una torre de babel horizontal. Una marea de rostros y pies. Aquí ocurre la performance más política de todas: ágora que ningún populismo uniforma. Aquí mueren los binarismos o por lo menos se ponen en suspenso o por lo menos cambian de lógica. Nunca se sabe. En este paisaje de arcoiris todo puede pasar, lo registre una cámara o no. Aquí está el pueblo sin adjetivos de uso electorero. Ni bueno ni malo, simplemente pueblo. Multitudes que sin organizarse se organizan y ponen de acuerdo igual que hormigas cuyo trabajo es lograr un éxtasis compartido. Carnaval de identidades en tiempos posmodernos.
¿Éxtasis para qué en tiempos de penuria? Hasta la pregunta ofende. Nada más hay que ver como eros y thanatos se disputan el protagonismo en estas calles o avenidas. Las mujeres besan extranjeros que se dejan querer. El feminismo aquí es saliva empoderada: mi boca, mi decisión.
La multitud se amotina y los solitarios pueden por fin ser alguien: muchedumbre. La inclusión cabe sabiéndola acomodar. Ancianos y ancianas en silla de ruedas son izados como banderas de la alegría. A veces relucen los puños y las peleas sin guantes. A veces se rompe la delgada línea de la felicidad y el vandalismo. De pronto se improvisa un ruedo en donde un joven en silla de ruedas simula ser un toro bravo mientras otro lo cita desde lejos y aguanta con gallardía la embestida para torearlo con un capote verde, blanco y rojo. Infaltables luchadores con sus respectivas máscaras se arrojan de invisibles cuerdas. Ahora que las mascotas tienen estatuto de personas no podían faltar. Balbuceos de Moisés: patos, perros. gatos y algunos otros que aún no ha registrado la cámara.
Van tres partidos de la selección mexicana con un desempeño que va de lo mediano a lo mismo de siempre. Van tres partidos que no ofrecen mayor esperanza aunque no falten los publicistas del «¿Y si sí?» El frenesí en las calles pareciera como el de quien se disputa el primer lugar del mundo. No hay pruebas pero tampoco dudas. Así se siente México, así se vive México. Como agridulce beso en la piel.
V
¿Se trata de fútbol? ¿Realmente lo que vemos a través de las pantallas es un desbordamiento de pasión futbolera? La duda es legítima porque no hay causas para el tamaño e intensidad de los efectos. La fiebre no es por un balón ni por un equipo. La fiebre es por un pueblo que canta para no llorar y cuyo grito de gol es un lamento en un valle escondido. Octavio Paz lo dibujó en su libro El laberinto de la soledad: «El mexicano no se divierte: quiere sobrepasarse, saltar el muro de soledad que el resto del año lo incomunica».
Un cóctel molotov trasluce cada forma de celebración. Un cúmulo de emociones que han visto el momento ideal para colectivizarse. Frustración, dolor, contradicciones no resueltas, maquinaria del inconsciente que ejercita su escritura automática con los miles de almas que se acomodan y desacomodan para caber en el jarrito de un Viva México. Y las imágenes de un momento a otro ni se crean ni se destruyen: se transforman. Forman un álbum de memorias que serán sepultadas bajo el nuevo álbum de memorias que está a la vuelta de la esquina.
Desde niños de brazos hasta venerables ancianas que incluso simulan con un poste un table dance, lo mismo en Ciudad de México que en Guadalajara o Monterrey, sedes del mundial en nuestro país. Y comienzan y terminan en un abrir y cerrar de ojos los rituales colectivos que parecen surgidos lo mismo de un concierto de rock que de after en un antro, de happenings setenteros que de momentos de relajo en una escuela secundaria. Esto que ocurre es un inmenso momento de recreo en medio de un México con m de Muerte y de Madres buscadoras.
VI
Una postal que sirve como botón de muestra de la convivencia entre dolor y gozo: Virginia Ponce se hinca frente a un cerco policíaco que le impide el paso. Ella es integrante de un colectivo de madres buscadoras que protestan previo al mundial, buscando resonancia mediática de una situación que duele y lastima. Es 19 de junio, fecha más simbólica no puede haber. El Estado ayer y hoy no es lo mismo pero es igual. Virginia busca a su hijo quien desapareció un 20 de junio de hace 6 años. «Déjenos pasar por favor…no queremos hacer daño, queremos que nos comprendan…extraño a mi hijo». La respuesta del gobierno frente a esa imagen viral no tardó: cuestionar la procedencia de los recursos con los que viajó el colectivo.
VII
Esto ya no es marea, es Tsunami. Tsunami verde. Tsunami tricolor. Tsunami mundialista. Y para no contradecir la metáfora de agua, la naturaleza dejó que Tláloc formara parte del festín. El miércoles pasado jugó nuevamente el equipo nacional y la lluvia hizo su parte para que nuevas imágenes surgieran. Los charcos o connatos de inundación sirvieron para brincar, saltar y hacer danzas de tímido pero sincero eco prehispánico. Los cuerpos eran una pura risa y risa contagiosa.
Y surgen entonces las críticas y los dedos flamígeros de quienes consideran que todo esto es únicamente un derroche de fanatismo cuando no de atraso mental. Ya se sabe que en las redes todo es más exasperado y es muy fácil que una opinión se transforme en insulto. También sale a la vista el desprecio frente a lo que se percibe como vil exageración: ¿ qué festejan si se han jugado partidos mediocres con equipos ídem? Y tienen su parte de verdad sin duda, pero esto ya no es ni lo uno ni lo otro únicamente. Ni fanatismo ni fiesta futbolera. Esto es ya desborde de ese inconsciente colectivo que muestra su luz y su sombra. Eso que somos. Eso y más. Y más pronto de lo que esta columna se escribe ya están decenas de jóvenes en el piso simulando remar al unísono una embarcación vikinga, haciendo sonidos de guerra mientras otros tocan tambores. El acontecimiento dura no más de 10 segundos. Se paran. Aplauden y vitorean. Realismo mágico sin permiso de Márquez. Siguen la fiesta. Aquí la imaginación es una serpiente emplumada que no tiene fin.
VIII
Amanece. Las huellas de la celebración son evidentes. Un mar de basura extiende lánguidamente su oleaje frente a las escobas y manos de los empleados municipales en las distintas plazas del país. El sol no se anima a salir del todo, el frío sin ser invernal, cala. Amanece un tiempo nublado.
Todo parece volver de nuevo a la calma. Es un decir. México va de conflicto en conflicto y la polarización no espera ni admite treguas mundialistas. Los desaparecidos seguirán aumentando en número y el gobierno dirá una y otra vez que se están haciendo cosas. Se invertirán nuevos modos de distracción, de enajenación. No solo el fútbol sino la política misma, las redes sociales, las religiones y todo un sin fin de herramientas para el olvido de la sombra que nos cubre, de las violencias que nos atraviesan desde los cuatro puntos cardinales, de la tristísima y hermosa condición de ser humanos. Humanos mexicanos.


