Regla de Tres

El nombre de la rosa (ilustrado)

“Cuando un maestro del dibujo se encuentra con un maestro de la palabra, solo hay un resultado posible: lo sublime”

No sé por qué a mí me encanta asomarme a la historia, a las costumbres, a la arquitectura de la Edad Media. México, mi país, no atravesó esa etapa; de hecho, somos un país muy joven. Tal vez todo comenzó en mis lecturas infantiles, con las aventuras de Robin Hood o del rey Arturo, Lancelot y todos esos personajes de los mitos clásicos. El caso es que me gusta, y a lo largo de mis lecturas he desarrollado una visión distante de esa idea predominante de una etapa totalmente oscura, terrible, sucia, que el sistema triunfante que la sustituyó -el capitalismo-, construyó.

Cuando leí el ya clásico El nombre de la rosa, de Umberto Eco (Lumen, 1982), me causó furor. No solo porque es un verdadero thriller histórico que desarrolla todo un ensayo acerca de ciertos aspectos filosóficos, teológicos, semióticos y de las contradicciones de la época, sino porque, además, crea un maravilloso thriller medieval, situado en la llamada Baja Edad Media (1300–1492), tal vez mi periodo favorito.

La historia se sitúa en 1327, en una abadía benedictina del norte de Italia, aislada entre montañas y niebla. Allí llegan Guillermo de Baskerville, fraile franciscano, lógico, observador, heredero del método empírico, y Adso de Melk, su joven novicio y narrador de la historia. Lo que comienza como una visita diplomática para debatir la pobreza de la Iglesia se ve perturbada pronto por una serie de muertes misteriosas dentro del monasterio, cuya investigación le es encargada a Guillermo, dado su prestigio como hombre sabio y racional, y su experiencia como antiguo inquisidor piadoso y justo.

Eco construye la trama como un homenaje a la novela detectivesca clásica: Guillermo recuerda deliberadamente a Sherlock Holmes; Adso funciona como su Watson medieval. El crimen está ligado a un libro prohibido y la investigación sigue pistas físicas, lógicas y simbólicas.

Pero el escenario altera el género: no hay policía, hay inquisidores. No hay ciencia moderna: hay escolástica, aunque ya se vislumbran sus primordios. No hay forenses: hay códices, venenos y pergaminos. El suspense, de lo más apasionante, avanza entre scriptoria, laberintos y bibliotecas.

La biblioteca de la abadía, una de las más importantes de la cristiandad, se convierte en un personaje en sí misma. Es uno de los espacios más poderosos de la literatura contemporánea: laberinto físico y mental. Guarda saberes antiguos y heréticos, y funciona como metáfora del conocimiento humano. En su centro se esconde el libro que desata la tragedia: un supuesto tratado perdido de Aristóteles sobre la risa.

Aquí emerge el gran motivo de la novela y de los crímenes: ¿puede el humor desafiar al poder? En un mundo donde se ríe, se disfruta, no se necesita a Dios. Es el temor -no la razón- lo que nos hace creer y someternos al poder de las religiones y sus instituciones. Un mundo sin Dios no requiere poderes tutores.

Estas discusiones se dieron realmente en la época, disputando no solo saberes teológicos, sino mostrando las contradicciones de un mundo en evolución.

El enfrentamiento central no es solo criminal, sino intelectual: Jorge de Burgos, anciano monje ciego, defiende que la risa corrompe la fe. Guillermo sostiene que el conocimiento -aunque incomode-, libera.

La novela funciona simultáneamente en varios niveles. Es un thriller medieval con muertes, pistas y persecuciones nocturnas. Es una novela histórica que retrata el siglo XIV con sus herejías, disputas papales y pobreza franciscana. También es un ensayo filosófico, con debates sobre verdad, lenguaje e interpretación. En fin, es verdadera metaliteratura que reflexiona sobre los libros, su poder y su destrucción.

La obra se mueve sobre varios ejes fundamentales: el control del conocimiento, la censura, el miedo al pensamiento crítico, la interpretación fundamentalista de los textos, la decadencia de las instituciones y la fragilidad de la verdad histórica. Eco, semiólogo de formación, plantea que todo texto es un laberinto… y todo lector, un investigador.

Es un libro fundamental para todos y todas. Todo esto viene a cuento por la publicación, por la misma editorial (Lumen, 2025–2026), de la obra ahora en formato ilustrado: un esfuerzo muy valioso para promover su lectura, en particular entre los más jóvenes. Con textos adaptados de Umberto Eco e ilustrados bellamente por el genial Milo Manara, la obra se divide en dos tomos preciosos que seguramente seducirán a nuevos lectores.

Milo Manara es uno de los grandes maestros del cómic europeo. Se hizo mundialmente famoso por su estilo hiper elegante, sensual y reconocible, su dominio del cuerpo humano y su narrativa fluida, casi cinematográfica. Ha trabajado con Hugo Pratt, Alejandro Jodorowsky, Neil Gaiman, entre otros. Aunque muchos lo asocian con el cómic erótico, su obra es mucho más amplia: historia, biografía, y reinterpretaciones culturales. 

Adaptar al comic El nombre de la rosa no es nada trivial, no es solo “dibujar la historia”, sino traducir un sistema intelectual completo a imágenes. Manara no adaptó la película, regreso al libro, no es una ilustración “de lo que muchos recuerdan”, sino un regreso al Eco original. El resultado, espectacular.

Cuando un maestro del dibujo se encuentra con un maestro de la palabra, solo hay un resultado posible: lo sublime. Aunque hay disputa entre los dos, mientras Eco es oscuro, académico, laberintíco, Manara es sensual, esteticista y luminoso. Esa tensión se siente en los los libros. El resultado es una reinterpretación visual de una novela filosófica y un intento de convertir una “máquina de ideas” en experiencia estética.

Los recomiendo ampliamente. Sería un regalo genial para las y los jóvenes de nuestro país y del mundo. Revisitar el clásico -una de las cumbres de la literatura del siglo XX-, en este nuevo formato también a nosotros nos encantará.


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