La transición energética dejó de ser una promesa diplomática. En Santa Marta comenzó, quizá, una conversación más incómoda…
Leonor Solís
Ecodepresión
La transición energética dejó de ser una promesa diplomática. En Santa Marta comenzó una discusión más incómoda: cómo abandonar los combustibles fósiles sin repetir las desigualdades del modelo extractivo que los sostuvo.
A finales de abril, representantes de 57 países se reunieron en Santa Marta, Colombia, durante la Primera Conferencia Internacional para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles. El encuentro, impulsado por Colombia y Países Bajos, no produjo un tratado vinculante ni anuncios espectaculares capaces de dominar la conversación mediática global. Y quizá ahí radique parte de su relevancia.
Santa Marta no fue una cumbre diseñada para ofrecer una fotografía triunfalista ni una lista de promesas grandilocuentes. Fue, más bien, un intento por responder una pregunta que el sistema internacional ha evitado durante años: ¿cómo se abandona realmente la dependencia de los combustibles fósiles sin profundizar las desigualdades que ya existen?
Durante décadas, la política climática global intentó reducir emisiones sin discutir de frente la expansión fósil. Las grandes cumbres internacionales perfeccionaron el lenguaje técnico, pero dejaron intacta una contradicción evidente: el mundo promete descarbonizarse mientras continúa ampliando proyectos de extracción y exportación de hidrocarburos.
Santa Marta buscó romper esa lógica.
La relevancia del encuentro no estuvo únicamente en sus conclusiones, sino en la forma en que reunió actores que rara vez comparten la misma mesa. Ministros dialogando con pescadores artesanales; académicos junto a representantes indígenas; expertos financieros escuchando comunidades afectadas por proyectos extractivos. En un sistema internacional cada vez más fragmentado, la conferencia funcionó como un ensayo de otro tipo de multilateralismo: uno menos centrado en consensos perfectos y más enfocado en construir alianzas entre quienes están dispuestos a actuar.
Y eso importa.
Importa porque la transición energética ya no puede entenderse solo como un cambio tecnológico. No se trata únicamente de reemplazar gasolina por autos eléctricos o petróleo por paneles solares. La discusión real es mucho más profunda: qué economías se van a construir después del modelo fósil y quién tomará esas decisiones.
En Santa Marta apareció con fuerza una idea incómoda para muchos gobiernos y empresas: la transición también puede reproducir injusticias.
Diversas organizaciones indígenas y territoriales advirtieron que algunos proyectos de energías renovables han comenzado a replicar prácticas extractivas similares a las de la minería o los hidrocarburos: despojo territorial, falta de consulta y concentración de beneficios económicos. El mensaje fue contundente. Una transición energética no será justa únicamente porque use tecnologías “verdes”.
Ese punto es especialmente relevante para América Latina. La región posee enormes reservas de minerales estratégicos, biodiversidad y potencial energético renovable, pero también una larga historia de extractivismo y desigualdad. El riesgo de cambiar petróleo por litio, o gas por megaproyectos solares impuestos desde arriba, es real.
La conferencia también dejó otra discusión crucial: quién pagará la transición.
Muchos países del Sur Global dependen fiscalmente de los ingresos fósiles mientras enfrentan crisis de deuda y enormes limitaciones financieras para invertir en alternativas energéticas. En Santa Marta se discutieron propuestas que hace pocos años parecían políticamente inviables: impuestos a las ganancias extraordinarias de petroleras, alivios de deuda y mecanismos de financiamiento internacional orientados a una transición justa.
No es casual que estas conversaciones ocurran ahora. La crisis climática dejó de ser una advertencia científica distante para convertirse en experiencia cotidiana. Sequías extremas, incendios, olas de calor y pérdidas agrícolas ya están reconfigurando economías y territorios enteros.
Sin embargo, quizá el aspecto más significativo de Santa Marta fue otro: reconocer que el futuro energético ya no depende únicamente de las grandes potencias.
Estados Unidos, China y otros grandes productores fósiles no marcaron el rumbo del encuentro. Y aun así, la conferencia avanzó. Esa decisión política -no esperar unanimidad global para empezar a actuar-, puede convertirse en uno de sus principales legados.
Porque el verdadero debate ya no es si el mundo tendrá que abandonar los combustibles fósiles. La evidencia científica y económica apunta en esa dirección desde hace años. La pregunta es cómo ocurrirá esa transición y quién quedará dentro o fuera de ella.
Santa Marta no resolvió esas tensiones. Apenas las puso sobre la mesa.
Pero en tiempos donde el negacionismo climático regresa con fuerza y donde muchos gobiernos siguen apostando por profundizar el extractivismo como salida económica inmediata, abrir esa conversación ya representa un cambio político importante.
Ilustración portada: Pity


