Regla de Tres

Quedar en vilo

Algo en los textos de Samanta Schweblin se instala sin avisar. Cuando quieres salir, ya es tarde

Hay textos que no se explican del todo, pero algo en ellos se queda. Una escena mínima, un gesto apenas desviado, una sensación difícil de nombrar. Leer a Samanta Schweblin tiene algo de eso: uno entra sin resistencia y, sin notarlo, ya no puede soltar la historia.

En sus cuentos y relatos -y también en novelas como Distancia de rescate o Kentukis-, todo parece cercano al inicio. Situaciones reconocibles, espacios cotidianos. Pero algo se mueve. No de forma evidente. Es apenas una variación, una posibilidad que aparece.

Y entonces uno sigue.

Sin saber del todo por qué, pero con la sensación de que algo está por ocurrir. Como si la historia avanzara apenas un paso y, aun así, ya no fuera posible abandonarla.

Hay algo inquietante en sus historias, y también profundamente fascinante. No se oponen: ocurren al mismo tiempo.

Todo parece normal al principio. Un espacio cotidiano, una relación familiar, una escena reconocible. Pero algo empieza a desajustarse. Y en ese leve desplazamiento aparece la tensión.

Nada se explica del todo. Lo que falta lo completa el lector, casi sin darse cuenta. Y en ese gesto -en esa participación silenciosa-. la historia termina de cerrarse, o de abrirse aún más.

En esos relatos aparecen vínculos que se tensan, cuerpos que dejan de ser del todo confiables, entornos donde algo parece fuera de lugar. Nada se declara abiertamente, pero todo se siente.

En El buen mal, una mujer se ata un yunque al cuerpo, se lanza a un lago y el intento falla. Sale del agua. Vuelve a su casa. Prepara la cena.

Esa forma inquietante de contar aparece una y otra vez en su escritura. Y resulta inevitable preguntarse de dónde viene.

Cuando Samanta era niña descubrió algo.

Por las noches, su madre le leía cuentos y, en algún momento, se detenía para proponerle que inventara el final. Era un juego.

Pero en ese juego ocurrió algo que la propia autora ha contado con claridad: entendió que podía llevar la historia hacia un punto en el que algo quedara por resolverse.

Y también entendió otra cosa.

Que su madre se quedaba en vilo.

Que se abría un intervalo breve, casi imperceptible, donde todo dependía de lo que ella dijera a continuación. Un instante sostenido, sin resolución, en el que alguien más quedaba pendiente de su voz.

Que toda su atención se posaba sobre ella, sobre lo que iba a decir. Que, por un instante, no era solo su madre, sino alguien que realmente quería saber qué iba a pasar.

Esa sensación -de dejar a alguien en vilo con algo que una misma está construyendo-, no se pierde.

Aparece una y otra vez en su escritura.

En libros como Pájaros en la boca o Siete casas vacías, lo que queda no es únicamente la historia, sino ese momento en que algo está por suceder y no termina de hacerlo. En Distancia de rescate, esa tensión se vuelve más larga, más densa.

Ahí es donde ocurre todo.

En ese instante en que la historia no se cierra.

Porque, en algún punto, el lector queda en el mismo lugar que esa madre.

En vilo.

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