“Toda mi vida, me dediqué a huir profesionalmente de mi madre. Pero ella siempre me alcanzaba”
Nektli Rojas
Narrando el Género
“ […] es que tú eres el amor de cual yo tengo/ el más triste recuerdo […]”
Amor eterno. Juan Gabriel
Yo deseaba quererla. No porque yo fuera buena: necesitaba hacerlo. Toda niña necesita eso tan cursi… tan real: poder querer y ser querida incondicionalmente. No es avorazarse. Es así y se supone que para eso están las madres.
Entonces, muy pequeñita, me colocaba detrás de ella (llamémosla D) en la cama y le acariciaba el cabello lacio y tan bien cuidado que al tacto parecía hecho de agua nocturna. Pero antes y después de eso, me dediqué a huir. De las cuatro efes de respuesta ante un peligro inminente e incontrolable (fight, fly, frozen, fawn), después de intentar varias veces cada una de ella, decidí que la mejor de todas era la huida. Toda mi vida, me dediqué a huir profesionalmente de mi madre. Pero ella siempre me alcanzaba.
De niña, no pude escapar. Las niñas, como he dicho en otro lado, son pobres porque los que poseen bienes y dinero son los padres. Nada les pertenece en realidad, ni su ropa, ni sus juguetes, ni la comida que engullen. No han trabajado por ello, las mantienen, les procuran todo lo que, en el mismo ejercicio de poder, les puede ser arrebatado. Yo no entendía que las demás personas de mi edad, no eran tan conscientes de ello. Tampoco me quedaba claro que les pareciera tan bien su condición, que les fuera tan fácil simplemente habitar su infancia como si les perteneciera del todo, como si se tratara de un espacio especialmente construido para ellas, en el que podían estar a sus anchas.
Para empezar, mi progenitora no era mi madre. Ella no me atendía: los trabajos de cuidado recayeron en mi abuela. Ella no me mantenía: el dinero lo aportaba su padre, que se convirtió en el mío (por qué se divorció del verdadero progenitor es harina de otro costal).
Tenía comportamientos que se alternaban. A veces era una criatura de tres años que necesitaba toda la atención, consuelos y cuidados. Otras, alguien que hacía cumplidos, fingía ser una amiga y enarbolaba la pretensión de conocer todos mis secretos (¡focos rojos como de bomba nuclear!). Por momentos, una persona encantadora que sonreía y me preguntaba qué querías que te comprara (sobre todo, enfrente de un público selecto). A veces, era como tener novio: me jalaba y me llenaba de besos (hasta en la boca, ¡asco!), te hacía caricias en los brazos o las piernas y no podía decir que no ni salir corriendo porque… bueno, era mi madre.
La mayor parte del tiempo, en la intimidad del departamento, de la habitación que compartía con ella, era un monstruo, un verdugo, una torturadora, una bomba de bullying. Pleitos a gritos con los demás adultos, gritos, insultos, cosas que se rompían, golpes, si una no corría oportunamente. En las fotos, siempre una sonrisa encantadora.
Afortunadamente, como le tocaron los años sesenta en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, se desaparecía espontáneamente por breves temporadas, en las que yo respiraba… o, al menos, intentaba hacerlo. Luego se puso a trabajar. Podría pensarse que, entre las dos actividades, mi vida era más soportable. En realidad, no.
Increíblemente, todo el mundo le daba por su lado para evitar un berrinche. Que a veces era tal cual: patadas a los muebles y golpes en el piso, objetos que volaban, cara roja a punto de reventársele, portazos. La vi dominar grandes bestias a través de la violencia, así como grandes hombres, a través de la seducción. La vi durante años, maquillarse a lo largo de una hora para salir a trabajar o a estudiar; la vi tronarle los dedos a su (nuestra) madre por la ropa planchada, por el desayuno servido a tiempo.
La veía irse y regresar, con su apariencia irreprochable, mientras yo perfeccionaba mis habilidades para leerle el pensamiento o fabricaba estrategias para huir. Pero es casi imposible hacerlo cuando eres tan pequeña. Empezó entonces mi amor absoluto por los roperos y los clósets. Pero podía no alcanzarlos a tiempo. Entonces, escapé hacia adentro.
Ella me vigilaba, carcelera, y yo a ella, presa a ser devorada. La vi desarrollar hacia mí sentimientos en los que no podía creer. Una madre no siente eso por su hija. Sin embargo, ella seguía adelante con si vida sin que nadie la detuviera, sin que ningún otro adulto la enfrentara. Por eso sé que, si dios existe, es una madre. No hay ser que cause un terror más profundo que una madre. Así es como la humanidad debió de haber inventado al ser supremo (trino o no): enfrentada ante la ominosidad del todopoderoso cuerpo de una madre que gesta, que amamanta, que condiciona, que atormenta, que tiene poder de vida y muerte sobre sus criaturas, las cuales deben aprender prontamente a rogar por su misericordia… Justo así como el Dios del antiguo Testamento.
De muchas maneras, perdía la dignidad, la razón, el norte (yo nunca sé dónde estoy parada), hipertrofié la amígdala, reduje el hipocampo, me conviertí en un basilodon quadrangularis —el primer mamífero, un sobreviviente que acabó ganándole la batalla a los dinosaurios.
Así como Mafalda consideraba que sopa era una mala palabra, yo creo a pie juntillas que madre es una palabra que provoca terror. Los eufemismos, como mami, mamá y demás espantosidades que se usan en nuestro país para no mentar la palabra madre, son ridiculeces, malos intentos por aminorar el poder destructivo que puede ejercer quien te da la vida, el sustento, el permiso de vivir. Un dios oscuro. Un dios de la noche, como el de La vida invisible de Ady LaRue.
Cuando yo tenía ocho años, la encaré y le espeté que iba a denunciarla al DIF. Su respuesta me dejó congelada por los siguientes diez años. Se rio, me dijo que nadie me iba a creer porque yo era una mimada y dio por zanjado el asunto. Me dediqué a lo mío: desarrollar un par de fobias bien colocadas, un trastorno alimenticio, y desconfianza ad æternum… bueno, exagero, ningún ser vive para siempre. También empecé a fabricar un plan de huida —que, ya adelanté, no dio mucho resultado. Sé que Amelia Valcárcel usa como un principio el derecho a la maldad para reventar los mandatos con los que el patriarcado nos come. Pero, por favor, no hay que ser tan literales. A la fecha, no hay leyes que permitan a las víctimas de cualquier edad, denunciar y encontrar apoyo en contra de las personas agresivas que padecen trastornos de personalidad. Ni siquiera se reconoce tal condición como una enfermedad. Así, esta historia puede ser la de muchas niñas y niños en estos precisos momentos.
Ilustración portada: Pity


