“Madres de la guerra sucia que siguen buscando la verdad que ocultan los gobiernos de ayer, los de hoy, los de mañana”
Ernesto Hernández Doblas
Crónicas que muerden
I
Madres de la Plaza de Mayo: resistencia de pañuelos blancos, centro del mundo al sur del mundo. Madres del 68: octubre que sigue lloviendo. Llanto con el puño en alto. Madres de la guerra sucia que siguen buscando la verdad que ocultan los gobiernos de ayer, los de hoy, los de mañana. Madres: Útero de la memoria, Coatlicue infinita.
Esta estirpe de mujeres tiene uno de sus múltiples ejemplos en tiempos de la Rusia del horror estalinista. Dictadura roja, ignominia zurda. Ahí donde el nombre de la poeta Ana Ajmátova es una bomba en el tiempo. Una bomba de tiempo que de boca en boca escribió un memorial de resistencia.
Ajmátova pasó 17 meses en las filas junto a otras y otros que esperaban noticias de sus familiares, encarcelados por el dictador ruso.17 meses recibiendo de respuesta los cerrojos de hierro, los silencios de invierno. A la poeta le habían arrebatado a su único hijo para condenarlo dos veces a purgar sentencias en el gulag. 17 meses. Impotencia. Resignación. Rabia. Serpientes enroscadas en la garganta.
Sin embargo, como escribió en la historia un primero de enero de 1994 el Ejército Zapatista de Liberación Nacional: la palabra que vino desde el fondo de la noche y de la historia, ya no podrá ser arrancada por la soberbia del poder.
En su célebre poema llamado “Réquiem”, Ana Ajmátova cuenta como una mujer de ojos esperanzados le preguntó: ¿puede usted describir esto?, a lo que ella respondió firme como cuarzo de ternura:
Puedo.

II
En el mapa mexicano del horror contemporáneo, existe una geografía de cicatrices. Palas y rumores remueven la tierra con crujir de huesos: preguntas sin respuesta hacia los cuatro puntos cardinales. Son las madres buscadoras, hormigas de luto, obreras de la luz entre los muertos y los vivos. No únicamente buscan cuerpos y nombres sino tomar por asalto el vacío que el Estado y la indiferencia día con día se empeñan en hacer crecer. Para ellas, el tiempo se ha quedado detenido en un álbum en cuyas fotografías falta un hijo, una hija, un fruto del árbol de su biografía.
Para ellas también escribió la poeta rusa: «Despertábamos temprano, como para la misa matutina, y atravesábamos la capital totalmente salvaje. Confluíamos en un punto, más inánimes que un muerto, más opacos que el sol, más brumosos que el Neva, pero la esperanza continuaba a lo lejos su canto».
Esa misma esperanza que acompañó hasta sus últimos días a María del Carmen Morales, integrante de Guerreros Buscadores de Jalisco quien fue asesinada junto a su hijo en Tlajomulco, Jalisco. Esa misma esperanza, es fe inquebrantable que no dejó nunca de enarbolar Teresa González Murillo, asesinada en Jalisco, era miembro del colectivo Luz de Esperanza. Esa misma esperanza, esa fe, ese latido que sigue viviendo en Rubí Patricia Gómez Tagle, hallada muerta en su domicilio en Mazatlán, Sinaloa, integrante del colectivo Corazones Unidos.
En las últimas dos décadas hay un registro de por lo menos 132 mil personas desaparecidas. Se llevan registradas 4 mil 500 fosas clandestinas encontrándose hasta el momento 6 mil 200 cuerpos y 4 mil 600 restos óseos. Cifras que todo gobierno se ha empeñado en maquillar, esconder, minimizar.
Y entonces, la voz viva y vibrante de Ana Ajmátova cruza los tiempos y el espacio para decir, para decirnos: «Otra vez se avecina el Día de los Muertos. Ya las veo, ya las oigo, ya las siento. Y aquella, que no pudo soportar el sufrimiento, y aquella, que ya no pisa el suelo materno, y a la que sacudiendo su hermosa cabellera dijo: «Vengo aquí como quien va a su casa». Quisiera, una a una, llamarlas por sus nombres, más me han robado la lista, ya nunca podré hacerlo».
Pero nosotras y nosotros sí, pero este país resiliente sí, pero aquí, esta noche, aquí reunidas y reunidos, podemos responderles a quienes con la angustia y la esperanza nos preguntan: ¿Podrían ustedes describir esto?


