“…María del Carmen abandona progresivamente los códigos de su clase y se sumerge en una deriva nocturna hecha de fiestas, drogas, amistades efímeras…”
Alfredo Barriga Juárez
MeloManía
Imagina ser María del Carmen Huerta en 1970, una adolescente nacida en la esfera económica más alta de Colombia, particularmente de Cali, dejar la vida común y rutinaria a la que está acostumbrada para bajar al mundo donde la rumba, la música y las drogas coexisten en caótica armonía.
Esta adolescente que busca la subversión al quebrantar los tabúes de su época, es la voz del escritor caleño, Luis Andrés Caicedo Estela (1951-1977), depositada en su novela ¡Qué viva la música!, publicada en 1977, justo en la fecha de su trágico deceso.
La novela puede leerse como una partitura narrativa donde el rock y la salsa no son simple ambientación, sino el eje que organiza la experiencia vital de la protagonista. En ella, María del Carmen se desplaza -física y emocionalmente- al ritmo de una consigna que atraviesa todo el libro como un estribillo oscuro: “Enrúmbate y luego derrúmbate”.
Así, el relato avanza con una cadencia cambiante: se acelera, se frena o se suspende, como una pista de baile que oscila entre el frenesí y el agotamiento. Lo que Valeria Luiselli llamaría padecimiento de bulimia literaria, pues su escritura es un vómito provocado, más autocomplaciente que provocador. El ritmo desenfrenado, como de un merengue imbailable, no da lugar a una cadencia legible. Me pregunto si Luiselli se ha puesto una fiesta al ritmo de Merenglass. Lo cual dudo mucho.
La trayectoria de la protagonista está marcada por una mutación musical: del rock importado, ligado a los sectores acomodados, al descenso hacia la salsa, vinculada con los márgenes urbanos y la intensidad corporal de la noche.
En ese tránsito, María del Carmen abandona progresivamente los códigos de su clase y se sumerge en una deriva nocturna hecha de fiestas, drogas, amistades efímeras y vínculos atravesados por el exceso. La música no sólo acompaña estas experiencias: las define, las impulsa y les da sentido, convirtiéndose en una forma de conocimiento del mundo.
En paralelo, la novela traza un mapa de la ciudad de Cali que también se deja leer como un recorrido musical: del norte privilegiado al sur popular, de los espacios del rock a los territorios de la salsa, en un viaje que es tanto geográfico como existencial. Esta vagancia, a veces eufórica y otras veces sombría, construye una percepción fragmentada de la realidad, donde cada barrio, cada fiesta y cada encuentro están atravesados por un ritmo distinto.
El texto se sostiene, además, sobre varios planos rítmicos que operan simultáneamente: la música, el consumo de sustancias y, sobre todo, el lenguaje. Caicedo articula un registro híbrido que mezcla el castellano con el argot callejero y la cadencia propia de la salsa, logrando que la escritura misma “baile”. De este modo, la novela se convierte en una fusión entre ritmo musical y ritmo narrativo, donde escribir equivale a encontrar una forma de sonar.
En última instancia, ¡Que viva la música! puede leerse como el testimonio vertiginoso de una generación desencantada, pero también como el gesto final de un autor que entendió la literatura como una extensión de la música: una energía que empuja hacia el exceso, el vértigo y, finalmente, el límite.
Por ello, la obra de Caicedo es un homenaje a todos los melómanos, a quienes encuentran en la música no sólo una distracción o un momento de intimidad, sino a aquellos que se adentran en los espacios más subversivos donde The Rolling Stones, Riche Ray o Willie Colón cobran un significado memorable a la edad de María del Carmen, muy difícil de superar.
Para todos los melómanos y quienes fuimos María del Carmen, pueden escuchar cada una de las canciones que aparecen en la novela en el siguiente enlace:


