Junto con otras y otros, fundaste el grupo Uandaricha (Los que hablan), allá por los 90, la mayoría de los cuales pertenecían al taller del maestro Tomás Rico Cano
Ernesto Hernández Doblas
Crónicas que Muerden
Soy sepultura atravesando los llanos del viento.
*
Alberto Portillo Ambriz
I
Has muerto. El viento de las tres de la tarde del tercer día de junio del 2026 me lo dijo. Al oído me llegó la tierna murmuración de tu adiós, como una voz de agua del lago de tu alma. Tu cuerpo abandonó su movimiento y tu alma desplegó su amplio vuelo sin frontera. Hasta ese momento te acompañó el fulgor de la poesía. La música de las palabras es un eco de tu corazón al mundo.
Habías nacido el domingo 13 de agosto de 1950 en la ciudad de Uruapan. Tu vida fue un tumulto de corazonadas vueltas ritmo e imagen en la patria del poema, era tu destino manifiesto de poeta. Tu vida es la metáfora de los jazmines. Eres el alba que siempre será.
II
Cuando el calendario de mis 15 años daba sus respectivas campanadas, el ruedo de mi sangre murmuró entusiasmos de torero. Dejé la escuela para siempre y abracé capote, muleta y sueños. A ciegas me entregué a un destino de naufragio, verso y soledades.
Quiso el capricho sabio del azar que fuera el novillero Mauricio Portillo Ambriz -tu hermano- mi maestro y guía en el toreo, mi amigo, mi cobijo en ese tiempo en el que desde entonces no dejé de ir en pos de la intemperie. Y fue entonces, una de esas tardes en que Mauricio se vestía de luces y yo tenía la fortuna de acompañarlo, que tuve la copiosa dicha de conocerte. Era cuando el tiempo de la poesía maduraba de sombra mi sendero.
III
¡Bendito azar que me puso ante un Poeta! Todo tú eras verso con redoble: tu voz grave y acentuada, tu sombrero como un sol que te corona, tu mezclilla rebelde, tus botas de caminos al andar forjados y tu morral al hombro como carabina de literatura. Alberto, todavía recuerdo los temblores y asombros erguidos de tantas y tantas conversaciones en las carreteras diurnas y nocturnas de la tauromaquia. Todavia tengo en la memoria cada gesto tuyo: alba con acentos de maíz y canto.
Después de los de mi padre, tus oídos nobles fueron los que hicieron existir mis torpes versos. Con atención de clérigo, escuchabas mis pecados de entusiasmo. Siempre tuviste para mí, palabras de aliento. Hallabas diamantes entre piedras que mi juventud acomodaba en los renglones.
¡Qué gozo compartido cuando tú leías tus poemas fulgurantes, en donde yo aprendí o recordé que la poesía es arder! Arder como una ofrenda. Como un lujo para todos, para nadie. Como decir que «(…) el recuerdo llega como un verso vagabundo a mojarme los labios de este poema».
IV
Naciste en Uruapan pero a los pocos meses y hasta la adolescencia, viviste en Apatzingán. A los 11 años Morelia fue el sitio de tu despertar poético. Ya tenías la influencia de tu padre quien escribía poemas y de vez en cuando los recitaba en reuniones familiares con aquella su voz grave de ternura solemne. Luego, un profesor de apellido Varela te fue envolviendo en la seriedad de la poesía.
En la preparatoria te dio clases el gigante Ramón Martínez Ocaranza. A pesar de una juventud no exenta de caos, terminaste tu carrera como Ingeniero Civil en la Universidad Michoacana e intentaste hacer vida en matrimonio y un trabajo acorde con tus estudios. Pero bien sabe dios y el diablo que no hay remedio para el veneno de la poesía. Ni remedio ni más quehacer que seguir su imperativo de mujer Lilith.
