Regla de Tres

El museo de las almas literarias

“La premisa es irresistible: los libros no son solo objetos, sino puertas hacia otras realidades”

El libro que vamos a recomendar hoy no es una novela en el sentido convencional. Es algo más breve, más concentrado: una pieza que se lee rápido, pero se queda mucho tiempo en la cabeza. Una novela corta -muy corta- o, si se prefiere, un cuento largo. Y, sin embargo, contiene una de las ideas más inquietantes sobre la literatura que uno puede encontrarse.

Es de John Connolly, el gran nombre de la novela negra de corte gótico. Si bien es cierto que está muy alejada del universo de Charlie Parker, su saga más conocida y afamada, no le es ajena. Connolly, además de esas aventuras, también ha incursionado en la novela fantástica para adolescentes y en otros territorios donde combina su experiencia en el noir con mundos imaginarios. Y lo hace con una solvencia notable.

Se trata de El museo de las almas literarias (RBA, Serie Negra, 2024), un relato cautivador sobre un amante de los libros que descubre un mundo secreto en el que la literatura cobra vida propia. La premisa es irresistible: los libros no son solo objetos, sino puertas hacia otras realidades.

El protagonista es el señor Berger, un lector obsesivo que lleva una vida tranquila, casi solitaria, dedicada a los libros. Prefiere la compañía de las bibliotecas y la literatura clásica antes que la de las personas y sueña con retirarse rodeado de historias. Su vida da un vuelco cuando la tecnología hace innecesario su trabajo como clasificador de archivos de catastro y decide retirarse -aún muy joven- para vivir de su lectura, en una casa heredada de su madre.

Un día, esperando el tren para volver a casa, se pone a leer y presencia algo imposible: una joven se hinca en la vía, frente al tren que entra, y abre los brazos como esperando la muerte. Él intenta impedir el suicidio, pero sus esfuerzos son vanos. Tras el paso del tren, y profundamente perturbado, llama a la policía. La búsqueda es exhaustiva, pero no aparece ni la joven ni rastro alguno de lo ocurrido. Todo apunta a una alucinación. El propio Berger termina por aceptarlo… o intenta hacerlo.

Pero la escena se repite. Y entonces comprende: lo que ha visto no es un hecho aislado, sino la recreación de un pasaje leído tiempo atrás. Berger ha sido testigo del clímax de Ana Karénina, reencarnado en la realidad cotidiana. A partir de ahí, su vida se desplaza hacia otro plano cuando descubre un lugar secreto donde las obras literarias existen más allá de sus páginas, como si los personajes, las historias y las ideas persistieran en algún tipo de territorio paralelo.

Ese hallazgo lo conduce a un universo donde la literatura deja de ser memoria cultural para convertirse en un sistema vivo: un museo de almas narrativas, donde los libros se relacionan entre sí y donde la imaginación humana adquiere una dimensión casi metafísica.

Connolly trabaja aquí algunos de sus temas más persistentes: el poder de la literatura, la permanencia de las historias más allá de sus autores, y el papel del lector como guardián de la memoria. No solo leemos historias: las mantenemos vivas.

Como en otros textos suyos -por ejemplo, El libro de las cosas perdidas-, lo imaginario invade la realidad hasta borrar sus límites. Y es en ese punto donde Connolly se instala con comodidad en la tradición de la weird fiction: la realidad se disuelve, los objetos adquieren una vida propia y el mundo deja de obedecer reglas racionales, generando una inquietud persistente.

Aquí dialoga -aunque de forma más accesible- con H. P. Lovecraft, con Anna Starobinets, pero también con Jorge Luis Borges y Umberto Eco: bibliotecas infinitas, libros como universos, relatos que no se agotan en la lectura.

Pero hay algo más inquietante todavía. Porque esta no es solo una historia sobre libros. Es una advertencia.

Nos gusta pensar que leemos por placer, por conocimiento, por entretenimiento. Connolly sugiere otra cosa: que cada lectura nos modifica, que cada historia deja un residuo, que cada libro leído sigue operando en nosotros, incluso cuando creemos haberlo olvidado.

Y entonces la idea se vuelve perturbadora: quizá las bibliotecas no son lugares donde guardamos libros, sino lugares donde los libros nos guardan a nosotros.

Atrévase.


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