“Son bicicletas que se desplazan cotidianamente sobre ese otro México, subcutáneo, del que muchos se enorgullecen y otros quisieran sepultar”
Rogelio Josue Ramos Torres
Desde un par de Pedales
Se les mira rodando impertérritas, adustas, desvencijadas, a la vera de los arroyos vehiculares, recorriendo las periferias, serpenteando entre vehículos que las repudian, abriéndose paso entre los puestos de los mercados públicos, rebotando sobre las piedras de los caminos rurales, apoyadas en los alterones de tabiques en las construcciones, apiladas en los estacionamientos de las fábricas. Aunque bueno, decir “se les mira” es eso, un decir, porque en términos de movilidad su presencia discurre en los últimos reductos de los márgenes, ahí donde el desdén lo vuelve todo invisible.
Son bicicletas que se desplazan cotidianamente sobre ese otro México, subcutáneo, del que muchos se enorgullecen y otros quisieran sepultar. El México profundo, el que viene de lejos, el que nos contó Guillermo Bonfil Batalla. Ese que, habiendo emanado de las cenizas, de la sangre y de la tierra arrasada que dejó la Colonia representa hoy su continuidad. Es el México esencialmente indio que Rivera y Siqueiros trataron de capturar, pero que hoy se manifiesta en múltiples expresiones y en un igual número de ámbitos.
Es, también, el México de asfaltos carcomidos, el de estelas de smog y humo de las garnachas, el de caminos repletos de perros pendencieros. El México que ha sido víctima histórica de ese otro país antitético al que Bonfil llama el México imaginario, el dominante, el que mayor peso tiene cuando se trata de moldear la vida a pesar de carecer de raíces, de carne, de sangre. Es el país de élites insustanciales, un México artificiosamente diseñado para responder a los intereses de unos pocos que proceden bajo pretensiones de superioridad falaces.
Son dos Méxicos que, contrario a lo que pudiera parecer, no coexisten, dice Bonfil. Entre ellos hay solamente la intención desnuda de las élites por dominar al resto, por imponer su proyecto civilizatorio sin la más mínima consideración por la diferencia. Es este imaginario elitista el que se ha impuesto como referente para moldear la organización, los valores y sí, también los espacios materiales de la vida pública nacional.
Nuestras ciudades y su trazo son una fiel representación de ese México plastificado, construido de espaldas a mayorías a las que interesa no incluir sino subordinar. Un desprecio desde el que se podría explicar una buena parte de los problemas actuales de la vida urbana, y en contra del cual hay multitudes reacias que, a pesar de todo, no terminan de amoldarse al diseño de sistemas que en los hechos operan sacrificando el interés general.

Una mirada a la relación que hay entre centro y periferias basta para confirmar la continuidad de proyectos a los que interesó desde un inicio blindarse ante la mezcla de las razas. Diseños urbanos que tuvieron como objetivo el relegamiento espacial de las franjas indígenas privándolas de los beneficios del casco central de la ciudad. Una división seminal que tuvo como principio la desconsideración absoluta por las formas de organización socioespaciales previas, que impulsó el trazo de vías de comunicación ignorando o aplastando otras que ya funcionaban, que usó a las ingenierías para ridiculizar al conocimiento vernáculo que los viejos moradores resguardaban.
Y, sin embargo, a cada nuevo giro de la historia, el México profundo emerge indeleble, orgulloso, levantándose sobre las fronteras, refrendando su raigambre, aferrándose a su milpa, atrincherándose en sus lenguas, refugiándose en sus cocinas, apertrechándose en sus credos. Expresiones, dice Bonfil Batalla, de un conglomerado nacional auténtico, cuya obstinada permanencia choca una y otra vez con los intentos emprendidos por las élites para construirse su propia versión de país.
Desde esta mirada, hay bicicletas que pueden ser pensadas como el reflejo de un México que se niega a plegarse, como el recurso de franjas sociales que han encontrado en las dos ruedas una herramienta para burlar los encajonamientos de la marginación y brincar los bordes tras los que se ha buscado recluirlas. Ciclistas portadores de identidades que a lo lejos se desprenden de la lucha que rebeló a los peones contra las prohibiciones de desplazamiento impuestas por el hacendado, de las desiguales batallas que enfrentaron al metal contra la detonación del fuego.
Ahí está el jardinero que recorre la ciudad con su desbrozadora a cuestas, ahí está el plomero con su cajón de herramientas pedaleando calles de arriba abajo, ahí también está el chalán del mercado cargando pollos, el campesino rodando cuesta arriba con su machete empotrado en el cuadro, ahí está la niña llevando su tercio de leña entre la milpa, ahí el pescador encaminándose al mar con sus aperos montados en el triciclo. Personajes que tripulan bicicletas en cuya dureza y rudimento se espejea el temple con el que se enfrentan los rigores de la vida misma. Bicicletas adustas, rechinantes e inquebrantables como la consistencia de ese México hondo para el que cada día es una batalla en contra del olvido. Muy distintas a las frecuentemente romantizadas bicicletas clasemedieras que a veces parecieran tener propósitos más ornamentales que otra cosa.
No, las bicicletas del México profundo responden en muchos casos a tradiciones de movilidad que vienen también de más lejos, que han sido definidas por otro tipo de lazos con el territorio. Provenientes de pueblos y periferias que sortean las desigualdades históricas creando y recreando prácticas que no son las del orden capitalista. Bicicletas de costo bajo y valor altísimo, protagonistas de resistencias que ruedan para defender culturas y conocimientos que se niegan a desaparecer.
Pedaleos que deambulan por los rincones más recónditos de ciudades y pueblos planteando cuestionamientos incómodos para planificadores que no tenían contemplada su presencia. Cuestionamientos que de alguna manera interpelan también a los movimientos ciclistas surgidos en gran proporción de las clases medias urbanas. Sectores que a menudo están desconectados de las realidades de las franjas sociales más desprotegidas, pero que hoy, cuando su activismo abre grietas para pensar a las ciudades desde umbrales de pluralidad mayores, tienen también una oportunidad para incorporar las perspectivas de esos otros perfiles ciclistas.
Aunque mucho hay que cavar para movilizar al México profundo, dice Bonfil Batalla, podría haber ahí, en esas otras formas de pedalear, una fuerza y argumentos importantes para robustecer la causa ciclista que busca la democratización efectiva de la ciudad y sus espacios. Después de todo, el propio Bonfil decía que es en el México profundo donde habría que buscar las claves para poder pensar en porvenires más prometedores. Recurrir, por tanto, a las bicicletas tripuladas por quienes mueven a una buena parte de ese México, podría ser una apuesta no solamente acertada sino pertinente.
Portada: “Ahí está el jardinero que recorre la ciudad con su desbrozadora a cuestas, ahí está el plomero con su cajón de herramientas pedaleando calles de arriba abajo…” | Fotografía: Sergio-sq | Pixabay

