“…atravesó no solamente una guerra civil que estableció un régimen de carácter totalitario en su país de origen, sino también las dogmáticas costumbres islámicas…”
Julio Alberti López Blanco
Cómicsario
El 4 de junio fue un día triste para los fanáticos de la narrativa visual: Marjane Satrapi, artista pilar del cómic franco-belga, falleció de “tristeza”. Esto a casi un año de la muerte de su esposo Mattias Rippa.
Satrapi nació en Teherán, una ciudad marcada por los milenarios conflictos persas que atraviesa aún en día Irán. Como muchas personas en su situación, la migración, un privilegio para muchos iraníes, fue su salvación.
La artista atravesó no solamente una guerra civil que estableció un régimen de carácter totalitario en su país de origen, sino también las dogmáticas costumbres islámicas que como mujer la encadenaban.


Su vida como mujer iraní es narrada en su obra cumbre Persépolis; donde de forma autobiográfica narra el crecimiento de una pequeña, Marjane, rebelde y arraigada a su familia liberal.
En las páginas de su nóvela gráfica se ve la transformación de la niña a una mujer, de forma simultánea en que un país se transforma en un régimen. Entre los cuestionamientos infantiles que comparan a Marx con Dios, hasta los constantes bombardeos a Teherán y la búsqueda de una adolescente por un casete de Michael Jackson o de Iron Maiden, Persépolis enmarca un momento histórico a través de los ojos de su autora.
Su obra pasó a convertirse en una de las más reconocidas en la historia del llamado arte secuencial, y es un logro para los artistas independientes y para la visión femenina en el ámbito del cómic. Entre los muchos premios que ganó la autora, se destaca el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, otorgado en 2024.

Tras su lamentable fallecimiento, Satrapi dejó un legado que más allá de su obra más conocida (que llegó incluso a la pantalla con una adaptación cinematográfica), expandió su personal acercamiento al cómic como lo fueron Bordados del año 2003, e incluso en febrero del 2026 creó la Fundación para el cine Mattias y Marjane Ripa-Satrapi.
Satrapi se fue y deja una marca enorme en el cómic, al demostrar que la narrativa gráfica tiene un impacto enorme como testimonio histórico, y ayudó a quitar el estigma de que las historietas únicamente son de superhéroes; en sus páginas, estableció que la historia puede ser cómic y que el cómic se convierte en historia.