V
Alberto, tus manos de fuerza literaria, tejieron varios temas principales de pies a cabeza en tu poesía y en tu vida. La mujer con mayúsculas, musa y diosa, emoción al rojo vivo y nostalgia azul; los paisajes de pueblos morenos e indígenas en donde la digna rebeldía era de manteles largos; la indignación frente a las injusticias y el acompañamiento a movimientos sociales. Esos fueron los planetas que giraron en la hoja en blanco de tu eterna primavera.
Junto con otras y otros, fundaste el grupo Uandaricha (Los que hablan), allá por los 90, la mayoría de los cuales pertenecían al taller del maestro Tomás Rico Cano. Tus retratos costumbristas de versos situados, nos iluminaban territorios de esta tierra en resistencia. Lo mismo Tarecuato que Morelia, Ihuatzio que Coalcomán. Tu andar fue una entrega constante a lugares, personas, asombros. Y un lugar especial ocupó en tus renglones y alabanzas, esa estrella fugaz pero perenne que fue, que es, que será el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
Todos y todas quienes te conocimos fuimos tocados por tu magia pródiga. Magia que se renovó y creció cuando te fuiste por cinco años a Ihuatzio para ofrecer un taller literario, pero más que eso, fuiste a recibir y dar espíritu. Mismo abracadabra ocurrió cuando tú y la poeta, actriz y pintora Rocío Martínez, se encontraron para rimar el verbo crear en primera, segunda y tercera personas. Toda tu luz se daba siempre por contagio.
VI
Quienes admiramos tu poesía, quisiéramos que hubiera sido mucho más tu producción. Muchos más libros de tu talento abecedario. Ojalá pudieran reunirse las cinco publicaciones que lograste dar a conocer y además llevar a cabo un trabajo con tus textos inéditos, para llegar así a un poemario digno en tu honor y memoria. Tu poesía lo vale Alberto.
Tus versos, en donde laten fuerte tus influencias de Efraín Huerta, Ramón Martínez Ocaranza, Federico García Lorca y sobre todo de un escritor profundamente amado por ti: César Vallejo. Todos ellos recorren las páginas de -por ejemplo- Corazona, publicado en 1998 con un prólogo emotivo del cantante Francisco Vega «El Maguey» y un comentario acertado del poeta, pintor y cantautor Gildardo Noble. Dos de los amigos que compartieron contigo andanzas en la lucha social y en los avatares de la vida. También se suman Tlatelolca, Andares de mi tierra, Viaje al fondo de la calle y tu cuaderno publicado por el Colectivo Artístico Morelia.
VII
Juan Belmonte, el torero que revolucionó la tauromaquia en el siglo pasado, decía que «se torea como se es». Frase no por sencilla menos llena de verdad y síntesis del quehacer humano. Parafraseando al sevillano podríamos afirmar que se escriben poemas como se es. El estilo es la persona y viceversa. Por eso tu poesía, Alberto, está llena de gracia vertical y combativa. No cabían en ella las expresiones a media luz. Así como hablabas escribías, en el sentido de la pasión desabrochada y la contundencia de la imaginación que no pedía permiso ni se ajustaba a modos de cualquier tipo de corrección imperativa. Más que siempre hoy es necesaria la multiplicación de lo rebelde.
¡Qué afortunados los encuentros de palabras, ritmos e imágenes en tus renglones! ¡Qué potencia tu expresión de humano comprometido con lo humano! ¡Qué caballos tan desbocados en tus paisajes amplios de vitalidad y ternura!
«La luz monta
el monte auroral
camino cuesta arriba
temprana silueta divina
cimbra la tierra
sombra a ritmo del sol
y una canción cuesta abajo,
a cielo abierto
toca mi corazón». (Música natural)
Poesía de tal modo escrita es inmortal. Alberto, es nada más tu cuerpo el que se cansó y dejó su retrato en una huella de fantasma. Únicamente dejaremos de ver lo que la muerte se lleva para alimentar la vida y sus renovaciones de eternidad. Ahora que junio te ha vestido de lluvia, uno a uno tus poemas han comenzado a florecer. Alberto, atraviesas los llanos: en llama los conviertes.


