En los mundiales de 1970 y 1986 el balón en México rodó entre la protesta social, rompiendo la censura oficial con abucheos en cancha para los presidentes en turno
Redacción
En México, la protesta social ha acompañado históricamente a las copas mundiales celebradas en territorio nacional. Tal como sucede hoy día en el país -y particularmente en los tres estados sedes del campeonato-, los intentos de las autoridades por acallar las voces de inconformidad por la realidad mexicana han resultado infructuosos.
La historia demuestra que la exigencia social ha sabido abrirse paso en calles y estadios.
Las dos primeras Copas del Mundo organizadas por México, en 1970 y 1986, se planearon como grandes escaparates de modernidad, pero terminaron convirtiéndose en foros de protesta ciudadana. La sociedad civil, aprovechó la mirada internacional para manifestar su disgusto frente a la realidad nacional.
En mayo de 1970, el país aún respiraba la atmósfera de terror generada por la matanza de Tlatelolco, ocurrida veinte meses atrás, así como al hecho de que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz mantenía una feroz persecución sobre la juventud, buscando erradicar cualquier rastro de disidencia estudiantil en las calles. Con el fin de blindar el torneo y silenciar el descontento, las autoridades desplegaron al Ejército y a la policía secreta dentro y fuera de los estadios.
Ante la imposibilidad de marchar por las calles por la militarización en torno a la fiesta futbolera, fue la voz de la afición congregada en la butaquería el arma para manifestar su inconformidad. El 31 de mayo de 1970, cuando Díaz Ordaz tomó el micrófono para inaugurar el campeonato, la rechifla fue ensordecedora, tanto que la FIFA optó por prescindir del mandatario en el resto de los eventos oficiales de la copa mundial.
Las pantallas de Telesistema Mexicano optaron por la censura frente a la rechifla a Díaz Ordaz: optaron por encuadres cerrados sobre el palco presidencial, mientras que los ingenieros de sonido bloquearon el audio ambiental en la señal oficial, simulando un ambiente de respeto al mandatario.
La prensa internacional rompió el cerco de censura oficial que el régimen mexicano intentaba imponer, agencias como Associated Press y Reuters, junto a diarios como The New York Times y Le Monde, recordaron al mundo la Matanza de Tlatelolco y describieron el Estadio Azteca como un recinto militarizado. Los corresponsales extranjeros calificaron la rechifla a Díaz Ordaz como un genuino “juicio público acústico”.
En 1986, para la segunda Copa Mundial de la que México era sede, la tensión social se hizo presente tras el devastador terremoto que azotó al país el 19 de septiembre de 1985, acumulando inconformidad de la población por la lenta e ineficiente respuesta oficial para rescatar y reconstruir los hogares destruidos.
En el municipio de Nezahualcóyotl del Estado de México, donde se jugaban partidos oficiales, fueron escenario de álgidas protestas, en las que miles de ciudadanos indignados por la escasez de alimentos básicos y de agua potable rodearon las inmediaciones del Estadio Neza 86, con consignas como “¡No queremos goles, queremos frijoles!” y “¡No queremos mundial, queremos aumento salarial!”.
El Estado mexicano respondió con el uso de las fuerza, policías y cuerpos antimotines disolvieron violentamente las marchas en los alrededores del estadio a punta de porrazos y gases lacrimógenos.
El 31 de mayo de 1986, previo al encuentro entre las selecciones de Italia y Bulgaria, la historia se repitió durante la inauguración del Campeonato. Cuando João Havelange, presidente de la FIFA, mencionó el nombre de Miguel de la Madrid Hurtado, las tribunas del Estadio Azteca se encendieron, y cuando el mandatario quiso pronunciar su discurso, la silbatina generalizada y las mentadas de madre se dejaron sentir.
Para 1986, la cobertura de la prensa extranjera incluyó el salir de los palcos deportivos y adentrarse en las calles devastadas por el sismo. Diarios como El País y La Vanguardia de España destacaron en sus portadas que el momento más memorable de la inauguración fue el repudio unísono a Miguel de la Madrid, mientras cadenas como la BBC documentaban el violento contraste entre el derroche de la FIFA y los campamentos de damnificados.
El descontento catalizado durante el Mundial de 1986 unió de forma definitiva a los comités de damnificados y a los sindicatos estudiantiles independientes. Estas agrupaciones vecinales dieron vida en el entonces Distrito Federal, a la Coordinadora Única de Damnificados y tomaron las principales vialidades, como el Paseo de la Reforma, como su espacio de lucha.
Las protestas de ambos torneos demostraron que el fútbol no logró operar como el sedante social que el sistema político en México requería con urgencia.

