Regla de Tres

Las sombras de Otranto

“En todo momento la novela provoca una sensación de pequeñez frente a fuerzas enormes…”

En alguna ocasión, una estudiante nuestra del vecino Guanajuato, se fue a comer con nosotros, el grupo de investigación del laboratorio. Eran reuniones de convivencia, pero sobre todo de largas charlas sobre cine, literatura y música. Como varios de los asistentes conocían mi afición por la literatura policiaca, frecuentemente hablábamos de lo que estaba leyendo, en general novela negra.

La joven era muy conservadora y yo me había percatado de que, cuando salía el tema del noir, se veía inquieta. Hasta que un día no resistió más y me preguntó qué era eso de la novela negra. ¿Tendría algo que ver con la hechicería o algo parecido? ¿Y eso del gótico?

Ella tenía muy interiorizada la imagen de lo “negro”, lo oscuro y lo gótico como algo negativo, incluso peligroso. Le expliqué de qué se trataba y se notó que respiró más tranquila, aunque no creo que demasiado. Poco después nos dejó todo tirado y nunca se graduó. Siempre he sospechado que se marchó con la duda de si andábamos metidos en alguna actividad pecaminosa relacionada con castillos embrujados, detectives atormentados y otras malas compañías.

Esa reacción no es extraña. En la actualidad asociamos lo gótico con lo oscuro, lo depresivo, incluso con lo agobiante y terrorífico. Y no con un estilo arquitectónico -o artístico, en general- que se desarrolló en Europa occidental como evolución del románico entre los siglos XII y XVI, caracterizado, en arquitectura, por la presencia del arco ojival, los pináculos y las elevadas agujas.

En la literatura -tal vez la principal responsable de esa imagen popular-, el término se refiere a algo muy distinto. Y eso era precisamente lo que quería que aquella estudiante entendiera. El gótico designa un momento en que lo fantástico abandonó los mundos maravillosos de los cuentos de hadas para instalarse en espacios aparentemente reales, cargados de historia, ruinas, secretos y decadencia. Se trata de una de las raíces más importantes de la literatura fantástica moderna y posee rasgos muy específicos que la distinguen.

El gótico utiliza el miedo, el misterio y lo sobrenatural para explorar conflictos profundamente humanos: la culpa, la locura, la muerte, el deseo prohibido, el poder, la decadencia y el regreso del pasado.

Mientras otras formas de fantasía suelen mirar hacia la aventura o la maravilla, el gótico mira hacia la sombra.

Sus elementos fundamentales son claros: el pasado nunca está muerto. Regresa constantemente para reclamar cuentas. Por eso abundan los espacios antiguos: castillos, monasterios, mansiones familiares, criptas o cementerios, donde el espacio físico se convierte en una metáfora de la memoria. Aquí, la arquitectura deja de ser un escenario para convertirse en un personaje más, un organismo vivo y actuante.

Todo esto viene a cuento porque, pensando precisamente en estos temas, me encontré en una librería de viejo con El castillo de Otranto, publicada en 1764 por Horace Walpole y considerada la novela fundacional del género.

Ese libro lo leí en mi ya lejana adolescencia y me fascinó. Así que acometí la aventura de releerlo y disfrutarlo de una sentada. No me equivoqué. A pesar del tiempo transcurrido, sigue conservando buena parte de su fuerza. Tal vez ahora me parezca más ingenuo que entonces, pero continúa siendo igual de intrigante y perturbador.

La historia ocurre en un castillo medieval cargado de secretos, pasadizos, profecías y apariciones sobrenaturales. Todo comienza cuando Conrad, hijo del príncipe Manfredo, muere aplastado por un gigantesco casco de armadura que cae misteriosamente del cielo el día de su boda.

A partir de ese momento, la desgracia parece perseguir a la familia gobernante. Manfredo, obsesionado con conservar el poder y asegurar la continuidad de su linaje, toma una serie de decisiones cada vez más desesperadas y moralmente cuestionables, mientras extraños fenómenos invaden el castillo: retratos que cobran vida, armaduras que se mueven solas, voces fantasmales y señales que parecen anunciar el cumplimiento de una antigua profecía.

El castillo de Otranto presenta ya los principales elementos que definirán el género y sentarán las bases de obras tan poderosas como La caída de la Casa UsherFrankensteinCumbres borrascosasDráculaEl extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde o El retrato de Dorian Gray, todas ellas herederas directas del gótico romántico y victoriano.

Más adelante llegarían las derivaciones del horror cósmico de Lovecraft, la literatura weird contemporánea de autores como los hermanos Strugatski, Anna Starobinets o Jeff VanderMeer, e incluso los góticos modernos que aparecen en ciertas novelas negras de John Connolly o Fred Vargas. Todos ellos le deben algo a esta obra primigenia.

El castillo de Otranto presenta lo sublime y lo hermoso al mismo tiempo que lo terrible. Una boda -incluso una concertada, como era habitual en aquella época-, que debería ser una celebración se convierte en una historia aterradora; el duelo, que debería ayudar a sanar una pérdida, conduce a Manfredo hacia decisiones monstruosas; y la joven princesa consorte se ve arrastrada a una espiral de terror y sacrificio.

En todo momento la novela provoca una sensación de pequeñez frente a fuerzas enormes, una de las características esenciales del género.

Y también nos recuerda algo que las mejores obras góticas nunca han dejado de explorar: a veces los fantasmas son reales, pero con frecuencia los monstruos más peligrosos no habitan en lo sobrenatural, sino en la ambición, la locura, el poder o las razones que somos incapaces de comprender.

Manfredo es el verdadero monstruo de la historia. No los espectros que recorren los corredores del castillo. Él encarna el deseo desmedido, la transgresión, el poder sin límites y la fragmentación moral que surge cuando la ambición se impone sobre cualquier consideración ética.

Atrévase con El castillo de Otranto y abra una ventana hacia este género fundamental.

Quizá por eso sigue resultando tan atractiva dos siglos y medio después. El gótico no habla realmente de fantasmas, castillos o vampiros. Habla de algo mucho más cercano: de las sombras que acompañan a toda sociedad y a toda persona. Sombras que creemos haber dejado atrás, pero que siempre encuentran la forma de regresar por los pasillos más oscuros de nuestra memoria.


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