Regla de Tres

El pergamino

“La historia es sencilla, pero contiene un elemento genuinamente perturbador. La razón nos dice que se trata apenas de un documento…”

Los cuentos y las novelas que arrancan con el hallazgo azaroso de un texto misterioso y terminan conduciéndonos a universos fascinantes siempre me han seducido. Tal vez el que más me marcó fue Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Jorge Luis Borges: la historia de un libro, de un mundo o quizá de un universo apócrifo, pero tan hermoso como inquietante. Desde entonces, casi cualquier relato construido a partir de libros, bibliotecas o librerías -esos lugares donde a veces parece abrirse una puerta hacia otros mundos-, se convierte automáticamente en lectura obligada para mí.

Por eso quiero pensar -pura ilusión, lo admito-, que la editorial RBA se inspiró en esa misma fascinación, que no es solo mía sino de cualquiera que ame profundamente los libros, para construir su colección Bibliomisterios. Una serie que mezcla misterio, bibliofilia y obsesión; combinación difícil de resistir para quienes vemos en los libros algo más que simples objetos impresos. Con el texto de hoy terminamos, al menos por ahora, los títulos publicados de esta colección. Y digo por ahora porque deseo sinceramente que crezca: sobran obras, autores, manuscritos imaginarios y textos malditos para seguir alimentándola.

Hoy toca hablar del cuarto y último volumen publicado hasta este momento: El pergamino, de Anne Perry (RBA, 2024).

Monty Danforth trabaja en una librería especializada en libros raros, pergaminos antiguos y primeras ediciones de obras clásicas. Su clientela está formada por coleccionistas, expertos y eruditos que persiguen estas piezas con verdadero fervor y están dispuestos a pagar desde miles de libras hasta auténticas fortunas. En esta ocasión, Roger Williams, propietario del establecimiento -quien debe ausentarse unos días por una indisposición-, le encarga terminar de catalogar la biblioteca adquirida a la familia Greville como parte de una herencia, con la intención de ponerla a subasta.

Con la idea de vender todo en un solo lote, Monty busca concluir el trabajo rápidamente. Entonces, casi por azar, encuentra en el fondo de una caja -de la que ya había extraído un paquete de libros-, una vieja lata de galletas. Al abrirla descubre que contiene un pergamino cuidadosamente envuelto. Al extenderlo, se encuentra con un documento manuscrito en caracteres que le recuerdan al hebreo.

El pergamino está elaborado en vitela y, sin embargo, algo no encaja: pese a lo que aparenta, su estado de conservación le hace pensar que podría tratarse de una falsificación reciente. Sea como sea, decide enviarlo a un experto para que dictamine su autenticidad y, en consecuencia, pueda asignársele un precio adecuado para la subasta. Antes, prudentemente, intenta sacar una copia.

Y aquí comienza el verdadero misterio.

El documento es, literalmente, incopiable. Ni la fotocopiadora ni una fotografía tomada con el celular consiguen registrarlo: el resultado es siempre una superficie en blanco.

Algo en aquel pergamino resulta profundamente inquietante. Y para complicar aún más las cosas, comienzan a aparecer una sucesión de compradores “expertos”, todos personajes casi arquetípicos del género -un coleccionista, un obispo, un erudito-, que, entre amenazas veladas y una cortesía apenas sostenida, le ofrecen comprar el pergamino al precio que él mismo determine.

Comienza así una aventura construida con misterios, verdades a medias y la inquietante posibilidad de que el documento contenga un conocimiento que jamás debió divulgarse. Cada uno de los interesados asegura que su propósito es el correcto: poseerlo, destruirlo… o revelarlo.

No contaré más.

La historia es sencilla, pero contiene un elemento genuinamente perturbador. La razón nos dice que se trata apenas de un documento; tal vez apócrifo, tal vez una lista de compras, quizá las memorias olvidadas de alguien cualquiera.

O no.

En El péndulo de Foucault (1988), de Umberto Eco, un grupo de intelectuales que trabaja en una editorial milanesa, aburrido de lidiar con manuscritos de autoayuda, autoedición, libros esotéricos, textos pseudohistóricos y conspiraciones de ocasión, decide jugar una broma intelectual: inventar una gran teoría conspirativa que conecte templarios, ocultismo, sociedades secretas y toda suerte de delirios históricos. Se divierten enormemente.

El problema aparece cuando hay lectores que lo creen todo a pie juntillas.

Y entonces la ficción deja de ser inocente.

Ese es, en el fondo, el juego que también propone El pergamino. No tanto preguntarnos qué contiene realmente ese texto -que ya de por sí resulta fascinante-, sino qué ocurre cuando alguien decide creer que contiene una verdad absoluta.

Porque de ese tamaño puede ser la pasión por los libros. O la obsesión.

Quienes amamos las bibliotecas, los manuscritos antiguos, las librerías de viejo y esa promesa secreta de que entre páginas amarillentas puede esconderse una revelación, entendemos perfectamente esa seducción. Sabemos que hay libros que parecen mirarnos de vuelta.

Tal vez por eso historias como esta funcionan tan bien.

Porque en el fondo todos queremos creer -aunque sea por un instante-, que un texto olvidado en el fondo de una caja no es simplemente papel envejecido, sino la puerta hacia un misterio mayor.

Y porque, como Eco nos recordó con brillante malicia, el verdadero peligro no está siempre en los textos.

A veces está en los lectores.

No se lo pierda.


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