A los 25 años, Yuvelis Morales recibió el Premio Goldman 2026. Pero su historia comenzó mucho antes…
Leonor Solís
Ecodepresión
Hay historias que una mujer no puede leer sin sentir una profunda admiración. La de Yuvelis Morales es una de ellas.
No solo porque a sus 25 años acaba de recibir el Premio Goldman 2026, considerado el reconocimiento ambiental más importante del mundo, sino porque representa algo que necesitamos visibilizar mucho más: el poder transformador de una mujer joven que decidió actuar cuando apenas tenía 18 años.
En un mundo que con demasiada frecuencia desestima la voz de las juventudes y cuestiona el liderazgo femenino, Yuvelis nos obliga a mirar en otra dirección. Su historia demuestra que la edad no determina la capacidad de transformar la realidad y que las nuevas generaciones no están esperando su turno: ya están construyendo el presente.
Yuvelis nació en Puerto Wilches, Colombia, a orillas del río Magdalena. Se define como hija del río, no como una metáfora poética, sino como una afirmación profunda de identidad. Tres generaciones de su familia han vivido de la pesca artesanal y han aprendido que el agua no es un recurso económico más, sino la base misma de la vida.
En 2019, cuando tenía 18 años, comenzaron a anunciarse los proyectos piloto de fracking en la región. La promesa sonaba familiar: más energía, más desarrollo, más crecimiento económico. Pero ella y muchos habitantes de su comunidad formularon una pregunta tan sencilla como poderosa: ¿desarrollo para quién y a costa de qué?
Yuvelis entendió algo que los grandes discursos suelen olvidar: no puede existir una decisión libre si las comunidades no cuentan con información suficiente para comprender aquello que amenaza su territorio.
Así nació Aguawil, una organización juvenil dedicada a informar a la población y a fortalecer la defensa del río Magdalena frente a los riesgos asociados al fracking.
Lo que siguió fue una experiencia tristemente conocida por miles de personas defensoras ambientales en América Latina: amenazas, intimidaciones y desplazamiento forzado. Defender la vida sigue siendo una actividad peligrosa en una región donde los intereses económicos suelen imponerse sobre los derechos de las comunidades.
Yuvelis tuvo que abandonar su hogar y exiliarse temporalmente en Francia. Y, sin embargo, no dejó de alzar la voz.
Hay algo profundamente conmovedor en esa persistencia. Durante décadas se nos ha dicho, explícita o implícitamente, que la juventud es inexperta, que la sensibilidad es una debilidad y que el cuidado pertenece al ámbito privado. Yuvelis ha demostrado exactamente lo contrario: el cuidado puede convertirse en una fuerza política transformadora y la sensibilidad en una forma de liderazgo.
La historia ofrece, además, una lección que merece ser observada desde México. En 2022, Ecopetrol suspendió los contratos asociados a los proyectos piloto de fracking y posteriormente la Corte Constitucional colombiana reconoció que se habían vulnerado los derechos de consulta previa de las comunidades afrocolombianas de Puerto Wilches.
Lo que parecía una batalla desigual demostró que la organización comunitaria puede alterar decisiones que parecían inevitables.
Porque en distintos puntos de México están surgiendo movimientos ciudadanos que defienden sus territorios frente a proyectos que amenazan sus ecosistemas y sus formas de vida. Lo vemos en Topolobampo y en muchas otras regiones donde las personas comienzan a preguntarse qué tipo de desarrollo desean construir.
La historia de Yuvelis ofrece algo más valioso que la inspiración: ofrece un precedente. Nos recuerda que las victorias ambientales son posibles cuando las comunidades se informan, se articulan y sostienen sus luchas en el tiempo, incluso cuando las probabilidades parecen estar en su contra.
También nos recuerda que la transición energética no puede construirse reproduciendo las mismas lógicas extractivistas que han provocado tantas injusticias socioambientales. Cambiar la fuente de energía sin transformar las relaciones de poder sería mantener intactas las desigualdades.
En tiempos marcados por la ecoansiedad y la sensación de impotencia, necesitamos aprender a contar estas historias. No para romantizar la resistencia ni convertir a las personas defensoras en heroínas solitarias, sino para recordar que existen victorias reales impulsadas por comunidades organizadas y, muchas veces, por mujeres jóvenes que han decidido no permanecer en silencio.
Mientras el mundo continúa debatiendo cifras de emisiones y escenarios climáticos, una verdad elemental emerge desde las orillas del Magdalena: defender un río es defender la posibilidad misma de permanecer en el lugar que llamamos hogar.
Porque la defensa de los territorios es también una defensa biocultural y colectiva. Es la protección simultánea de los ecosistemas, la memoria, los saberes, los vínculos y las formas de vida que sostienen a las comunidades.
Quizá esa sea una de las mayores enseñanzas que deja Yuvelis Morales: que una mujer joven puede alterar el rumbo de una historia que parecía escrita de antemano y que las comunidades organizadas poseen la capacidad de transformar decisiones que parecían inevitables.
Porque cuando un río resiste, también resisten la memoria, los afectos y los saberes de quienes han aprendido a vivir con él. Y en esa persistencia aparece una idea sencilla, pero profundamente necesaria para nuestro tiempo: el cuidado no es una fragilidad, sino una de las formas más poderosas de liderazgo que tenemos para imaginar y construir futuros habitables.
Ilustración portada: Reco


